Contando iPhones

Lugar: centro comercial Plaza 66 de Shanghái, exactamente en un restaurante modernete que oferta supuesta comida sana de fusión. Habrá no menos de 70 comensales. Y de ellos, más de la mitad, tienen posado sobre sus mesas el aparatito que ha penetrado en los cerebros de todos los mandarines: el iPhone.

Llegué hace casi cinco años a este país y había más bicicletas que coches. Al menos en Pekín. Hoy, aún con no pocas bicis, el coche se impone y el iPhone es el botón de la muestra que certifica que China es capitalista, globalizada y ridícula. 26 iPhones contados. Aparte de un Lenovo y un par de Nokias. El cliente es de clase media en la zona más cara de la ciudad con los precios más prohibitivos: Shanghái.

Cerraron el Falun Gong por ser considerados una secta y han dejado que los locos californianos hayan defecado en los cerebros de un pueblo harto acomplejado. Que aquí algunos hacen el acto o se quedan a dos velas, según el modelo de teléfono con el que carguen. Y el iPhone, ese aparato que equivale en precio a dos o tres sueldos mensuales de un camarero mandarín, arrasa hasta en estos últimos que prefieren pasarlas canutas a no poder fardar.

Más de un 90% de los teléfonos en un medio día de menú son de la casa Apple. Si esto no es monopolio que venga Dios y lo vea. Qué pensarán las demás compañías telefónicas que ni regalándolo podrán acabar subsistiendo.

El milagro Apple se cierne en una gran campaña de publicidad contra una sociedad vacía. Y así se consiguen los éxitos. Medio planeta descoyuntándose los tendones de sus dedos índices mientras gritan “¡Más, más, por favor!” Qué no cese el invento, el nuevo invento del maligno, que ha cambiado los hábitos y sonidos de los restaurantes: ya nadie se mira a la cara, ya nadie habla, salvo si eres el que está conectado al foro tal o al chat cual desde, por ejemplo, Oslo. Y la música de fondo, lejos de ser el hilo musical, no es más que el ajetreo que se traen los abstraídos por la secta californiana que en actitud negligente, permiten estridencias que ayudan a calificar al chino como troglodita. Porque no me puedo creer que esos aparatejos no posean algún botón que les hace descender el volumen.

La libertad se terminó el día que inventaron el correo electrónico y el teléfono móvil. Y la inteligencia fue aniquilada por empresas como Apple, que auspiciadas en las planicies educacionales de China, han arrollado los cuerpos ‘han’ con mucha más fuerza de la que lo haría la presa de las Tres Gargantas recién reventada.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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¿Cómo sentar las bases para una suculenta revuelta social?

Con la excusa de haber sacado a cientos de millones de personas de la pobreza –muchos periodistas occidentales usan esta frase en defensa propia por sus desasosegantes crónicas- los gerifaltes del Partido Comunista chino se han propuesto, de la misma manera, sacarse a ellos de la buena vida, para llevarse directamente al saco de los millonarios más violentos. ¿O es que alguien pensaba que aquí los de arriba no luchan también por ellos mismos?

Según un informe de Hurun, empresa de Shanghái que se dedica a publicar revistas de productos de lujo para consumidores chinos, los 70 mayores patrimonios de los políticos del país alcanzan la estratosférica cifra de 565.800 millones de yuanes (66.700 millones de euros); una cuantía algo lejana a los 2.000 yuanes (210 euros) de media que gana un camarero en la megalópolis de Shanghái, o de los 600 (65 euros) que se mete en el bolsillo un sichuanés por el mismo tipo de trabajo.

El mundo parece haber asumido que el político –da igual en Valencia, Roma, Buenos Aires o Pekín- debe hacerse rico a costa del manejo de las arcas públicas. Ni la justicia, ni la prensa ni el propio pueblo parecen interesados en seccionar de cuajo este tumor maligno que amenaza con generar una revuelta social a nivel mundial sin precedentes en la historia. Que la globalización, ese invento malicioso para tenernos a todos controlados independientemente de cada huso horario, al menos podría generar una ola de parecidas consecuencias en diferentes puntos geográficos del planeta. Algo es algo.

La frase de Den Xiaoping “enriquecerse es glorioso”, parece que ha sido tomada al pie de la letra por los delegados del pueblo, por esos dictadores en la sombra que siguiendo la doctrina de Hu Jintao y Wen Jiabao, se han propuesto no sólo retirarse a sí mismos, sino a doce generaciones venideras de hijos, nietos, bisnietos y los que vayan llegando. Que a una media de mil millones de euros, esos 70 primeros espadas de la política china deben ser los responsables de que cada empresa extranjera que intenta posar sus pies en este país deba abonar todo tipo de coimas, sobres y regalos, a la vez de subvencionar puterismo, comilonas y alcoholismo sin clase. Ya sabemos que el dinero que se paga porque sí no se reinvierte en puentes u hospitales. Porque o si no ya me contarán cómo un político con no más de 20 años de capitalismo enfermizo puede llegar a amasar una fortuna superior a los mil millones de euros. Y no sólo uno, sino setenta desgraciados. Que me imagino que entre el puesto 71 y el 123 no deben bajarse de los 800 millones de patrimonio.

Que el comunismo de pacotilla, represor e inculto, racista y violento, vaya a dominar al resto de naciones es algo que me tiene sin poder pegar ojo cada noche. Pensar que el malo posee asiento con derecho a veto en la ONU, así como nos compra deuda y además se lo agradecemos, es algo que me mantiene en un vilo guillotinero.

Lo que más gracia me hace de todo esto es pensar que hace sólo 30 años a todos estos acumula fortunas se los hubieran pasado por la piedra. Que son ellos, los mismos amnistiados, los que se están puliendo a un pueblo con la excusa de que “los han sacado de la pobreza”. Qué de mentira y qué de seguidores occidentales aireando este supuesto milagro.

Zong Qinghou, Wu Wajun y Lu Guanqiu son algunos de los administradores de los bienes del resto. Viva China, que ha sacado a millones de tipos de la miseria –cabría recordar que los metieron ellos mismos- y que como premio hoy manejan fortunas archimillonarias sacadas de los robos y de la explotación laboral contra sus mismos. Porque si destrozan a los suyos no quiero ni pensar que harán con los marcianos, o sea, los que no son de su misma raza.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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Arde Xinjiang, ardo yo

Acabo de echar cuentas: si el desgraciado de Hangzhou que me debe un trabajo me lo paga, me marcho a Kashgar en tres días. No es que desee pisar el trabajo de los periodistas; tampoco busco fama superflua; ni una muerte de súper héroe; siquiera vender mis relatos. Lo que me conmueve, lo que me tira de la piel, lo que desde ayer noche no me deja casi dormir y cuando lo hago sueño con ello, es cogerme un avión a Urumqi, capital de Xinjiang, para luego montarme en un tren horroroso a Kashgar, ciudad patrimonio de China –hasta hace poco de la Humanidad-. Porque a 250 kilómetros de allí –exactamente en el condado de Yecheng- los uigures y los han –los oriundos y los invasores- se han vuelto a dar de hostias. Según la agencia de noticias china y oficial Xinhua, doce muertos repartidos entre una decena de chinos ‘han’ -cosidos a cuchilladas por alborotadores uigures que se manifestaban- y un par de musulmanes abatidos a tiro limpio por las fuerzas del orden mandarín. Debe saberse la cruda realidad por este orden: el gobierno de Pekín habrá mentido en los datos, la agencia Xinhua también, y los uigures estarán exagerándolo todo. Por lo tanto: me quiero ir a Kashgar a untarme de realidad, a visitar sus mercados dominicales, y a representar desde mi pasión lo que acontece, lo que sucede, lo que barrunto.

Ya poseo contacto nativo -¿no creerían que me iba a ir a un zarrapastroso hotel chino colmado de policías, chivatos y demás carroña social con un subsuelo lleno de putas de provincias?- con el que intentaré pernoctar –en camas separadas- con la idea de hablar con el sometido. De cerca. De cara. Sin cortapisas.

Un experto en el tema –corresponsal en China- me advierte de que tras cada disturbio el gobierno chino bloquea Kashgar y alrededores junto con las conexiones de telefonía móvil e internet. Por supuesto, no me voy a dejar el tiempo, el ánimo y el dinero en esa alcantarilla llena de señoritas con dorsal llamada Urumqi, capital de Xinjiang. Que antes que eso compro la voluntad de alguno –en China por dinero puedes hacer lo que te dé la gana- para, acurrucado en el maletero de su coche, cruzar el desierto de Taklamakán, camino natural hacia Kashgar, una belleza más que acabará en mis recuerdos. Lo aseguro.

Como todo el mundo sabe Tíbet no es China. Pues bien, Xinjiang tampoco lo es. Que no es por polemizar, sino por informar. Que los uigures tienes que ver con los chinos lo mismo que los cartagineses con los maoríes. Lo que pasa es que el absurdo mandarín, imperialista hasta límites ya conocidos, informa que hace miles de años ya posaron allí sus pinreles. Pero da exactamente igual: también el Imperio Romano ilustró a la Península Ibérica hace el mismo tiempo y nadie en España desea ser italiano, hablar latino o recuperar aquella civilización que hasta el día de hoy sigue marcando nuestro quehaceres.

China aplasta a Xinjiang. Lo bueno –inversiones, trabajos, negocios, funcionariado… -se lo reparten los de fuera: los han; que con una marcha marrón en homenaje a la verde marroquí y a su paso facineroso por estos tiempos modernos, está dispuesta a dar la vuelta a la tortilla consiguiendo que la población original del Turkestán Oriental sea ya casi más china que autóctona.

Mi vida es escribir. Y viajar. Y en Xinjiang, en sólo tres días, podré aunar ambas eyaculaciones que me ayudarán a seguir soñando despierto; a continuar mojado en mi vida diaria, donde hacer lo que me da la gana me sigue poniendo cachondo.

@JoaquinCamposR (Twitter)

Quince ordenadores

Ayer redondeaba un día molesto –frío, humedad y llovizna entre horas perdidas por un tráfico insolente- que culminó en un trastabillado mercado de utensilios y maquinaria para la hostelería. Suelen ser recintos parecidos a terminales obsoletas de aeropuerto donde en habitáculos de todos los tamaños familias, por lo general, se las apañan para ofrecer todo lo que se necesita para abrir un bar, restaurante u hotel. Griterío ensordecedor y un detalle que me llamó mucho la atención.

Recuerdo cuando hace ya casi cinco años quise venirme a China, que un menorquín viajero me comentó el siguiente dato: trabajan en dos metros cuadrados y hasta en ese minúsculo espacio tienen uno o dos teléfonos. Ha pasado casi un lustro y en esos dos metros cuadrados –a veces treinta, a veces cien- el ‘han’ siempre tiene un lugar para el ordenador, casi nunca Mac, pero que siempre está encendido y atendido.

Fueron quince los locales que inspeccioné y en todos ellos alguien le daba a la tecla. Pero debe saberse en qué forma: la primera, chateando por el QQ, una web china copiada de Occidente –y actualmente mejorada- que permite a los mandarines contarse las mismas imbecilidades que se cuentan los occidentales. Los emoticonos están a la orden del día y el vacío general hace que sus cabezas posean eco interior. La segunda manera que preferían los chinos –al menos los de ayer- era jugar a las cartas contra la propia máquina. Algunos otros disparaban virtualmente contra enemigos militarizados y una señorita, que bostezaba sin remisión, revisaba portadas de revistas donde hombres supuestamente guapos anunciaban sus nuevas relaciones. Y así hasta los quince ordenadores. Ni un solo correo de trabajo enviado, nadie leyendo la prensa, y menos aún alguien controlando los cotes, ingresos y esos detalles que serán clave para que el negocio no se les hunda.

Es usual que en las oficinas de empresas chinas tengan que cortar ciertas webs ante la afición del empleado mandarín por conectarse a ellas en horas de trabajo. Este hecho no deja de ser el clásico reflejo que ya sufrimos hace años en Occidente. Pero debemos reconocer los que trabajamos por aquí, que el nivel productivo del empleado chino en ostensiblemente inferior al del occidental. Incluso contando que en el primer mundo los hay que se dan de baja siete veces al año. Sólo hay que visitar una fábrica o restaurante para cerciorarse del caso: si en España cocinan tres para setenta servicios, aquí entre fogones y cuarto frío nunca hay menos de veinte. Que cuando lleguen las vacas flacas –o los sueldos altos- la revolución estallará y los que se dedicaron a buscar novia por internet –si no tuvieron suerte- deberán recuperar el tiempo perdido emigrando o delinquiendo. Porque el subsidio en China es un ente inexistente. Y en eso, me quito el sombrero.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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La foto del Twitter

Desde que caí en la trampa del Twitter –desde aquella mañana me arrepiento cada día y me tapo la nariz cada vez que ejecuto una frase que por el sonido anglosajón que la nombra me produce repelús- he venido observando que los que escriben sobre supuestas cosas serias han colocado sus fotos con caras y gestos inequívocos del narcisismo más triste. Como si una simple foto de carnet no fuera suficiente. Como si la red estuviera examinando facialmente a los que casi nunca examinan culturalmente.

En este mes y poco de tuiteos –lamentable anglicismo chusco- he visto no pocos caretos de sinuosas seudo estrellas del saber estar. Generalmente periodistas, que posando como el que sí quiere la cosa, quedan reducidos al paroxismo más absoluto cada vez que envían una frase que viene adjunta a un retrato, que mira tú por dónde, parece recortado de la promoción de una serie televisiva.
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Tibetanos y chinos

Suele ocurrir que cuando te impones por la fuerza el sometido trata de rebelarse. Incluso si el que te somete es fuerte como ninguno y represivo a niveles inigualables. El aplastamiento continuo de la cultura tibetana por parte del imperialismo mandarín no tiene límites, aunque sí rebelados que comienzan a defenderse quemándose a lo bonzo. Una manera como otra cualquiera de reivindicarse. Porque Occidente, tan ciega de democracia de pacotilla y valores como el papel mojado, carece de visores para darse cuenta de las vejaciones a las que los tibetanos son sometidos por unos chinos que quieren pasar a la historia del siglo XXI como los nuevos malhechores del globo terráqueo.

Para empezar deberíamos reconocer algo: Tíbet no es China. Que hoy día, geográficamente, esté dentro del gigante asiático, no quita para que sepamos que realmente un tibetano no tiene absolutamente nada que ver con sus vecinos invasores: ni el idioma –hablado y escrito-, ni las tradiciones, ni la apariencia física, ni nada de nada. Que sí hoy Tíbet pertenece a China es única y exclusivamente por las necesidades de Pekín de agrandar sus fronteras y de extraer todas las riquezas que ocultan las tierras tibetanas. Ni más ni menos.
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SARS o algo peor

En la ciudad de Baoding, provincia de Hebei, se está produciendo desde hace días un caso que por peligroso no deja de ser ocultado por las fauces del PCCh. Más de trescientos soldados de élite, que se encontraban realizando prácticas militares en la zona, sufrieron a la vez una sospechosa fiebre que les mantiene a todos recluidos y en cuarentena. Para que el asunto sea censurado ya están los clásicos soldados internautas, los miles de fieles al Partido que con sus comentarios en internet intentan escurrir el bulto: “Es una fiebre común”, dicen al unísono. “Parece mentira que para enterarnos de lo que ocurre en China tengamos que abrir páginas de Hong Kong y Taiwán”, replicó una seguidora de blogs chinos.

Y parece que es verdad que para saber qué ocurre bajo el cielo gris mandarín hay que escaparse de la maraña de mentiras ‘han’ que siguen sin informar sobre el extraño caso que mantiene encerrados y custodiados a más de trescientos militares en un hospital de la ciudad de Baoding. Según informaciones no oficiales dos soldados habrían fallecido. También se informa que el hospital ha quedado cercado en su totalidad con la presencia en sus cercanías de cuerpos de seguridad del estado que cortan el paso a todo aquél interesado en acercarse al edificio. Expertos en el tema llegados desde Pekín –el jefe del Hospital Militar 301 y la dirección general de logística del HOAK- aseguran que el repentino y duradero brote de fiebre no es el SARS, la famosa neumonía atípica causada por un coronavirus que apareció por primera vez en noviembre de 2002 en la provincia de Guandong, el Cantón chino.
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Corresponsales en peligro: ya no sólo sufren por las renovaciones de sus visados

Un cámara de Associated Press, interrogado por la policía china de Beijing.

Un cámara de Associated Press, interrogado por la policía china de Beijing.

Ejercer la profesión de periodista en China sólo discurre por dos caminos: contar lo ocurre, a riesgo de que no te renueven el visado o directamente te echen; y achantar la cabeza, en incomprensible homenaje al periodista local que ese sí no tiene más remedio que cerrar el pico. Porque a un extranjero a lo sumo lo deportan –algún golpe también le podría caer-, pero para un nativo la oferta sí que es variada: desde ser secuestrado y encarcelado, pasando por el chantaje a sus familias, y desembocando hasta en su propia muerte. Les recuerdo que China es una picadora si de humanidad hablamos.

Pero no me negarán ustedes que es sorprendente la escasísima actividad en periódicos y televisiones que genera el gigante asiático, que para algunos es el 25% de la población mundial. Y si en tamaño país, con todo de tipo de injusticias que acontecen cada día, así como novedades por minuto a causa de su inusual crecimiento, nadie coge el toro por los cuernos, el flaco favor que se realizan a lectores, medios y masacrados debería ser tratado en juntas general informativas. O en juzgados de primera instancia.
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