Los pandas ya están aquí (otra vez)

La poetisa tibetana Tsering Woeser

Quedan días para que comience el circo con el que cada año los delegados del Partido Comunista chino esparcidos por todo el país y de otros partidos minoritarios –la apariencia de pluralidad le da un aire humorístico- se reúnen en pos del supuesto bien comunitario. ‘Las dos reuniones’ (Lianghui) aglutinan al APN (Asamblea Popular Nacional) y el CCPPCh (Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino), desde donde se suelen tomar decisiones de importancia que luego deben ser consagradas en el Congreso Nacional del Partido Comunista chino.

Pues bien, ya se olisquea la presencia de los primeros gordos que generó la dictadura de Mao, cuando Pekín ha sido maquillada para dar la imagen más propia de un país celestial. Desde las casas de juego ilegales a las gayolerías –lugares donde la dama hace todo lo que está en su mano para que salgas satisfecho- han sido clausuradas como los vendedores de droga retirados de Sanlitun. Pero que nadie piense que estos gerifaltes están pensando en el bien de su pueblo: lo único que desean es hacernos creer que se tragan la mentira que ni ellos mismos practican; que al termino de ambas reuniones tanto las meretrices, como los nigerianos, como los crupieres volverán a realizar las tareas típicas para las que fueron contratados.
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Manneken Pis

Antes de lanzarme a la escritura de este texto estuve comentando la historia que ahora paso a describirles con una persona cualquiera. La idea, era intentar ver otra realidad si es que está existía. “Eructar, escupir y andar a empujones, aunque nos moleste, forman parte de la manera de ser de este país; ahora, no respetar los pasos de cebra y orinar en plena calle es una profunda falta de respeto”, me contestó el seleccionado.

Prosigo en el Plaza 66, un centro comercial de lujo, en la mejor zona de Shanghái –si se puede considerar lo mejor lo más caro- donde las empresas muy pudientes alquilan los espacios para ofrecer sus productos a las nuevas víctimas del consumismo enfermizo: Calvin Klein, Balenciaga, Dior, Chanel, Escada, Dolce & Gabbana, Hermes, Hugo Boss, Jean Paul Gaultier, Cavalli, Louis Vuitton, Moschino, Versace, Tag Heuer, Vertu, Moncler, Omega, Mikimoto, Lladró… todas estas compañías proveen de droga dura a los nuevos yonquis del siglo XXI: los chinos.

Serían las dos –o alrededor de esa hora- cuando de pronto observé a una persona, femenina, que parecía disparar su arma espacial contra un restaurante llamado ‘Tim’s Kitchen’. “Homenaje a Star Wars”, me dije, mientras comenzaba a darme cuenta que lo único que había acertado mi primera impresión era que una señora lanzaba por mediación de algo un chorro de alguna sustancia que no parecía peligrosa. Así que me acerqué, encontrándome con una de esas actuaciones que si fuera pregunta del Trivial, donde tuviéramos que acertar el lugar de los hechos, sólo podría tener la siguiente respuesta: China.

La señora, de no más de 35 años, vestida con ciertos lujos y sin despeinarse lo más mínimo, estaba usando a su hija, que no llegaría a los dos años de edad, como chorro propulsor de orina hacia un estanque artificial clásico que se suelen colocar en las entradas de los restaurantes de alta alcurnia. Y allí los pececillos anaranjados sorprendidos de semejante lluvia dorada.

Debe saberse que este tipo de actos contra la condición humana –salvo que viviéramos en la Edad de Piedra- es un hecho recurrente que se practica en las mismísimas calles transitadas por miles de coches y personas. Que cuando al heredero o heredera le da un apretón de riñón las madres, ni cortas ni perezosas, les desabrochan los ropajes para que lancen, como si estuvieran en casa, sus orinas contra la acera.

Pero no es usual que en un centro comercial de tomo y lomo una nueva rica mantenga esas aptitudes más propias de las yeguas en feria, transmitiendo a los transeúntes una sensación de animalismo que contrasta con el mármol brillante y los escaparates llenos de sueños vacíos. Que el señor que debía hacer las veces de encargado del restaurante, cariacontecido, decidió mirar hacia otro lado a sabiendas que una meada de niña no debía durar más de treinta segundos. Que por estas tierras la ira se descarga entre los más desfavorecidos –en este caso las camareras venidas de tierras lejanas- antes de en reclamar humanidad y modales a una zopenca que ayer debió ser detenida e incluida en un tren enjaulado con dirección a un centro de educación primaria.

La imagen de la China olímpica, de la segunda economía mundial, del poder que nos dominará más pronto que tarde, generó en mi un desasosiego cercano al que debieron sentir los elegidos para morir por Pol Pot.

Antes de que las dudas surjan -¿cómo es posible que la madre no fuera con su hija al baño del restaurante?- debo aclarar que en este tipo de cárceles para el consumo poseen baños en las esquinas de sus plantas que a veces distan en cincuenta metros de las zonas exactamente opuestas. Pero eso no quita para que la educación al menor en este país tenga la culpa, que se trata al hijo único, al heredero insolente, como a un pequeño emperador incapaz de contener sus restos fisiológicos por espacio de dos minutos. Y así claro está, con la connivencia de la madre, un pequeño estanque en la entrada de un lujoso restaurante se convierte en el mayor espectáculo de guarrismo, de homenaje al perroflauta, al Almodóvar de los ochenta, a los clubs sadomasoquistas más duros de Londres.

Una madre apoyando la cabeza de su pequeña en su estomago mientras le elevaba las piernas a la altura del cielo, y un chorro de orina saliendo a propulsión contra un estanque de peces. De fondo, las tiendas de Hermes y de Gaultier. Cómo está cambiando el mundo, joder.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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Contando iPhones

Lugar: centro comercial Plaza 66 de Shanghái, exactamente en un restaurante modernete que oferta supuesta comida sana de fusión. Habrá no menos de 70 comensales. Y de ellos, más de la mitad, tienen posado sobre sus mesas el aparatito que ha penetrado en los cerebros de todos los mandarines: el iPhone.

Llegué hace casi cinco años a este país y había más bicicletas que coches. Al menos en Pekín. Hoy, aún con no pocas bicis, el coche se impone y el iPhone es el botón de la muestra que certifica que China es capitalista, globalizada y ridícula. 26 iPhones contados. Aparte de un Lenovo y un par de Nokias. El cliente es de clase media en la zona más cara de la ciudad con los precios más prohibitivos: Shanghái.

Cerraron el Falun Gong por ser considerados una secta y han dejado que los locos californianos hayan defecado en los cerebros de un pueblo harto acomplejado. Que aquí algunos hacen el acto o se quedan a dos velas, según el modelo de teléfono con el que carguen. Y el iPhone, ese aparato que equivale en precio a dos o tres sueldos mensuales de un camarero mandarín, arrasa hasta en estos últimos que prefieren pasarlas canutas a no poder fardar.

Más de un 90% de los teléfonos en un medio día de menú son de la casa Apple. Si esto no es monopolio que venga Dios y lo vea. Qué pensarán las demás compañías telefónicas que ni regalándolo podrán acabar subsistiendo.

El milagro Apple se cierne en una gran campaña de publicidad contra una sociedad vacía. Y así se consiguen los éxitos. Medio planeta descoyuntándose los tendones de sus dedos índices mientras gritan “¡Más, más, por favor!” Qué no cese el invento, el nuevo invento del maligno, que ha cambiado los hábitos y sonidos de los restaurantes: ya nadie se mira a la cara, ya nadie habla, salvo si eres el que está conectado al foro tal o al chat cual desde, por ejemplo, Oslo. Y la música de fondo, lejos de ser el hilo musical, no es más que el ajetreo que se traen los abstraídos por la secta californiana que en actitud negligente, permiten estridencias que ayudan a calificar al chino como troglodita. Porque no me puedo creer que esos aparatejos no posean algún botón que les hace descender el volumen.

La libertad se terminó el día que inventaron el correo electrónico y el teléfono móvil. Y la inteligencia fue aniquilada por empresas como Apple, que auspiciadas en las planicies educacionales de China, han arrollado los cuerpos ‘han’ con mucha más fuerza de la que lo haría la presa de las Tres Gargantas recién reventada.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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¿Cómo sentar las bases para una suculenta revuelta social?

Con la excusa de haber sacado a cientos de millones de personas de la pobreza –muchos periodistas occidentales usan esta frase en defensa propia por sus desasosegantes crónicas- los gerifaltes del Partido Comunista chino se han propuesto, de la misma manera, sacarse a ellos de la buena vida, para llevarse directamente al saco de los millonarios más violentos. ¿O es que alguien pensaba que aquí los de arriba no luchan también por ellos mismos?

Según un informe de Hurun, empresa de Shanghái que se dedica a publicar revistas de productos de lujo para consumidores chinos, los 70 mayores patrimonios de los políticos del país alcanzan la estratosférica cifra de 565.800 millones de yuanes (66.700 millones de euros); una cuantía algo lejana a los 2.000 yuanes (210 euros) de media que gana un camarero en la megalópolis de Shanghái, o de los 600 (65 euros) que se mete en el bolsillo un sichuanés por el mismo tipo de trabajo.

El mundo parece haber asumido que el político –da igual en Valencia, Roma, Buenos Aires o Pekín- debe hacerse rico a costa del manejo de las arcas públicas. Ni la justicia, ni la prensa ni el propio pueblo parecen interesados en seccionar de cuajo este tumor maligno que amenaza con generar una revuelta social a nivel mundial sin precedentes en la historia. Que la globalización, ese invento malicioso para tenernos a todos controlados independientemente de cada huso horario, al menos podría generar una ola de parecidas consecuencias en diferentes puntos geográficos del planeta. Algo es algo.

La frase de Den Xiaoping “enriquecerse es glorioso”, parece que ha sido tomada al pie de la letra por los delegados del pueblo, por esos dictadores en la sombra que siguiendo la doctrina de Hu Jintao y Wen Jiabao, se han propuesto no sólo retirarse a sí mismos, sino a doce generaciones venideras de hijos, nietos, bisnietos y los que vayan llegando. Que a una media de mil millones de euros, esos 70 primeros espadas de la política china deben ser los responsables de que cada empresa extranjera que intenta posar sus pies en este país deba abonar todo tipo de coimas, sobres y regalos, a la vez de subvencionar puterismo, comilonas y alcoholismo sin clase. Ya sabemos que el dinero que se paga porque sí no se reinvierte en puentes u hospitales. Porque o si no ya me contarán cómo un político con no más de 20 años de capitalismo enfermizo puede llegar a amasar una fortuna superior a los mil millones de euros. Y no sólo uno, sino setenta desgraciados. Que me imagino que entre el puesto 71 y el 123 no deben bajarse de los 800 millones de patrimonio.

Que el comunismo de pacotilla, represor e inculto, racista y violento, vaya a dominar al resto de naciones es algo que me tiene sin poder pegar ojo cada noche. Pensar que el malo posee asiento con derecho a veto en la ONU, así como nos compra deuda y además se lo agradecemos, es algo que me mantiene en un vilo guillotinero.

Lo que más gracia me hace de todo esto es pensar que hace sólo 30 años a todos estos acumula fortunas se los hubieran pasado por la piedra. Que son ellos, los mismos amnistiados, los que se están puliendo a un pueblo con la excusa de que “los han sacado de la pobreza”. Qué de mentira y qué de seguidores occidentales aireando este supuesto milagro.

Zong Qinghou, Wu Wajun y Lu Guanqiu son algunos de los administradores de los bienes del resto. Viva China, que ha sacado a millones de tipos de la miseria –cabría recordar que los metieron ellos mismos- y que como premio hoy manejan fortunas archimillonarias sacadas de los robos y de la explotación laboral contra sus mismos. Porque si destrozan a los suyos no quiero ni pensar que harán con los marcianos, o sea, los que no son de su misma raza.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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Arde Xinjiang, ardo yo

Acabo de echar cuentas: si el desgraciado de Hangzhou que me debe un trabajo me lo paga, me marcho a Kashgar en tres días. No es que desee pisar el trabajo de los periodistas; tampoco busco fama superflua; ni una muerte de súper héroe; siquiera vender mis relatos. Lo que me conmueve, lo que me tira de la piel, lo que desde ayer noche no me deja casi dormir y cuando lo hago sueño con ello, es cogerme un avión a Urumqi, capital de Xinjiang, para luego montarme en un tren horroroso a Kashgar, ciudad patrimonio de China –hasta hace poco de la Humanidad-. Porque a 250 kilómetros de allí –exactamente en el condado de Yecheng- los uigures y los han –los oriundos y los invasores- se han vuelto a dar de hostias. Según la agencia de noticias china y oficial Xinhua, doce muertos repartidos entre una decena de chinos ‘han’ -cosidos a cuchilladas por alborotadores uigures que se manifestaban- y un par de musulmanes abatidos a tiro limpio por las fuerzas del orden mandarín. Debe saberse la cruda realidad por este orden: el gobierno de Pekín habrá mentido en los datos, la agencia Xinhua también, y los uigures estarán exagerándolo todo. Por lo tanto: me quiero ir a Kashgar a untarme de realidad, a visitar sus mercados dominicales, y a representar desde mi pasión lo que acontece, lo que sucede, lo que barrunto.

Ya poseo contacto nativo -¿no creerían que me iba a ir a un zarrapastroso hotel chino colmado de policías, chivatos y demás carroña social con un subsuelo lleno de putas de provincias?- con el que intentaré pernoctar –en camas separadas- con la idea de hablar con el sometido. De cerca. De cara. Sin cortapisas.

Un experto en el tema –corresponsal en China- me advierte de que tras cada disturbio el gobierno chino bloquea Kashgar y alrededores junto con las conexiones de telefonía móvil e internet. Por supuesto, no me voy a dejar el tiempo, el ánimo y el dinero en esa alcantarilla llena de señoritas con dorsal llamada Urumqi, capital de Xinjiang. Que antes que eso compro la voluntad de alguno –en China por dinero puedes hacer lo que te dé la gana- para, acurrucado en el maletero de su coche, cruzar el desierto de Taklamakán, camino natural hacia Kashgar, una belleza más que acabará en mis recuerdos. Lo aseguro.

Como todo el mundo sabe Tíbet no es China. Pues bien, Xinjiang tampoco lo es. Que no es por polemizar, sino por informar. Que los uigures tienes que ver con los chinos lo mismo que los cartagineses con los maoríes. Lo que pasa es que el absurdo mandarín, imperialista hasta límites ya conocidos, informa que hace miles de años ya posaron allí sus pinreles. Pero da exactamente igual: también el Imperio Romano ilustró a la Península Ibérica hace el mismo tiempo y nadie en España desea ser italiano, hablar latino o recuperar aquella civilización que hasta el día de hoy sigue marcando nuestro quehaceres.

China aplasta a Xinjiang. Lo bueno –inversiones, trabajos, negocios, funcionariado… -se lo reparten los de fuera: los han; que con una marcha marrón en homenaje a la verde marroquí y a su paso facineroso por estos tiempos modernos, está dispuesta a dar la vuelta a la tortilla consiguiendo que la población original del Turkestán Oriental sea ya casi más china que autóctona.

Mi vida es escribir. Y viajar. Y en Xinjiang, en sólo tres días, podré aunar ambas eyaculaciones que me ayudarán a seguir soñando despierto; a continuar mojado en mi vida diaria, donde hacer lo que me da la gana me sigue poniendo cachondo.

@JoaquinCamposR (Twitter)

Quince ordenadores

Ayer redondeaba un día molesto –frío, humedad y llovizna entre horas perdidas por un tráfico insolente- que culminó en un trastabillado mercado de utensilios y maquinaria para la hostelería. Suelen ser recintos parecidos a terminales obsoletas de aeropuerto donde en habitáculos de todos los tamaños familias, por lo general, se las apañan para ofrecer todo lo que se necesita para abrir un bar, restaurante u hotel. Griterío ensordecedor y un detalle que me llamó mucho la atención.

Recuerdo cuando hace ya casi cinco años quise venirme a China, que un menorquín viajero me comentó el siguiente dato: trabajan en dos metros cuadrados y hasta en ese minúsculo espacio tienen uno o dos teléfonos. Ha pasado casi un lustro y en esos dos metros cuadrados –a veces treinta, a veces cien- el ‘han’ siempre tiene un lugar para el ordenador, casi nunca Mac, pero que siempre está encendido y atendido.

Fueron quince los locales que inspeccioné y en todos ellos alguien le daba a la tecla. Pero debe saberse en qué forma: la primera, chateando por el QQ, una web china copiada de Occidente –y actualmente mejorada- que permite a los mandarines contarse las mismas imbecilidades que se cuentan los occidentales. Los emoticonos están a la orden del día y el vacío general hace que sus cabezas posean eco interior. La segunda manera que preferían los chinos –al menos los de ayer- era jugar a las cartas contra la propia máquina. Algunos otros disparaban virtualmente contra enemigos militarizados y una señorita, que bostezaba sin remisión, revisaba portadas de revistas donde hombres supuestamente guapos anunciaban sus nuevas relaciones. Y así hasta los quince ordenadores. Ni un solo correo de trabajo enviado, nadie leyendo la prensa, y menos aún alguien controlando los cotes, ingresos y esos detalles que serán clave para que el negocio no se les hunda.

Es usual que en las oficinas de empresas chinas tengan que cortar ciertas webs ante la afición del empleado mandarín por conectarse a ellas en horas de trabajo. Este hecho no deja de ser el clásico reflejo que ya sufrimos hace años en Occidente. Pero debemos reconocer los que trabajamos por aquí, que el nivel productivo del empleado chino en ostensiblemente inferior al del occidental. Incluso contando que en el primer mundo los hay que se dan de baja siete veces al año. Sólo hay que visitar una fábrica o restaurante para cerciorarse del caso: si en España cocinan tres para setenta servicios, aquí entre fogones y cuarto frío nunca hay menos de veinte. Que cuando lleguen las vacas flacas –o los sueldos altos- la revolución estallará y los que se dedicaron a buscar novia por internet –si no tuvieron suerte- deberán recuperar el tiempo perdido emigrando o delinquiendo. Porque el subsidio en China es un ente inexistente. Y en eso, me quito el sombrero.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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La foto del Twitter

Desde que caí en la trampa del Twitter –desde aquella mañana me arrepiento cada día y me tapo la nariz cada vez que ejecuto una frase que por el sonido anglosajón que la nombra me produce repelús- he venido observando que los que escriben sobre supuestas cosas serias han colocado sus fotos con caras y gestos inequívocos del narcisismo más triste. Como si una simple foto de carnet no fuera suficiente. Como si la red estuviera examinando facialmente a los que casi nunca examinan culturalmente.

En este mes y poco de tuiteos –lamentable anglicismo chusco- he visto no pocos caretos de sinuosas seudo estrellas del saber estar. Generalmente periodistas, que posando como el que sí quiere la cosa, quedan reducidos al paroxismo más absoluto cada vez que envían una frase que viene adjunta a un retrato, que mira tú por dónde, parece recortado de la promoción de una serie televisiva.
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Tibetanos y chinos

Suele ocurrir que cuando te impones por la fuerza el sometido trata de rebelarse. Incluso si el que te somete es fuerte como ninguno y represivo a niveles inigualables. El aplastamiento continuo de la cultura tibetana por parte del imperialismo mandarín no tiene límites, aunque sí rebelados que comienzan a defenderse quemándose a lo bonzo. Una manera como otra cualquiera de reivindicarse. Porque Occidente, tan ciega de democracia de pacotilla y valores como el papel mojado, carece de visores para darse cuenta de las vejaciones a las que los tibetanos son sometidos por unos chinos que quieren pasar a la historia del siglo XXI como los nuevos malhechores del globo terráqueo.

Para empezar deberíamos reconocer algo: Tíbet no es China. Que hoy día, geográficamente, esté dentro del gigante asiático, no quita para que sepamos que realmente un tibetano no tiene absolutamente nada que ver con sus vecinos invasores: ni el idioma –hablado y escrito-, ni las tradiciones, ni la apariencia física, ni nada de nada. Que sí hoy Tíbet pertenece a China es única y exclusivamente por las necesidades de Pekín de agrandar sus fronteras y de extraer todas las riquezas que ocultan las tierras tibetanas. Ni más ni menos.
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