Los perretes
Siempre he mantenido duras discrepancias con la progresía occidental. Ejemplo: si se te ocurre eructar junto a uno de ellos te montan un cirio que te quitan hasta el hipo. Claro, que si esto les ocurre en China, delante de sus narices, del orden de 350 veces al día, la misma persona muta y se adapta al “gracioso” sonido pectoral-bucal. Un día, una de esas damas guadianeras, me advertía con excusa insólita lo que hoy día es el autentico ‘Libro Rojo de los Expatriados’: “Es su cultura, respeta”. En mi manera de pensar un señor que no se ducha a diario en un guarro. A no ser que se quede en su casa y no moleste a nadie. Por ende, el que arroja mondadientes con restos de comida a la mesa donde yo como es una cerdo, sea o no de otra cultura, patraña que no sirve como excusa, sino como ridiculez.
Por todo esto quiero tratar un tema que dañara las mentes –las progres y las no progres- al haberme encontrado en el día de hoy una demostración más de lo lejos que andan los chinos del resto del planeta. Hoy, a eso de las diez de la mañana, tras otro desayuno acertado, me he dirigido al mercado central de la ciudad de Longyan, que remarco casi llega a los tres millones de habitantes. En el citado mercado, todo tipo de productos, desde las clásicas carnes a los pescados que llegan a diario desde la cercana Xiamen. Verduras, algunas diferentes a las que conocemos en España, y diversas jaulas donde te venden animales vivos: patos, pollos, tortugas, gansos, conejos…
Pero desde dos de las jaulas salía despedido un infernal sonido, que además me resultaba familiar. Me acerqué, observando que en aquella cárcel de barrotes infectos se encontraban amontonados no menos de treinta perritos que lloraban tan desgarradamente que aún mis oídos guardan el documento sonoro. A la acompañante que me hace de traductora corrí a preguntar qué significaba aquello, contestándome que “se venden para cocinar. En la vecina provincia de Guangdong (Cantón) es uno de los platos estrella”.
Recuerdo, hará unos tres años, la mala experiencia que sufrí en la norteña ciudad de Changchun, cuando una señorita que me había llevado a comer ‘cocina local’ posó sobre la mesa, sin advertirme, un guiso de carne de perro. Sin ganas de justificarme le arrojé una petición: “Me vuelvo al hotel. Por hoy ya ha sido suficiente”.
China crece de tal manera que es habitual encontrar tiendas de animales así como en los mismos supermercados donde las familias compran sus necesidades piensos y latas de comida tanto para perros como para gatos. Por Shanghái, los dueños pasean a sus mascotas, en algunos casos de forma ridícula, al ponerles zapatos y ropas. Pero a fin de cuentas se entiende que un perro no puede entrar por el ojo con el mismo interés que un solomillo de ternera.
A mi traductora, que tampoco parecía hacer demasiados ascos a los guisos perrunos, le intenté explicar el quid de la cuestión: “Mira, si ahora mismo llamaras a un pato éste no vendría, lo mismo pasaría con la gallina, y por extensión con el conejo, que muy probablemente saldría corriendo. Sin embargo, si esos cachorros de perro tuvieran la celda abierta vendrían al chasquido de mis dedos atraídos, además, por mi gesto conciliador. Un perro es un animal de compañía, no un alimento, bastante cercano al ser humano”. Tras mi charla la señorita sólo acertó a decir: “Sí, la verdad es que son muy graciosos. Mi vecina tiene uno”.
Diego Herrero, periodista, realizó un estupendo documental para la televisión ‘Al-Jazeera’, en donde muestra las condiciones en las que viven y son tratados los cachorros, y las mafias que velan porque se mantenga este sucio negocio. No olvidemos que el PCCh, tan sabedor de estas prácticas como muy posiblemente degustador, obligó a cesar la producción de carne de perro mientras las Olimpiadas de Pekín intentaban mostrar al mundo una imagen irreal de una China demasiado abierta y occidentalizada. Hoy, la realidad es bien distinta, con numerosas webs y blogs censurados y con el negocio de la venta de perros para cocinar abierto de par en par.
Desconozco si la progresía expatriada pensará que lo de vender cachorros de perro, abrirlos en canal delante del cliente, y realizar platos con ellos, es porque son “otra cultura”. Tendrían que haberlos visto, amontonados, algunos agonizaban, les tiran agua a manguerazos, para que no se deshidraten, y una especie de pienso que les espolvorean como si los estuvieran salpimentando. Luego, hambrientos y sedientos, comienzan a chuparse los unos a los otros. Y cuando sacan a alguno de sus amigos para partirlos en cuatro trozos, el resto, sabiondo, comienzan a ejecutar un concierto de llantos tan penetrante que dan ganas de salir corriendo.
Leche para bebés, leche para seres humanos
China mantiene una implacable presión contra los productos importados. Podría estar hasta pasado mañana escribiendo por lo que me centraré sólo en unos cuantos casos: el vino, que aunque se importen millones de botellas, sufre un increíble triple chantaje, al tener que superar las inmensas trabas que generan las mafias aduaneras, que si no desembolsas una buena cantidad de dinero te retendrán los contenedores sine die. Además, el gobierno impone una tasa asfixiante con la malévola idea de ingresar todo lo que pueda antes de que esa botella salga a la venta. El vino, lamentablemente, es considerado un producto de lujo. Para terminar, está la competencia china, que ni es vino ni es nada, y que compite por la ignorancia del nativo con los caldos importados. No es de recibo que el gobierno de Pekín mire para otro lado cuando aquí se introducen a aguas adulteradas con alcoholes sospechosos colorantes y virutas de madera. Luego llegan al mercado a precios de risa –dos euros la botella- aunque lo que produce más carcajada es ver los etiquetados: algunos directamente te ponen que el vino es de 1.967, cuando en ese año no es que no hubiera vides sino que no había ni copas donde tomarlo ni enólogos o viticultores.
No puedo obviar el jamón español, ninguneado por nuestros derruidos políticos, que han conseguido, tras décadas de miserias, que el producto pueda entrar en China en las siguientes condiciones: tasa altísima al producto, eliminación del hueso –o sea, humillación a la ceremonia del corte-, elección de sólo una docena de empresas –las cuatro mejores más el resto a dedo, o sea, a sobre-, y descarte de cualquier otro producto del cerdo, llámese chorizo, salchichón, lomo o presa. Los italianos, que hacen sus jamones como los Fiat, en serie, pueden, sin embargo, repartir por toda China cualquiera de sus previsibles embutidos. Mi enhorabuena a ellos.
El aceite de oliva y el arroz también se llevan lo suyo. El primero, nuestro oro líquido, se trae a cuenta gotas por unas empresas oleícolas que tampoco es que sean la alegría de la huerta: por cada veinte botellas de este producto en un lineal de supermercado diecinueve son italianas. Y hablo de Shanghái o Pekín. En ciudades remotas, aunque con millones de habitantes, ni rastro de aceite español ya que el escaso que hay siempre es transalpino. Al zumo de aceitunas, por supuesto, también le endosan un importante impuesto. Pero lo peligroso viene ahora, ya que los chinos se han lanzado en manada a producir un falso aceite de oliva que no es más que aceite de maíz coloreado y aromatizado artificialmente. Lo vergonzante del caso es que nadie, autoridad extranjera, productor o cliente, abren la boca ante tamaña trampa. Y así nos luce el pelo. En este país, que se sepa, no han visto un olivo ni en la televisión. Del arroz sólo comentar que el otro día me ofrecieron uno que ni siquiera era ‘bomba’ aunque sí valenciano, a cinco euros el medio kilo, paquete de plástico. El vendedor, cariacontecido, me dijo que al ser el arroz producto nacional el impuesto que paga el que quiere traerlo de fuera es casi más alto que una fianza por violación en el Estado de Michigan.
Se permite la venta de vino que no es vino como de aceite de oliva que es aceite de girasol. Las autoridades ex comunistas, solamente preocupadas en que el dinero siempre se quede aquí, pasan por alto la posibilidad real de que mañana mismo haya muertes por intoxicación a causa de este nuevo tipo de patriotismo asesino. Y aparte de una intoxicación en masa existe algo casi igual de penoso: el pueblo bebiendo algo que no es vino y creyéndoselo, como haciéndose ensaladas mediterráneas con restos de pintura.
Pero ayer en Longyan, ciudad de dos millones y medio de habitantes –o sea, nada de nada-, incrustada entre verdes montañas, fuera de la lista de los éxitos, de los medios, de los trenes de alta velocidad –los que descarrilan y no- y de aeropuertos, encontré algo que debería hacer meditar a las corruptas autoridades chinas. Una familia normal, sin altos ingresos, adquiere leche en polvo para bebés de una compañía alemana. Que tras la muerte de algunos pequeños y los miles de ingresos hospitalarios -¿recuerdan la brutalidad de meter melamina en los botes para espesar la leche de los neonatos?-, los padres, pobres o ricos, han decidido dar su confianza –y buena parte de sus ingresos- a empresas extranjeras donde el ser humano, y más si es bebé, cuenta. Y mucho.
No sé qué decisiones tomaron las familias de la época –yo era muy pequeño- pero tras el drama de la colza no recuerdo botellas de aceite italiano o heleno en nuestras despensas. Sin embargo, en el autentico culo del mundo, en Longyan, una familia de ingresos bajos, bastante bajos, paga más de diez euros por la alimentación de su bebé, a sabiendas de que podría ver agujereado su esófago si tomara lácteos locales. Debemos agradecer, por tanto, que no sea muy gravoso en las aduanas el importar leche en polvo para bebés de la tan odiada como desconocida Europa. A ver quién es el guapo aduanero que paraliza un contenedor que da vida a sus hijos únicos.
Usurpando identidades con el consentimiento de todos
He acudido en el día de hoy a una reunión en la que hacía de convidado de piedra. Pero eso no ha sido suficiente para que me mantuviera al margen. De hecho, callado y con cara de ido, he sacado más información del envite que algunos espías rusos provistos de armas de fuego y años cotizados en la nómina.
Para empezar diré que la empresa ‘Sungiven Foods’, radicada en Xiamen, provincia de Fujian, china desde el director general hasta la empleada de la limpieza, estafa. Y digo lo de estafa porque aparte de dedicarse a la alimentación local –dato éste ya mosqueante- ha querido dar el salto a la supuestamente empobrecida Occidente. Por ello, los paquetes de productos de la citada empresa marcan, graciosamente, su peso en libras y gramos, anécdota esta sin importancia si la comparamos con el lavado de cara malicioso que realizan en sus contra etiquetas: producto de una empresa china (Sungiven Foods), supervisado por una empresa de Hong Kong (manipulación concreta basándose en la inmensa fama de la ex colonia británica) y distribuido por americanos (la cuadratura del círculo). Debe saberse que si un negocio chino desea introducir productos en Europa, por ejemplo, deberá pasar importantes controles de calidad. Y claro, si lo que vende esta empresa –‘Sungiven Foods’- es de supuesta naturaleza grandiosa el supervisor deberá creerse que éstos sin son dignos.
No voy a centrarme en los precios de los que hablaron en la reunión – ¡setenta y céntimos de euro el kilo de arroz para sushi del Japón!-, imposibles para atarlos a calidad alguna. Tampoco en los empaquetados, tristemente seleccionados en la peor fábrica de plásticos. Menos aún lo haré en los productos seleccionados, que siempre poseían calificaciones tales como ‘orgánico’ o ‘saludable’, la nueva droga del progre con michelines estomacales y mentales. Dejémoslo en lo más denunciable: ‘Sungiven Foods’, aprovechando que su eterno enemigo nipón da coletazos –y Occidente sigue enamorado de su valiente cultura, entre ellas la gastronómica- empaqueta, sin pena ni gloria –papel pegado de aquella manera- un arroz que ni es lo que marca el etiquetado, ni por supuesto proviene del Japón. Más peligroso que un mono con dos pistolas es un chino intentando vender productos alimenticios de calidad.
El producto estrella de la empresa que no patrocina este texto, aunque lo pudiera parecer, es el arroz japonés ‘Koshihikari’, el cual, evidentemente, no es el que menciona el empaquetado, ni proviene del Japón, ni nada que se le parezca. Pero claro, para entrar en Occidente, si eres chino, no podrás hacerlo si en tu bagaje constan los siguientes pecados humanitarios y alimenticios: fideos tintados con sucedáneos de petróleo, leche para bebé con melamina, aceites reciclados mil trescientas veces y aclarados con detergentes, cangrejos atiborrados a medicamentos para evitar que el haber vivido en piscinas de orina les afecte en sus aspectos, agua del grifo y de la ducha con plomo y otras lindezas, aire cancerígeno en niveles record, sandías que eran tan rojas por inyecciones de colorantes ilegales, pastelería confeccionadas con grasas terminantemente prohibidas en Europa y Estados Unidos… si a uno le pertenece semejante currículo lo normal es que no haya aprendido. Y por ende, ‘Sungiven Foods’, aprovecha que Japón es sinónimo de extrema calidad para vender en los lineales europeos, a hurtadillas, su arroz ‘Koshihikari’, el cual, repito hasta cansarme, no ha sido cultivado en Japón, ni supervisado por un japonés, ni nada que se le parezca. El chino, prácticamente siempre, copia. Y lo peor es que lo hace fraudulentamente.
Debe saberse que el grano ‘Koshihikari’ es la variedad de arroz más cultivada en Japón, originaria de allí, cuando hace cincuenta y cinco años unieron los departamentos de investigación agrícola de la época dos cepas diferentes, creando el hoy día arroz por antonomasia del Sushi, tapa estrella de la cocina nipona a nivel mundial. Este arroz, además, se cultiva con licencia en los Estados Unidos y Australia, países que no adolecen con demasiada falta de dignidad, por lo que venden el producto real. Mientras China, no ya no es que haya plantado planta alguna del citado arroz, sino que usa otras vulgares para hacerlas pasar por las lujosas. Se gastan más en el empaquetado, cuidando el importantísimo detalle de resaltar el apelativo –Koshihikari- y demás imbecilidades tales como ‘orgánico’ o ‘ecológico’. Cuando esto acontece nadie se levanta de su silla para frenar semejante estafa. Mientras unos lucharon por la calidad, otros, lejanos a ella, se apropian de un nombre que da dinero allá donde vaya. El gobierno chino los protege; el mundo está vendido a China; Japón acabará haciendo Sushi con los arroces de plástico con los que los mandarines ya han pasado a la historia de la inhumanidad.
Desayunos diferenciadores
Hace dos días desayuné en un espacio abierto, sin puertas quiero decir, de escasos doce metros cuadrados, con azulejos simplistas, con ese par de fuegos que hierven caldos, saltean fideos y cuecen bolas de taro a la vez. Regentado por la clásica familia de padre, madre, y dos hijas clamorosamente llamativas. La una deshojando cilantro, la otra llevando la voz cantante en los pedidos, el padre picando ternera, y la madre, haciendo de los bolsillos de su bata una caja registradora a la vez de corroborando que las viandas estaban en su punto. Mesas de plástico duro con sillitas enanas y servilleteros para que no chorreen los sorbos por las fauces hambrientas.
Lo sorprendente de este lugar, sito junto al mercado de abastos, era su extrema limpieza -incluso de moscas- con hechos diferenciadores clamorosos: nadie tira papeles al suelo, ya que cada mesa posee una especie de cerámica donde se introducen éstos y los mondadientes usados; el clásico ventilador, cansado de mover aire, con sus aspas limpias como la patena; los azulejos, sin motivos llamativos, pero sin escaramuzas de mierda entre ellos; y la misma cocina, donde se cargan los boles y se limpian las carnes, ordenada a más no poder. Un desayuno de fideos en sopa, bolas de carne y dumplings de taro, a algo así como un euro por persona. A la despedida, sonrisas de la madre y las hijas; el padre recogía de espaldas nuestra mesa recién deshabitada.
Ayer, pensando que lo del día anterior fue un milagro, acudí a uno de esos restaurantes donde se sirven desayunos, pero esta vez en el centro de la ciudad, y con apariencia de comida rápida: una cajera toma nota, pagas por adelantado, te sientas, y otra camarera, dócil y sonriente a partes iguales, te trae lo estipulado.
Aquí, mi primera sorpresa fue comprobar que los churros chinos, al fin, eran sabrosos, crujientes y no habían sido fritos en aceites cancerígenos. A su vez, las piezas cortadas a tijera, no chorreaban resto alguno de fritanga. Luego, unos dumplings de ternera, cerdo y verduras, con una salsa algo picante servida individualmente. Hasta me bebí, llevado por la euforia, su leche de soja, que la verdad, nunca me había parecido atractiva.
Familias ordenadas, de padre, madre y un heredero, dándole a la mandíbula sin estridencias en sus diálogos ni arrojando resto alguno sobre el inmaculado piso. La música, lejanísima, ayudaba a que las conversaciones no tuvieran que ejercerse a grito pelado. Un error en un pedido, de fideos salteados errados a fideos con sopa, fue repuesto al instante sin solicitar el pago del mismo y sin haberse tenido que entablar pelea alguna o situación de tensión.
Algunos miraban al ‘lao wai’ pero nadie advertía su presencia con aspavientos, gritos o parecidos. El sol –que aquí sí hay cielo- entraba por las ventanas que no ofrecían mal aspecto. El baño, de agujero en el suelo, si parecía ser la diana perfecta de la comunidad de Longyan que no parece le tiemble el pulso en demasía a la hora de soltar lastres.
Ahora me dirijo a mi tercer desayuno, advirtiendo al lector que empiezo, tras algo más de cuatro años de residencia en China, a encontrar la clave del asunto. Los culpables. Los que hacen de esta país con historia universal una chacra argentina tras una tormenta patagónica con reminiscencias aftosas. Por este convite arrojé en el plato que me señalaba el precio algo más de un euro. La vida, a veces, no es tan difícil.
Por carretera a Longyan
Aterrizar en Xiamen y pasarla de largo sin mirar atrás es un pequeño atentado contra el placer. En China, país donde no proliferan las ciudades con cierto encanto, uno debería hacer parada y fonda en aquellos lugares que se salen de la media para bien. Pero yo, que debo seguir un guión laboral establecido, tomé la carretera que desde la isla de Xiamen conecta, en más o menos dos horas, con Longyan, una ciudad que tiene la peculiaridad de estar formada por chinos de la etnia ‘hakka’ en un 75%. Al parecer éstos son bastante diferentes a los ‘han’, que son la gran mayoría del país. Lo comprobaré en estos días.
La carretera, amplia y algo sinuosa, se va elevando con cierto desnivel entre fastuosas montañas atiborradas de verde, con una clara victoria de los bambús sobre el resto de arboles. Escaso tráfico aunque complejísimo ya que la gran mayoría son camiones que transportan todo tipo de cargas pesadas. Como en China ha llegado antes el dinero que la formación es muy usual, como en mi caso, que la persona que me llevaba en un coche de lujo no supiera conducirlo, arremetiendo con tirones y frenazos cada vez que adelantábamos a los vehículos pesados o venían complejas curvas. Muchos túneles y no demasiadas poblaciones.
Longyan, sin ser una maravilla, atesora importantes diferencias con el resto de ciudades que he conocido: para empezar, huertos entre inmensos edificios, mantenidos con limpieza y verdor donde afloran verduras y frutas; además, aún no se ha levantado ese mal llamado ‘centro de negocios’, donde se suelen elevar edificios de setenta plantas con neones de marcas que se anuncian en televisión. No he visto un solo taxi ya que por aquí se mueven en motos de gran cilindrada, que apostadas en las esquinas ofrecen sus tarifas a los viandantes, o en minúsculos moto-carros que para hacer trayectos cortos –si no sufres claustrofobia- vienen como anillo al dedo.
No hay hoteles internacionales, ni aeropuerto, ni parada de tren de alta velocidad, por lo que, parece ser, no hay extranjeros por estas montañas, tan lejanas de las grandes urbes como de sus supermercados con productos importados. Me alojo en la planta veinticinco de un seudohotel que no es más que un edificio lamentable de apartamentos reconvertido en lo que más bien sería un hostal con muchas plantas. La vista, fabulosa, me muestra el tráfico ferroviario que no decrece un solo instante en el transporte de personas, con esos obsoletos trenes, y sobre todo, en el de mercancías, con un trajín inesperado de cargas de todo tipo. China no está crisis. Ni siquiera en Longyan, donde los cielos, al fin, te muestran nubes.
Vuelo a Xiamen
La normalidad se apodera del tráfico aéreo chino. Para empezar, triste espera de cuarenta y cinco minutos en una terminal atestada. Desconozco las dificultades que tienen para cuadrar sus vuelos pero es incomprensible que antes del medio día, sin problemas meteorológicos, ya comiencen las deudas con el pasajero. Un amigo me explicaba que la semana pasada, cogió un vuelo de Shanghái a Guangzhou, y que éste ya cargaba con una hora de retraso cuando era el primero de la mañana. Las aglomeraciones gratuitas siguen colapsando los accesos a los aviones así como mi mente cansada. Las aeronaves, por cierto, nuevas y algo más espaciosas. Elegí salida de emergencia para poder colocar mis largas piernas y no tener que aguantar al que se tira el asiento hacia atrás hasta el límite de lo legal.
Pero el avión sufrió un nuevo retraso que habría que acumular al ya comentado. No es la primera vez que me ocurre pero esta vez se han pasado siete pueblos. Me explico: detrás de mí, en la zona que seguía siendo ‘salida de emergencia’, un señor, vestido con pantalón y camiseta verde militar, cargaba sobre su estomago con un niño de año y poco. Antes de que les llamaran la atención el niño ya tiraba de un cordón que junto a la puerta lacrada señalaba un rotundo ‘no tocar’. Primero fue la azafata la que advirtió que en salida de emergencia no pueden ir niños. El personaje de esta historia, por supuesto, faltó al respeto a la señorita llegándole a elevar la voz de forma dramática.
Mientras el resto del pasaje seguía buscando sus lugares –al menos el 40% del avión ya había reclinado sus asientos entorpeciendo el trabajo de las azafatas que rogaban los volvieran a erguir- otra azafata y un azafato intentaron convencer al ofuscado pasajero que seguía, tan cabezón como sin razón, apostado en su asiento con su hijo encima. A estos dos nuevos miembros de la tripulación les cayeron todo tipo de insultos y gritos. El mismo se estaba cavando su tumba.
Cuando ya sólo quedaba para partir que el señor que hacía de niñato depusiera su actitud apareció el comandante, que aparentaba mayor rigor y sobriedad. Como en una partida de cartas el nefasto personaje creyó que era su última trampa por lo que también se encaró con el piloto. Éste, como última salida, le enseñó un papel plastificado que hay debajo de cada asiento en donde se exponen con la claridad de un día despejado las normas a tener en cuenta en ese tipo de asientos. Él, como los niños sin merienda, miraba para otro lado. La tensión y el retraso acumulados comenzaron a exaltar al personal: primero, un tipo de siete filas más adelante que comenzó a pedir explicaciones al terrorista aéreo. A partir de aquí, disputa verbal, gritos entrelazados y venas del cuello, en ambos casos, remarcadas. El niño comenzaba a ponerse pálido. Y yo, meditaba –era el único ‘lao wai’- si soltar un crochet de izquierdas contra su bajo mentón.
Se avisó por megafonía repetidas veces, las azafatas volvieron a acudir con la idea de convencer a su señora –señora que por cierto debe no pintar nada en la pareja salvo los días de parto- hasta que apareció el comodín. En este caso, dos comodines.
No eran muy altos pero parece ser que sí debían ser lo que marcaban sus uniformes ya que aquellos dos policías con una mísera frasecita consiguieron que el señor dejara a su bebé con la señora –al final fue ella la que tuvo que cambiarse de asiento- acabando por ello el martirio chino que cada día, como los que ven imágenes, se te aparecen en cualquier momento y lugar.
El vuelo, perfecto, sin más dramas que contar salvo la ya manida manía de levantarse buena parte del pasaje cuando el avión acaba de tocar pista. Las azafatas se desgañitan pero en China sólo vence el más fuerte, que no el más cuerdo. Por supuesto, y nada más tocar tierra, el niño fue recogido por su padre en volandas feriantes para por lo menos enfrentarse nuevamente a la azafata que cogida por sus cinturones de seguridad le miraba de frente aguantando al chaparrón.
En China la gente pudiente –la que puede coger aviones- no tiene clase. Y los que vuelcan su ira lo hacen siempre con el eslabón más flojo. Sería conveniente que a la población se le obligara a realizar un cursillo de cómo coger un avión, formar una cola, tomar asiento y seguir sentados cuando el avión ha aterrizado. Nos ahorraríamos teatrillos como el de ayer.
Los premiados y los herniados
Sufro. Ayer fui testigo de las consecuencias de la globalización. Del despropósito al que nos lleva la unidad mundial. Del descalabro que generan las nuevas generaciones. Del dislate sin fin de los ‘guays’ creativos que no crean ni lo que sueñan. Incongruentes aquellos que copian sin cesar y además, se adueñan de gestos, formas, y dejes ya de por sí penosos. Desde la fiesta de fin de curso de un colegio en Torremolinos –debía tener catorce años- no recuerdo mayor desvergüenza en el arte de no hacer arte y decir que sí lo haces. Aquella vez, en aquel gimnasio convertido en teatrillo, los chicos y chicas de octavo de EGB, procedían, con un radiocasete plateado, a mover las bocas tardíamente para parecer que eran los grupos de moda de aquellos cercanos años.
En el Bund, en un edificio realmente curioso en su construcción, lleno de recovecos y con apariencia de fábrica destartalada, el 1.933, donde al parecer se esparce el arte y la cultura, se organizó en la noche de ayer la entrega de los premios ‘That’s Shanghai’, revista mensual gratuita, de perversos y previsibles contenidos donde las fotos suplantan a las letras, que alecciona a las masas a la competición, a ser los mejores, para luego darte un papel encuadrado que certifica que uno es el campeón y el resto son ñordas secas.
Estaba previsto el comienzo del show a las 8’30 de la noche pero en otro clarísimo deje occidental -¿quién ha visto alguna vez en España algún evento que comience a la hora exacta?- el retraso se acumuló por espacio de hora y media. Mientras, iban llegando los invitados, todos asquerosamente guapos, emperifollados, y sonrientes. Si hubieran abierto la llave del gas con todos dentro los de CSI habrían creído que el cielo había sido descubierto el día de su cierre. Qué trajes. Qué taconazos. Qué pestazo a miles de colonias. Y que de bosques mutilados por esa manía de repartir tarjetas de visita como el que da los buenos días. En China sin tu tarjera identificativa no eres nadie.
No hubo gordas. Ni ancianas. El mundo sigue proyectando un racismo clasista cada vez más evidente. Sólo princesitas, musculosos, empresarios de postín, pinchadiscos, modelos… profesiones y géneros que en este tipo de eventos quedan como pez en el agua.
El presentador, un rubiales que aparte de gritar –además cargaba con un micrófono- hacía frasecitas tipo Ramón García, que además de no ser graciosas me creaban una importante sensación de vergüenza ajena. Sin embargo, y a pesar de este dato, el público reía como la gente del cine que acude a la ceremonia de los Goya –otra penosa copia de los americanos- y aunque el chiste del presentador sea malo siempre esboza esa sonrisita calculada que quiere aparentar sabiduría, conocimiento, distanciamiento de la plebe… a fin de cuentas los que van al cine. Como no podía ser de otro modo su acompañante, china, iba vestida como esas señoritas que muestran sus carnes tras cristaleras en pleno Barrio Rojo de Ámsterdam. Que aquí eso de la igualdad y la decencia aún no han asomado ni la punta del hocico.
Antes de la entrega de premios –que parece ser se votaban por internet- tres violinistas en vergonzante play-back, se dedicaron a intentar amenizar la noche vestidas nuevamente como meretrices. Un dj intentaba subsanar el desorden cultural pinchando, incluso, a The Doors. Se podía beber cerveza templada –por lo menos era belga-, vino chileno y refrescos varios. De comer, nada de nada.
Y cuando la afluencia era ya la esperada –diez de la noche- comenzó el reparto de premiados: Mejor bar, mejor restaurante, mejor coctel, mejor brunch, mejor menú, mejor cocina española, italiana, de Hunan, francesa, de Sichuan, de Yunnan, mejor discoteca, mejor bar de vinos… todo, por supuesto, siguiendo ese formato americano que no sé si a ellos les gusta pero a mí me da asco. Se sube al estrado, el premiado pone cara de imbécil, dice unas palabras nunca interesantes, y se va a seguir bebiendo con un papel encuadrado en un marco donde pone, más o menos, lo siguiente: “Gracias a este premio espero invierta usted en el año venidero, una importante cantidad de publicidad en nuestro medio para que dentro de doce meses podamos volver a vernos las caras”.
Antes de irme agradecí por primera vez el haber acudido a ese acto social cuando tres señoritas, en un espacio de tiempo de cinco minutos, se cayeron de hocico tras no haber podido sortear los tres escalones que les debían llevar hacia otra sala. El vino blanco, decente, lo servían del tiempo en vasos de tubo. Los baños, a eso de las 11’00, ya creaban colas de extranjeros propensos a la introducción nasal de sustancias prohibidas. Todo en su sitio.
Confesiones (15M/JMJ)
Aclaro que me declaro agnóstico: lo que trasciende a la experiencia me es incomprensible. Pero no por ello asumo que el catolicismo promueve buenos principios. Que se cumplan o se olviden en un limbo lejanísimo no le resta valor al asunto. El prójimo, ese ser al que demostramos amor -pensando también en recibir el suyo- es uno de los grandes inventos del cristianismo. El pecado, sin duda, uno de los peores. Estuve dos años en un colegio de curas y no recuerdo nada que me atormentara. De hecho me sorprende la casualidad –o no- que está tomando la docencia en España, con más suspensos que aprobados, y más niñatos que alumnos. La deformación cultural, culpa de padres, profesores y políticos, no es más que el pan nuestro de cada día. Desde que nos hemos separados de valores cristianos la deriva no tiene fin. En vez de sustituirlo por algo sabio la hemos defenestrado sin nada a lo que acogernos.
Sólo creo en lo que veo. Y por ello no creo en Dios. Aunque, eso sí, respeto profundamente a los que sí creen en ello. Mientras no me molesten o calumnien yo seré feliz viéndoles a ellos serlo y a la vez seré dichoso conmigo mismo. Pero es bastante llamativo que se estén sucediendo, a la vez en el tiempo, dos casos flagrantes del hundimiento general que sufrimos: por un lado, el movimiento 15M, nacido para recuperar los valores democráticos y no sé qué más, que en bastantes ocasiones ha terminado en contenedores quemados, tiendas arrasadas, lunas hechas añicos, coches volteados y policías heridos. El mobiliario urbano arrasado y las fuerzas de seguridad conteniéndose para que no les acusen de asesinos. Al principio eran más y ahora no pasan de los cinco mil.
Por el bando contrario la JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), que quieren reunir a más de un millón de fieles por las calles de Madrid en estos días de visita papal. Y mira tú por dónde, éstos que son infinitamente más, no destrozan siquiera una papelera, no orinan salvo en el urinario, y a lo mejor, alguno habrá que tiré al suelo, a hurtadillas, el papel del bocadillo. Contra estos, que podrán estar equivocados o no, se ha levantado una Marcha Laica –auspiciada por los ‘indignados’- que quiere, en el fondo, quemar a lo bonzo a una docena de ellos. Si les dejaran, apedrearían al Papa.
Lleva España tirando el dinero a lo tonto y a lo bobo desde que empezó esta juerga sin fin llamada ‘democracia’. Y resulta que ahora, cuando viene el Papa, supuesto entorchado del fascismo, la derecha y el pasado más sanguinolento, las juventudes se levantan contra cualquier gasto, por mísero que fuera, que estuviera haciendo el Estado. Que el primer gasto que deberían ya denegar en su pago debería ser el que mantiene a las juventudes españolas sin trabajar y cobrando de un invento muy maligno llamado ‘paro’. Que por eso no hay nadie, en su sano orgullo, que sea capaz de denegar semejante limosna, jamón del mono de una tribu perdida en el tiempo.
Miremos a nuestros padres. Y el que no tenga, a los mayores de 50 años. En ellos veremos unos valores, una educación y un sentido de la responsabilidad que la mayoría de la juventud actual, no sólo no dispone, sino que ignora. Y hagamos cuentas de lo que teníamos y lo que tenemos. Damos asco. ¿Había ‘perros-flautas’ en los años 50? No. Ni nadie cobraba el dichoso paro por tocarse los testículos. O las vulvas. Había otras cosas malas, por supuesto. Y algunas pésimas. Pero estoy sólo discerniendo entre las juventudes de la mitad del pasado siglo y las actuales.
España se toma la libertad como si de un botellón se tratara. Y por ello anda borracha de ira, sucia de ignorancia y malévola sin razón. Que cada uno profese la religión que le parezca. Pero dejen en paz a los que no son como los demás. Aquí nadie tiene la razón porque nadie saber hacer la O con un canuto. Por muchos que se fumen, por cierto.





























