La salvavidas
Acabo de llegar a Camboya, paraíso natural y decencia del ser humano, contradiciendo las normas televisivas y de prensa. Según los papeles y las imágenes hay guerra. Que nada vende más que la sangre, las vísceras y los huerfanitos cogidos de la mano por las veredas enfangadas.
Pero no. En Camboya no hay guerra. Hay absurdo. Hay una zona de tierra junto a un templo camboyano que sus vecinos tailandeses quieren quedarse. Las crisis nacionalistas del gobierno de Bangkok incitan estos intentos de acercarse a un pueblo por la bandera. Ayer otro muerto, total diez; y más de cien mil desplazados. Un drama. Pero un drama que ocurre a cientos de kilómetros de donde yo me encuentro: la única, por su clase, ciudad sureña de Kampot.
Hoy almorzaba en el Hostal ‘Les Manguiers’ –aconsejado por Fernando Sánchez Dragó al que yo incité a visitar la ciudad-, sito en una de las riberas del transparente río Kampot, una sepia con pimienta de la zona, arroz blanco y un curry deliciosos, cuando descubrí que en la mesa de al lado una lozana española le daba, como yo, a la mandíbula.
En esas, que aparece otra española –drama de los de verdad en Camboya- para presentarse ante ambos como si la nacionalidad que llevamos a cuestas tuviera que servir siempre de excusa para paralizar los almuerzos. Tras los saludos con sonrisas forzadas tomó la delantera la dama que, como yo, engullía la fabulosa sepia local, que atribuyéndose no sé cuál categoría –la del simple hecho de vivir en el país- aconsejó, a viva voz, a la segunda muchacha, que debía registrarse en la embajada que falleció antes de nacer –el proyecto se ha hundido gracias a la debacle económica española- porque “estamos en guerra”.
Yo, que me exalto antes que respiro, me quedé mirando a la histérica señorita, que vestida de ‘hippy de diseño’ seguía adiestrando a la jovenzuela: “El embajador (Mariano) es amigo mío”, “Yo hago proyectos humanitarios en Phnom Penh”, “Debes registrarte para que si ocurre algo te encuentren”… a la quinta sandez y a la cuarta cerveza –magnífica la ‘Angkor’- reventé la garganta: “Pues yo vengo de Japón”.
Tras analizar su cara de desprecio retrocedí a mi punto inicial –las viandas- que para ese instante ya estaban frías. Aquella ‘exagerada ibérica’ seguía impartiendo cátedra a la vez de trincándose lo que le quedaba de sepia.
Debe saberse que el equivalente a la situación que les cuento sería que Francia reclamara la localidad gerundense de Portbou y se liaran a tiros con los españoles de la zona. Y yo en Huelva, en la otra punta del país. Por ello es lamentable que una ciudadana española que reside en Camboya dé clases alarmistas en medio de una comida; que registrarse ante las autoridades españolas cuando llegas a un país es una incongruencia para los que queremos permanecer ocultos. Seguramente ella habría salido a la carrera al primer disparo de mortero. Suele pasar. En Japón, muchos usureros salieron disparados cuando vieron agonizar a los que hasta había sido unos días eran sus amigos, vecinos y compañeros de trabajo.
En Kampot no ocurre nada. Salvo que se come muy bien –lo contrario que en buena parte del país-, que el sol achicharra, y que cada persona te saluda y sonríe porque sí. Que eso sí es noticia. Y en Phnom Penh -su capital- ciudad de la que salí esta mañana, no pasan más cosas que las que acontecen todos los días.
Sería recomendable que los medios de comunicación y las escuelas dejarán de formar al español en el drama y la exageración. Porque luego pasan cosas como las de hoy, que una española con aires de ‘salvavidas’ –las oenegés surten de falsos héroes las calles del planeta- se relama avisando de un desastre que ni está ni se le espera.
Quinientas ONG en Camboya. Ojo al dato. Y ninguna creando empleo o riqueza. Casi todas tapando agujeros a golpe de kilo de arroz. ¿Sería posible que alguna abriera una fábrica y contratara a cien personas por cien dólares? La multiplicación de ambos cien da como resultado un par de sueldos mensuales de expatriados sin contar casas –siempre exageradas en localización y tamaño- y dietas. Espero que esa sepia la haya pagado ella. De su bolsillo.
Lobsang Sangay, el peligro o la rendición
Mientras el gobierno chino se las apaña para dirigir desde dentro a los tibetanos –invasión ‘Han’ sin escrúpulos de la región (ex nación) con fraudulenta autonomía, secuestro y desaparición del nuevo Lama cuando era un niño, y plan orquestado desde Pekín para colar a su Lama, un niñato con aires de conquistador informático- el gobierno en el exilio de la masacrada provincia china ha organizado unas elecciones para elegir -¿qué sabrán los mandarines de libertad de elección?- a su Primer Ministro.
Tíbet, con su pasado feudal y de gentes portando molinillos en trance, tampoco es que fuera un ejemplo de solidaridad y dignidad. Pero claro, una cosa es que tú elijas tu mal y otra muy distinta es que el cáncer te venga de fuera, de tus vecinos, de esa parte de la humanidad a la que difícilmente las buenas nuevas seguirían.
Un gobierno en el exilio es una situación sin importancia. Salvo para el país que no admite a ese gobierno, que da más interés al mismo por menosprecio y persecución que lo que pudieran promocionar los artistillas hollywoodienses de turno, siempre volcados con causas que visualmente van asociadas a pañuelos o burkas, nunca a tangas o derivados. Que llama la atención cuanta subvención recibe el magnificado “buen karma” y que pocas veces sus suministradores han salido de las playas de Santa Mónica para colar posar sus pinreles a cinco mil y pico metros de altura. Cosas de la pose. En este caso ‘pose bancaria’.
Me hace girar la cabeza de interés que el candidato que Tashi Wangdi, representante del Dalai Lama en Bruselas, se haya llevado un costalazo imperativo. Y que los dos pezqueñines, criados bajo la manta del liberalismo americano –Lobsang Sangay y Tenzin Tethong-, hayan sido los primero y segundo, respectivamente, de unas elecciones donde sólo podían votar –gracias Hu- los tibetanos en el exilio. Los demás, oprimidos, encarcelados, perseguidos, escondidos, apartados, no han solicitado la imposible acción de realizar la opción por correo. En China no cuentan los tibetanos. Salvo para la foto.
Directamente proporcional, China crece y Tíbet desaparece, y literalmente injusto, los malos –como en las películas- se imponen a los restantes, que no los buenos. Nunca China escaló tanto –a seis mil metros- para impartir su doctrina de esparcimiento de mierda, explotación laboral y gerenciamiento de terrenos invadidos sin cortapisas. Habría que preguntar a los explotados que a quién prefieren, ¿si a Tíbet o a China? Pero claro, ¿cómo China se iba a permitir, no ya sólo perder, si no enfrentarse a una “región” a la que toman por el pito del sereno? ¿Se imaginan que Tíbet fuera un pedazo de tierra sin recursos naturales y sin fronteras de interés? Por ejemplo, un islote cerca de Taiwán. No iría ni Rita la Cantaora. Ni los ‘Han’ con billetes de avión de la cutrísima ‘China Eastern’ por puntos acumulados.
Lobsang Sangay es el nuevo paria tibetano que conducirá el biplaza desde los boxes. O sea, nada de nada. Veremos si antes de doblar la rodilla al aliento de los millones de yuanes –o los tiros en la nuca a sus amigos o familiares- no hace un milagro único en la historia tibetana y se planta ante la aberración, no ya de ser esclavos de China, sino de ser esclavos de ellos mismos.
Tíbet depende del mundo, mientras el mundo se hace camisetas con sus sellos. Y a China las camisetas –salvo en sus terrenos- les importan menos que un japonés ahogándose.
La leche
¿Qué es China? Paseaba por la Concesión Francesa, único barrio transitable de Shanghái, cuando mis ojos fueron nuevamente derrotados. Un coche, negro, de esos que pitan para pasar los primeros, con matrículas oficiales, con las lunas tintadas, con un desgraciado dentro al que se le vio el careto cuando bajo el cristal de su ventana. Y delante un paupérrimo mandarín, ennegrecido de tragar humo y mierda, que transportaba en su bicicleta eléctrica que no pasaría una ITV ni el Congo, diversos cartones de leche… espero que no con melamina. El hombre poderoso y el cuarentón que reparte. Pelea algo desigual.
Y en eso que al señor-mula se le resbala una de las cajas con doce cartones de leche quedando estas, aún unidas, sobre el mugriento asfalto; cuando por detrás, el mezquino mandarín, que intenta pasar por encima de la leche, muy por encima de la ley y la moral. En principio se frena por el estruendoso sonido, pero la presión de su Audi oficial hace que un par de cartones cedan. Leche desparramada y gritos de suplica del hombre-mula que hacía aspavientos que parecían, por su exageración, los últimos que iba a dar en esforzada vida.
Tras recular –o eso parecía- y cuando bajó su ventanilla todo giró, todo volvió a su punto inicial. El mequetrefe, el apoderado de la sin razón, la escoria social clásica que perpetra atentados diarios en este insolente país, volvió a acelerar abruptamente como si estuviera realizando una escena de alguna película de acción. Y claro, los cartones reventaron en perfecta unión quedando, tras la estela del chulesco hombre de poder, un buen charco de leche que también podría haber sido un perfecto charco de sangre. Cartones deshilachados, encharcados; y el transportista, renegando, jurando en arameo, lamentándose de la inmoralidad del país que tanto le enseñaron a amar.
Aquel coche desapareció entre la turba de tráfico. Y el hombre-mula quedó humillado y endeudado –no olvidemos que en China siempre paga el desgraciado que deberá hacerse cargo de las leches reventadas-, de rodillas, intentando buscar un milagro de aunque fuera un cartón de leche salvable.
Por supuesto, ninguno de los cientos de peatones fruncieron, aunque fuera levemente, el ceño. Ninguna mueca. Oídos sordos. Pena, penita, pena. Cuando el señor-mula apartaba del medio de la calzada los restos del naufragio los curiosos comenzaron a retirarse, autómatas, volviendo a sus cárceles laborales, sin capacidades de reacción, como dando fe de que ese incidente fue así porque así tiene que ser. La ley del más fuerte. La selva con rascacielos.
China refleja a la perfección lo contrario que Occidente ha querido para sí misma. La injusticia, la insolidaridad, la humillación, el racismo, los escalafones sociales, la explotación, el guarrismo y la absoluta y total falta de respeto de los unos contra los otros. Agarrémonos que vienen curvas.
Pornografía
Ya sabemos una de las acusaciones (pornografía) con la que el gobierno chino intenta justificar la desaparición y secuestro de uno de sus escasos ciudadanos con carisma, independencia y solidaridad. Porque un millonario que se atreve a rechistar al comité central, con la vida más que resuelta, es un milagro que no acontece prácticamente nunca en una nación lisiada desde el cerebelo a la bolsa testicular. Ai Weiwei, famoso por llenar la ‘Tate Modern Gallery’ de Londres de falsas pipas de girasol pero realmente artista por defender y homenajear a los miles de niños fallecidos en el terremoto de Sichuan que perecieron aplastados por unas escuelas nacionales construidas de cartón piedra, ha sido acusado de evadir impuestos, de bigamia y de fomentar la pornografía. Casualmente los tres pecados que cumplen a rajatabla cada chino con poder. Que aquí, sin amante, sin trampas y sin karaokes no se puede vivir, no se asciende, no se abren puertas, no cumples la función social.
Para acusarles de promoción de la pornografía se acogen a una foto en la que desnudo Ai Weiwei se tapa sus partes nobles con un muñequito de trapo blanco. Dicen que esa fotografía contenía el siguiente mensaje: “Jode a tu madre, comité central del Partido”.
Pues bien, en claro homenaje al ser humano destituido, humillado, y en abrazo fraternal a la mejor persona que artista Ai Weiwei, me he dejado fotografiar, también en pelota picada, con un oso panda –el animalejo al que veneran sólo porque es chino- en mis genitales. El mensaje de la foto lo deciden ustedes, aclarándoles que el dejarme calcetines no ha sido por mi procedencia española sino por una hernia discal que no me permite descalzarme en plena calle.
Mientras Ai Weiwei se pudre en una celda para animales sus carceleros se lo estarán pasando en grande en los muchos karaokes que abastecen de ganado femenino –y en bastantes ocasiones menor de edad- que se reparten por toda la geografía del país. En Tíbet y Xinjiang no existía ese tipo de burdeles hasta que el invasor ‘Han’ puso allí sus pezuñas, las mismas que hoy perpetran un terrible atentado contra la condición humana desposeyendo de libertad a un hombre que ha luchado por ella como el que más.
Zuoxiao Zuzhou, músico y artista, resume a la perfección el drama general de una sociedad, la china, anestesiada con sobredosis de jeringuillazos. Su frase, digna de estudio, debería sonar como un gong imparable en los tímpanos de los de siempre: “La mayoría de los amigos famosos de Ai Weiwei, o aquellos a quienes ha ayudado, no han movido aún un dedo por él”. Asco.
Incendios que son más que una guerra
Otros diecisiete a la sartén. Más veinticuatro heridos de gravedad. Todo eso contando que los datos oficiales en un país como China siempre merman o aumentan según los intereses del Partido.
Ocurrió en las afueras de Pekín. En una fabrica ilegal –como tantas y tantas-, en uno de los motores claves de una nación que se sostiene –a partes iguales- entre la actitud esclavista de Occidente, que deslocalizó sus fabricas buscando mano de obra china explotable; y la vergonzante de China, que quiere equipararse al primer mundo en rascacielos y trenes de alta velocidad con actitudes copiadas de los gobiernos más corruptos de la paupérrima África negra.
Un edificio de cuatro plantas que arde y en menos de media hora quemados por decenas. La planta baja usada día y noche para la explotación oficial -¿o es que alguien se cree que en China es hecho anormal este que les cuento?- de un pueblo que ralla con tal virulencia la ignorancia que algún día tendría que levantarse. Aunque fuera por inercia.
Las tres plantas restantes, viviendas sin protección oficial, de colchones amontonados, apolillados, humedecidos; fuera de circuitos turísticos, fuera de inspecciones provinciales, fuera de los caminos de bomberos. Para besar el esperpento todas las ventanas estaban selladas con rejas, en inmensa metáfora visual de las cárceles de sus vidas. Y claro, sin serrucho ni descanso, los que no daban el callo soñaban en un sueño demasiado profundo.
Los sistemas de seguridad en China son inexistentes. Los abogados, del gobierno central. Los jueces, ídem. La policía, ¿mande? Y la prensa, callando y otorgando. Sálvese quien pueda.
Diecisiete cadáveres –seguramente será alguno más- fritos en la gran sartén del supuesto primer mundo. Diecisiete tipos sin contrato, como sin vida ni resguardo. Diecisiete desgraciados que nunca paladearon a lo que sabe la supuesta “segunda economía del mundo”. Que ni en Camboya, el país más desgraciado de Asia, caen tantos en combates actuales con sus vecinos tailandeses por un triste trozo de tierra.
Las autoridades autoritarias informaron a la agencia de noticias ‘Xianhua’ que las ventanas estaban enrejadas “para evitar la entrada de ladrones” cuando todo el mundo sabe que se tapiaron para que no escapara ninguno de los cientos de esclavos que sacan adelante este país. Que si les marcas una salida, aunque sea poco airosa, ellos la cogerán como agua de mayo.
Cuando los cadáveres se cuentan faltando manos y las ventanas se clausuran por los siglos de los siglos los cielos siempre son plomizos y los agentes pálidos. Arde Pekín.
Los monjes disolutos
El gobierno chino campa a sus anchas en el lodazal de casi diez mil kilómetros cuadrados que domina sin compasión. Sin oposición ni derecho a la manifestación y sin justicia ni prensa libre uno puede argumentar lo que se le ponga para masacrar a alguien. Y lo han vuelto a hacer.
Tras las protestas de los tibetanos del Monasterio de Kirti, en la provincia de Sichuan, que se saldaron con un monje quemado a lo bonzo y dos asesinados por las autoridades autoritarias ex comunistas, el gobierno de Pekín decidió invertir en la zona en un importante plan de “reeducación” –ojo al dato- que no es otra cosa que amputar cualquier nexo de unión entre la cultura tibetana y su pueblo. Fuera lengua; y toda inversión, siempre, para el invasor ‘Han’, que llegan desde todos los puntos de China con una amplitud de miras equivalente a la de los caballos sevillanos que tiran, por el Parque María Luisa, de los carros con turistas y sus cámaras. Aquí, la ‘Alianza de civilizaciones’, es una quimera pisoteada por el rodillo mandarín mucho más interesado en vilipendiar al que no es como él que en buscar unión alguna.
Para justificar el expolio del monasterio de Kirti, la muerte a balazos de dos de sus monjes, y las detenciones de otros trescientos, el gobierno pekinés ha alegado sus actuaciones en unos términos que más bien parecieran sacados de un guión fílmico de película de serie b donde el guionista, pasado de ácidos y Bourbon, plasma en un papel cada uno de sus delirios. Porque informar a la concurrencia diciéndoles que en el citado monasterio los monjes manejaban a decenas de prostitutas, organizaban timbas de póquer y le daban a la botella no es más que una de esas justificaciones por la que sabes nunca serás replicado. Ya puestos, podían haberlos acusado de doparse antes de los partidillos ilegales de futbol sala que organizaban cada dos semanas. Y el Dalai Lama de presidente de la federación.
Cuando todo el monte es orégano da lo mismo entrar a machete en un monasterio que acusar de puteros a sus moradores. Acusaciones estas (proxenetismo, ludopatía y alcoholismo) que no son más que las actitudes cotidianas de cualquier chino con poder. ¿O es que nadie sabe dónde finalizan los “acuerdos” a los que las altas instancias llegan de vez en cuando? Si un contrato no termina con una escalera de color, unas bragas en su tobillo y pestazo a güisqui es que algo ha ido mal. No hay pudor cuando se trata de acusar. Y no hay pudor porque no hay control.
Mientras “reeducan” a esa zona del país demasiado diferente nadie hace nada. Nadie replica. Nadie se enfrenta. No hay medios internacionales a los que les haya parecido esta noticia noticiable como no hubiera habido eco si algún periodista local hubiera querido preguntar algo sobre el tema. Trescientos monjes se enfrentan a penas carcelarias de décadas por algo que está claro, no han hecho; y dos de ellos ya son historia tras haber recibido impactos de bala mortíferos. También será historia la cultura tibetana que dejará paso al desierto mental de la comunidad ‘Han’, la cual sí se adapta perfectamente a los prostíbulos, las borracheras y las timbas ilegales.
Zapatero llegó hace un par de semanas a la fosa séptica con rascacielos (China). Y no hizo mención alguna sobre las decenas de miles de profesores, estudiantes, artistas, periodistas, escritores, abogados y vecinos, que en algún momento de sus vidas intentaron reclamar o preguntar al poder establecido teniendo como respuesta un buen puñado de años a la sombra. Mientras Zapatero pedía limosna –dinero chino para las cajas de ahorro amasado a golpe de perpetua esclavitud laboral- obvió preguntar dónde está Ai Weiwei, el cual hoy sigue secuestrado por las fauces del gobierno desde hace ya tres semanas. Si nosotros no levantamos la voz y ellos tienen las cuerdas vocales desatadas, ¿quién va a parar el alud de excrementos anti libertarios mandarines? Que alguien haga algo.
La mecha y el mechero
Resulta, cuanto menos sorprendente, el giro radical que han tomado los ya de por sí radicales gerifaltes del Partido Comunista chino. Desde octubre han maniatado cualquier muestra de disidencia o queja, justo cuando la flojísima supervisión occidental (Olimpiada y Expo) tocaba a su fin. Pero lo realmente llamativo ha sido el secuestro por las claras que hace ya veinte días sufrió Ai Weiwei, uno de los más claros exponentes de los nuevos aires culturales de este país.
Ai Weiwei, reconocido en el extranjero, decidió motu proprio presentarse en cada causa contra su gobierno a sabiendas del final que le esperaba. Y eso le honra ya que él, con fuertes ingresos por sus trabajos, podía haber hecho como el resto de sus compatriotas con dinero: mirar para otro lado. No es todo hez en la fosa séptica con rascacielos.
Que el gobierno chino haya secuestrado a Ai Weiwei y aún no informe de su situación es todo un aviso a navegantes del entramado comunista. “Si nos cargamos a su máximo exponente los secundarios preferirán tragar quina”, pensarán Hu Jintao y Wen Jiabao, los conductores de todo esto. A China no le tiembla la mano cuando de “matar moscas a bombazos” (Pablo dixit) se trata.
Pero China empieza a notar los efectos de su mínima apertura de puertas (de mentes) y de la globalización rampante que viene, ya que algunos de sus “artistas” y creativos se hacen preguntas cuando cruzan la frontera. “¿Y por qué ellos sí y nosotros no?”, deben preguntarse ante un espejo transparente.
Imaginemos –si es que existe- a un corresponsal de un medio chino en, por ejemplo, Londres. Un café con un colega local y la siguiente conversación:
-(Periodista local) Me acabo el café y me vuelvo a la redacción, que debo terminar mi columna solicitando un juicio contra Tony Blair por habernos llevado a la guerra de Irak.
-(Corresponsal chino) ¿Cómo? ¡Pero te van a matar!
-(P.L.) ¿Por?
-(C.L.) ¿Cómo te atreves a denunciar a tu ex presidente?
Y luego el corresponsal chino, que llega a su vivienda, y se encuentra una manifestación en la puerta. Uno de los numerosos policías aclarará sus preguntas.
-(C.C.) ¿Qué hace tanta genta reunida? ¡Actúen!
-(Policía) Se manifiestan por la crisis. Reclaman al gobierno aumento en la creación de empleo o que dimitan.
-(C.C.) ¡¿Cómo?!
Visitar otro país y no salir de la excursión contratada no conlleva riesgos. Pero ir por tu cuenta, asistir a eventos y mezclarte con los nativos son hechos demasiado perjudiciales si de China provienes. Desactivar la masa encefálica durante décadas –o sea, mantenerla virgen- acarrea una importante cuota de peligro. Si el niño aprende por su virginidad el chino que sale de China y se empapa de otras culturas se contagia de un bien para el mismo y un mal para los dirigentes de su país. Si uno, en países extraños, puede ser crítico, si uno puede reclamar, si uno puede manifestarse, si uno puede disponer de pasaporte cuando desee, si uno puede bañarse en pelotas y si uno puede apelar o denunciar al propio Estado, y esos países funcionan, ¿por qué no puedo hacerlo en mi propio país?
China no necesita democracia. Sólo pensar que hoy día pudieran votar todos sería el fin de la historia de la humanidad. Pero sí necesita derechos y libertades. Y más enseñanza. Y menos nacionalismo. Cuando todo esto ocurra ellos decidirán si la muy imperfecta democracia es el camino que deben seguir. Mientras tanto, unos pocos lo decidirán por ellos, los cuales casualmente todos están forrados. Y no es lo mismo que te elijan a tu presidente a que te elijan para pasarte un par de décadas a la sombra.
El pensamiento único
Dragó, el escritor –no el ‘dragón’- dejará de acudir a Sant Jordi para firmar libros y facturar. Y a la Rahola, personajillo tan televisivo que hasta en ‘Polònia’ la plasman cual lo que es, la hortera del siglo, se llena la papada de gracejos propios de prefacio de infumable programa humorístico-falsario televisivo para reírse del otro. Más española que unas castañuelas.
No sé si Dragó se ha vuelto a salir del tiesto. Pero la Rahola, con ese nombre que precede al apellido tan hispano, continúa meando dentro, atacada por ese virus insano que adormece a todo aquel que nace-crece-se reproduce bajo el yugo de la ‘senyera’ y la ‘botifarra’. Que aunque ambas estén muy buenas a presión saber más amargas.
Amo a Cataluña y su lengua como tengo más amigos catalanes que del resto de España –no sé si hasta mis propios amigos catalanes podrían decir lo mismo de ellos- pero eso no quita que una desalmada sin aptitudes no se merezca ser tiroteada en este espacio de humor sideral. No somos ‘Polònia’, pero tampoco hablamos de política. ‘Chinitis’ aborrece a todo aquel –y aquella, señora Ministra- que cuando parece querer llamar la atención lo que realmente está haciendo es proyectar pena.
Se mete la Pilar con el Fernando por eso de “las zorritas japonesas” cuando debería ser debatible qué es más dramático: si joder a un septuagenario o fastidiar a una adolescente. Que decida el juez, que no la Pili, columnista endiosada que para cubrir su horario semanal-laboral debe buscar entre las retrancas de la absurdez su argumento del día. Que hoy era Dragó. ¿Podría ser mañana la Infanta? ¿O Mourinho?
Ir a firmar libros a una feria es una gilipollez casi mayor que ir a comprar libros para que te los firmen. Y escribir sobre uno de los dos temas –gracias Pili- es otro de los timoratos movimientos de los columnistas hispanos –incluso catalanes- mucho más preocupados del enfrentamiento –o la réplica- que de la cosecha propia. Si dignos filólogos fueran nuestros tutores hoy yo sería currante en un zoo y ella –mi Pili- algo diferente cerca de mí. Que no necesariamente debería posar enjaulada.
La Rahola se levanta las faldas cuando alguien osa insinuar el porqué del cierre de una librería catalana que servía a precios recomendados libros de Hitler. Pero a la Rahola no le afecta que por rotular en castellano –‘castenallo’ para ya no pocos estudiantes absorbidos por el pensamiento único, fracasados juveniles- te calcen una multa como un consolador de los que te dejan aturdido si no lo paras a tiempo. En Japón no hay límite de edad –ni por arriba ni por abajo- para pasar tardes de asueto cercanas a una toma de corriente. ¡Y Dragó no los vende! ¡Lo juro!
Lo fiero se va por los presentes; y la mierda se escapa por las teclas. Claustros vacíos, de cincuentonas subvencionadas, que hoy transitan sin pena ni gloria, repartiendo sopas con ondas. “Te la vendo Pili. Y si quieres traducida”.
Mi escarceo con Pilar espero sea el último. A no ser que ella misma o alguna de sus descendientes –si es que se atrevieron a salir del huevo- se enrosquen en los clásicos dramas ibéricos, que al final -¡y mira tú por dónde!- son demasiado iguales en Lugo, Gerona o Melilla.
Y señora Pilar, viaje a Japón. Y homenajee a una de esas dóciles menores que desprovistas de la maldad hispana se remangan las faldas hasta el límite de lo insospechado. Y vuelva en turista para contarnos sus hazañas, no las de ellas. Y no firme libros. Y visite Palau, islote del pacífico más catalán –si nos regimos por el idioma- que Barcelona donde ir desnudo no tiene edad. Y deje de darle a la tecla para meterse con septuagenarios. Yo prometo no rebatirla en los años que les separen de esa edad. Por la ‘Creu de Sant Jordi’. Por la que usted sueña le suelden a la solapa.
La lástima; ¿qué es la lástima?; si no el esfuerzo del que cree avanzar cuando resbala al caminar. Y la torpeza; ¿qué es la torpeza?; si no el resultado de saber sin preguntar.




























