Gasolineros

 

Curiosa oferta donde se ofrece gasolina en garrafas nacidas de obsoletos tubos de escape.

Curiosa oferta donde se ofrece gasolina en garrafas nacidas de obsoletos tubos de escape.

 

Antes de mi viaje a Birmania leí algo sobre los niños que adelantan su muerte extrayendo gasolina de los autos para luego escupirla en una garrafa. Lo realizan a pulmón abierto, como el que monta en bicicleta. Este método de recogida, insultante y peligrosísimo, hace, al parecer, que algunos menores subsistan en el día tras día a cambio, claro está, de una muerte prematura. Desgraciadamente en el planeta están los alientos a ajo, a podrido, a tabaco, a Colgate… aumentemos esta tabla con el de aliento a gasolina. Tremebundo.

Yo estos casos no los vi pero lo que sí aprecié fue que en el decorado de Rangún –y de cualquier ciudad birmana- es imposible darse de bruces con una gasolinera, aunque el parque automovilístico sea amplio. Los coches que decoran las calles fueron construidos, en su mayoría, en las décadas pasadas de los cuarenta y cincuenta, casi todos en Japón. Los amantes del automóvil podrían sentirse ociosos en un país como Birmania, auténtico museo del coche a la vez de virtuoso lugar para la confección manual y el mercadeo de piezas desaparecidas desde hace muchísimos años. Sin duda el sueño del mecánico nipón será venir a Birmania a demostrarse a sí mismo que no todo es avance y última tecnología. Que el ingenio sigue siendo, sin duda, el orgullo de los hombres. Eran las manos, casi como en el boxeo.

Buena parte de los vehículos se mueven con gas pero no todos, lo que hace que el sufrimiento por encontrar gasolina –tremendamente cara y controlada por la Junta Militar- sea cotidiano, casi equiparable al de conseguir ingresos suficientes para no pasar hambre. Otros van en bici. Algunos andando. Centenares de furgonetas hacen las veces de microbuses con treinta tipos apretados en su parte trasera y muchos de ellos cual banderas al viento, agarrados a los costados de un auto, que a tirones, se dirige a su destino, generalmente repetitivo.

La revuelta del azafrán, hace dos años, trajo consigo una importante subida del precio de la gasolina. Suele pasar que los países empobrecidos que disponen de bolsas de petróleo por castigo saquen todos sus bienes al primer mundo mientras ellos siguen pedaleando o dándole al paseo diario a pata. Tras todo esto el menudeo es constante pudiendo encontrar uno gasolina en cualquier casa o tienda. Como el que guarda dólares por si su divisa se hunde en Birmania se hace acopio –los que pueden- de gasóleo, que a veces les vienen bien para su consumo y otras veces para salir a la calle y venderla en pequeñas raciones.

Por ello sobre su desaparecido asfalto los birmanos montan cualquier tenderete, por pequeño que sea, en donde se vende a precios irritantes gasolina. Encontré uno, curiosísimo, que había transformados tubos de escape obsoletos en creativas garrafas para expender el verdadero oro líquido, por lo menos por estos lares. Otros directamente lo meten en botellas vacías de agua y lo colocan en el empobrecido lineal junto a los zumos acuosos y el arroz. Si algún día alguien hace fuego podría lanzar por los aires al barrio entero. Cosas de la pobreza.

La escasez del producto hace que sea usual encontrarse a autobuses tirados en las calles con sus conductores esperando a que alguien se digne a introducirles medio litro con el que llegar a su destino. Un destino del que es responsable esta junta Militar que raciona hasta la gasolina con la mala idea de tener controlados en cada movimiento a una población a la que casi han retirado el orgullo de ser personas. Mientras tanto te siguen sonriendo, que las sonrisas aún no se las han podido hurtar.

El Hotel Liberty

Hoy me he despertado –eran las cinco y media de la mañana- con el convencimiento de que alguien intentaba entrar por la ventana de mi habitación. Era una sexta plata y en Birmania la delincuencia no existe… salvo la de su gobierno. Por ello empecé a dudar de que algún ministro hubiera querido rendir cuentas con Occidente eligiéndome a mí como víctima. Encendí el interruptor yéndose la luz al instante y cargado de valor –no sería tanto porque ya había soltado un par de gritos- me dirigí a verificar quién o qué golpeaba mi ventana. Finalmente no era más que el desagüe del aire acondicionado, obsoleto, que pegaba con fuerza contra el cristal a causa de la caída de la mayor tromba de agua que recuerda mi aún sana cabeza. Era tal el estruendo que decidí bajar en paños menores a la recepción del hotel, descendiendo a hurtadillas por las negras escaleras, sin ascensor y sin iluminación, hasta que di con los empleados –cuatro- que dormían a pierna suelta en los sofás o en el suelo. Observé la cascada de agua que atoraba macetas y amenazaba con entrar al hotel. Aunque el único que se inmutó fui yo. Cosas del no saber.

El hotel Liberty tiene más sabor que catorce Ritz-Carlton juntos. De la época colonial se alzan seis plantas de señorío y abandono en donde los detalles arquitectónicos aún te hacen pararte a mirarlo como si de un monumento se tratara. Espacios medianamente amplios y vacíos de modernidad que me hicieron retrotraerme a mi infancia en Pedregalejo, en concreto a la casa de mis abuelos, donde sillas, butacas, floreros y cuadros me hacían creer que estaba anclado en un pasado bastante lejano. Aquí, en el comedor donde desayuné un irritante desayuno occidental, uno puede deleitarse con la frialdad de sus vetustas mesas –amplias y afortunadamente no del Ikea-, los cojines de sus sillas –que parecieran sacados de lo que les acabo de contar: de la casa de mis abuelos-, unas lámparas caóticas –de bolas de cristal que hace tiempo dejaron de brillar- y de cortinas que algún día tuvieron que ser señoriales.

Un mueble en una de sus esquinas acumula figuritas y sobre cada mesa un mantelito, probablemente tejido a mano, sirve de base para un florero feo que da cobijo a unas rosas de plástico que del tiempo que deben llevar hasta parecen haberse marchitado. Un árbol con neones incrustado junto a una tele de las que ni conocieron el mando a distancia nos termina de confirmar que el comedor del Hotel Liberty es de obligada visita si uno desea pasar algunos días en Rangún, la derruida capital de lo que fue Birmania, hoy rebautizada con el nombre de Myanmar.

Mi habitación –a la que volví tras cerciorarme de que era sólo una gran tormenta lo que apedreaba mi ventana- es también de digna mención. Dos cama iguales de colchón blando y mesita de noche dividiéndolas, muebles de no sé qué época, un mini-bar –vacío- de marca tan extraña y apariencia tan obsoleta que ni enfriaba, y un baño de diversos metros cuadrados –con bañera, por supuesto- donde hasta que avisé a recepción las cucarachas –talla XL- campaban a sus anchas. Suelo alfombrado, sofá descuajaringado y mueble zapatero –en la actualidad en claro desuso- que da otra muestra de lo digno que es el hotel Liberty.

Fuera, la verja cerrada a cal y canto hasta que llegua la mañana, y un jardín descuidado pero grandioso que da otra señal de lo que algún día debió haber sido esto. Tres edificios dignísimos que están siendo separados para dejar en el más lejano a la Avenida Pyai el hotel y en los dos más cercanos a la humanidad construir un karaoke –se sospecha que con chicas de compañía- y un casa de masajes. El dueño del hotel es chino -ya me olía yo- y éste nuevo proyecto podría clasificarse entre los muchos con los que los Han –raza mayoritaria china- adinerados escupen contra el pasado, las tradiciones, las formas y el sentido común. Seguramente dentro de no mucho tiempo el Liberty Hotel –menudo nombrecito que han elegido en un país donde la libertad es nula- será una casa de citas donde te podrás subir a la habitación con cortinas del Ikea a la churri que te hayas elegido previo acuerdo económico. La verja estará abierta las veinticuatro horas del día y los empleados –risueños con exageración- cargaran con un gesto antipático, doloroso.

Pero aún uno puede disfrutar de este hotel que pareciera sacado de una novela donde por quince dólares regateados uno puede llegar a disfrutar. La lavandera me lava la ropa a mano, la niña –doce años, no más- que hace las habitaciones ríe sin cesar con unos dientes más blancos que el bicarbonato y el guarda, que también sonríe, te muestra una boca con sólo tres piezas dentales. Autenticidad.

Me voy a dar una vuelta, a ver si la tormenta que me levantó de la cama ha hecho estragos. Levanto la vista y sólo veo el mamotreco de veinticinco plantas que debe llevar no pocos años abandonado antes de haber sido terminado. Da una apariencia de fin del mundo, de Chernobyl. Por lo demás, todo sigue en su sitio. La lluvia difícilmente puede destrozar algo que ya lleva tiempo bastante jodido. Sólo el empresario chino podrá más que las tormentas y las riadas cuando acabe con la magia del Hotel Liberty. Cuando llegue ese día espero andar lejos de aquí.

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El embargo ’sin embargo’

La ONU se quiso poner “dura” en su día –sería Birmania la afectada, no lo olviden- con la creación de un embargo comercial a sus intereses a causa de las malas artes de su dictadura militar. Releyéndome a mí mismo en la frase anterior me quedo pasmado de que a China en un pasado no tan lejano -¿y ahora mismo?- no sufriera presión alguna por parte de una ONU de opereta. Las causas por las que Birmania está recluida, encerrada y obligada a pasar penurias es por las actitudes anti democráticas de un gobierno que encarcela al que opina en contra de la Junta Militar o al que intenta hacerle oposición; además, la explotación laboral infantil es otra de las claves para que estén sufriendo este apagón general. Repito, si China hasta hace poco ponía a trabajar a niños –estoy seguro que aún podríamos encontrar hoy día a unos pocos de miles en los terrenos del gigante asiático- y aún encierra en cárceles o les mete un tiro en la sien a quién intenta hacerles oposición o manifestación, ¿por qué la ONU no hizo/hace nada contra ellos?

El embargo, sin embargo, fue no acatado por Total, la petrolera francesa que conminada con su gobierno -que calló para pasar por alto- explotó una planta petrolífera en asociación con la Junta Militar de Myanmar. Como es normal hoy Total sigue surtiendo de gasolina a los coches franceses –los de la “libertad, igualdad y fraternidad”- cuyos conductores, aunque lean ‘Le Monde Diplomatique’, reciben con agrado los hectolitros de petróleo en su día recolectado por manos menores o por gentes que cobraban al mes diez dólares. Menos de lo que Jean Françoise, por ejemplo, echaría una tarde cualquiera en el tanque de su Citroën. Qué viva el nacionalismo extremo.

Hoy día es China –no podían ser otros- los que corrompen el planeta sin ánimo de arrepentirse en una invasión, aún tranquila, del territorio militarizado de Myanmar. Aparte de las veintisiete etnias que forman el maravilloso país birmano son los chinos los que más se dejan ver. Pero claro, ninguno picando piedras con un grillete atado a un ensangrentado tobillo sino despachando como dos colegas cualquieras con el gobierno del enloquecido Than Shwe, el general-presidente-supersticioso que se asocia, mira tú por dónde, con los empresarios de Hu Jintao. Resulta curioso ver como los chinos, incapaces de llevar levemente la contraria a su gobierno en territorio patrio, sean en el extranjero los primeros que se saltan las normas más racionales.

Aunque es prácticamente imposible encontrar turistas –sólo se dejan ver en pequeños grupos por los hostales, pagodas o mercados- sí que puedes ver negocios de chinos –restaurantes, hoteles, fábricas… – a lo largo y ancho de un país que si tenían poco con la dictadura militar ahora le llegan éstos otros, que no vienen precisamente con actitudes parecidas a la de las hermanas carmelitas.

Sólo hay que hablar con los taxistas, tenderos o trabajadores para que al preguntarles por sus vecinos chinos pongan por primera vez cara de pocos amigos. Según cuentan los sufridores suelen ser tratados por los mandarines de mala manera, continuando las formas militares a la hora de dirigirse a ellos. Generalmente disponen de equipos de sirvientes, chofer y demás que suelen cobrar unos veinte dólares al mes.

Coca-Cola, los de la fórmula secreta, también enlatan (y presumiblemente explotan) en suelo birmano. A ellos lo del embargo les debe sonar a chufla. Como a algún otro empresario tailandés, el otro país junto con China que comercia con Birmania como el que baja a comprar el pan.

Los chinos desde otras naciones, me refiero a Singapur o Malasia, también cuelan sus productos vía Mama, vía China. Productos como la cerveza Tiger, que puedes encontrar tirada de barril a unos precios irrisorios, en algunos bares cochambrosos de la abandonada a su suerte Rangún. ¿Qué edad tendría el que fermentaba la cebada?

La ONU y las naciones por sí mismas siguen pasando por alto todos los tejemanejes que se producen en terreno prohibido por miembros, vecinos, que a sabiendas del pecado siguen comportándose mal. La iglesia apesta a hereje. Todo el mundo sabe quién es el traidor. ¿Por qué tanta piedad y perdón?

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Kashgar, la penúltima patada al raciocinio

La mezquita de Id Kah, en Kashgar.

La mezquita de Id Kah, en Kashgar.

Hasta que China se dio cuenta de los bienes terrenales, extraíbles y turísticos de Kashgar –tardaron siglos en hacerlo- la zona fue más que nada un hervidero de razas en donde la Han –la mayoritaria en China- solía dar por terminadas las quejas y requerimientos a base de palos, detenciones y desapariciones. Las décadas pasaban y la que fue una de las ciudades más importantes de la ruta de la seda se encontraba obstruida, decadente y humillada. Otrora cruce de caminos, crisol de culturas, de comerciantes y mercaderes, y en la actualidad un páramo muerto, seco, en donde sus gentes esperaban a que cayera la noche para aunque sea poder soñar.

Pero desde que China ha crecido ha podido aprender –aunque sea con ingenieros extranjeros- a detectar dónde había bienes enterrados. Y por ello, y al pestazo del petróleo y el gas, hoy Kashgar y la provincia a la que pertenece, Xinjiang, parece que salen adelante en un crecimiento tan racista que parece mentira que todas esas ONG que reciben subvenciones millonarias no se hayan quemado a lo bonzo frente a la sede del gobierno central chino en Kashgar, una ciudad que están exterminado, como a su pasado y cultura; además de estar abriendo un importante socavón entre los chinos mandarines y los uigures, los autóctonos de estas tierras, hoy desprovistos de posibilidad alguna de poder pasear por sus calles con las cabezas bien altas.

Ayer la prensa oficial del Partido informaba a bombo y platillo de lo buenos, sociales, solidarios y ecuánimes que son, avisando de que una partida de casi billón y medio de dólares llegarían entre ya y los próximos cinco años, para sacar del atolladero a una ciudad –Kashgar- que si se encuentra en depresión constante no es más que por el dominio chino que desde que se produce ha reducido las expectativas económicas y libertarias de una región antaño rica y productiva.

Wulumuqi, la capital de la provincia hecha a la medida de Pekín, es una ciudad horrible, impersonal, en donde uno cree estar paseando por cualquier lugar del país menos por Xinjiang. Edificios escasamente originales, avenidas abarrotadas de coches, centros comerciales al gusto occidental, casas de masajes para saciar ansiedades Han y karaokes para seguir dando rienda suelta al descalabro chino que no casó cultura milenaria china con cultura milenaria musulmana a la hora de levantar una ciudad penosa en donde los oriundos han quedado reducidos a la nada. Resultado: hoy Wulumuqi, en brutal comparación a la tétrica ‘marcha verde’, es otro movimiento de ajedrez hacia adelante en esta partida que juega China sin piedad.

Kashgar, ciudad única en el mundo entero por su extrema belleza, se acerca al abismo a pasos agigantados porque nadie pensará en su sano juicio que el gobierno de Hu Jintao va a gastar un solo dólar del billón –con b- y pico que se trae para no demoler la ciudad –de hecho ya hace tiempo que con la excusa de peligros sísmicos están tirando abajo edificios milenarios como si de aseos públicos insalubres pekineses se trataran- o para ayudar a los pobres uigures, apartados del crecimiento económico de la provincia de una manera humillante.

Las empresas que se asientan en la zona –todas de diferentes partes del país- exigen saber mandarín a sus empleados, circunstancia que hace –aparte de la selección a dedo de cualquier Han antes que un solo uigur- que el reparto de bienestar social y económico siempre caiga en las mismas manos. Las escuelas bilingües o no existen o no son reales –se anuncian como tales pero luego la lengua local casi ni se estudia- por lo que se crean guetos de fracasados escolares –siempre uigures- que además generan una aversión absoluta hacia todo lo chino. La llama del odio.

En Shihezi, una ciudad con el 90% de habitantes Han el producto interior bruto por habitante es de 16.000 yuanes; en Kashgar, que no es la peor parada, con más del 90% de uigures el P.I.B. no llega a los cuatro mil yuanes. Las minorías en China, con los uigures dominando esta triste clasificación, se han quedado encerradas en el mal llamado ‘crecimiento chino’ que no es más que el ‘crecimiento han’. Debe saberse que los uigures no tienen derecho a disponer de pasaporte, de hecho el derecho a pasaporte de un chino lo decide el gobierno central, dejando posibilidad alguna a las minorías a salir del país ante el peligro que podrían crear sus opiniones o reuniones en naciones con altavoces para ellos.

Sigo leyendo el diario propagandístico del estado chino en donde tipos teledirigidos anuncian que hospitales, viviendas, trenes y carreteras serán construidos en la zona. Lástima que no se aclare que todo ese bien recaerá sólo en los chinos Han, por lo que lo que realmente se creará es más odio y más diferencias étnicas y sociales. Para adornar la información añaden que treinta enfermos de cataratas de Kashgar han sido invitados a gastos pagados a Shanghái para ser tratados de sus problemas. Sospecho que habrán sido elegidos a dedo, para que la foto no salga movida. Son muchos los encarcelados uigures sin juicio, abogado, condiciones sanitarias, alimentarias y de visitas dignas que velan sus penas sin poder siquiera levantar la voz. En China, no lo olviden, por decir lo que se piensa te pueden meter en la cárcel y hasta matarte. Mientras la ONU y las ONG correspondientes dándose comilonas, organizando saraos y poniendo cara de indignación en los simposios que dan para cubrir el expediente. Kashgar los esperan, los necesitan. China ya anunciado su intención de terminar con Kashgar, ahora sólo falta que alguien mueva ficha.

Requisitos para entrar en Birmania

 

Formularios para entrar en Birmania.

Formularios para entrar en Birmania.

Birmania (o Myanmar, su nuevo nombre aún no aceptado por numerosos países) vive en la ultratumba, escondido de todos y sufriendo tres tipos de presiones inaguantables, insoportables: la primera, las trabas de muchos estados miembros de la ONU –principalmente Europa y América, o sea, el poder- que les han creado un embargo comercial a causa de las presumibles atrocidades que la Junta Militar acomete contra su población; el segundo problema es la propia Junta, una banda de desalmados –no es casualidad que sean los únicos que no te sonríen por sus anegadas calles céntricas donde hasta los mutilados te ofrecen una mueca risueña despoblada de piezas dentales- que se dedican a estrangular al país retrasándolo en avances y quedándose con cualquier bien que pudieran producir, en este caso gas, petróleo y bosques de teca; la tercera gran traba es que los primeros que llamaron a la puerta de la insurrección del embargo -¿quiénes iban a ser si no?- fueron los chinos que hoy aprovechan la mano de obra mísera birmana para seguir creciendo en esta maratón de locos donde el que no factura y explota al mismo tiempo está más que perdido. Que el mejor amigo de la sanguinaria Junta Militar del general Than Shwe sea el gobierno de Hu Jintao demuestra muy a las claras las tácticas del gigante asiático que por más que enseñe una y otra vez sus cartas sigue sin ser expulsado de la partida. La ONU que hace de crupier, sólo castiga a los desgraciados, en este caso Birmania; de China, nada de nada.

Por ello, traspasar la frontera birmana aunque es más que factible es algo pesado a la hora del papeleo. Decir que desde hace meses se han abierto sabiamente más al olor del dólar que saben traemos todos los que visitamos sus tierras vírgenes; dólares que van en casi exclusiva al gobierno militar ya que a los oriundos les está prohibido acercarse a cien metros de un banco local con algún billete verde. Esto ha creado una economía sumergida, asustada, donde tres que se la juegan –o que están conminados con la mafia gubernamental- te cambian la divisa extranjera –ojo si el billete tiene un mínimo rasguño que te lo tienes que tragar- al precio que ellos deciden.

Yo me saqué el visado en una choza que les hace las veces de consulado en Bangkok. El dependiente, desagradable hasta la extenuación, me “convenció” de pagar doce dólares más –cuarenta y dos en total- por una visa exprés ya que no me aseguraba que en tres días estuviera la normal. Antes de comerme mi billete a Rangún, sacado con anterioridad, y quedarme tirado en el delirio nocturno de Bangkok decidí acceder a la coima policial y endiñarle ése extra en forma de billetazos americanos para que él y los suyos siguieran amasando y yo pudiera cumplir mi idea básica: llegar a Rangún, ex capital de Birmania y ciudad más poblada del país.

En el avión y aunque lleves el visado confirmado te hacen rellenar cuatro documentos diferentes entre sí. Sorprendente y molesto. En vez de gastar en papelería y sandeces ya podían invertir en carreteras viendo los socavones que te encuentras en cada metro cuadrado de asfalto birmano, donde lo hay, que tampoco es que haya precisamente calles asfaltadas en todo el país. Y ojo con los periodistas, escritores, fotógrafos, sindicalistas o miembros de ONG, que se dejen de vainas y en la casilla de profesión escriban sin vergüenza y sin demora “carnicero”, “pedagogo” o “payaso circense”. Periodistas –de carné o de raza-, escritores y demás gentes parecidas tienen terminantemente prohibida la entrada a un país donde no es casualidad que no exista lo que nosotros conocemos como prensa. Sólo hay que ver sus quioscos repletos de ediciones locales de prensa deportiva basada en equipos extranjeros. Rarísimo.

Conviene aclarar que los medios de la Junta Militar Birmana siguen siendo precarios -salvo en armamento- por lo que es muy posible que hasta Arturo Pérez-Reverte pudiera acudir sin problema de viaje a Myanmar. Internet casi no existe y viven encerrados en sí mismos por lo que no cabe posibilidad alguna de que te pillen, a no ser que algún jovenzuelo que lucha por un Pulitzer se presente en la zona de pasaportes del aeropuerto de Rangún con una cámara al hombro, un trípode, una grabadora y las gafas de Christopher Reeve cuando no hacía de Superman. Más inútiles se han visto por ahí.

Tras pasar el control –ni siquiera verificaron el nombre de mi hotel que por supuesto era inventado- me invadió la duda, la misma que padecí alegremente en Camboya. ¿Y ahora qué? Ni mapa, ni guía, ni reserva de hotel, ni nada que ser le parezca. Porque no hay nada más grandioso que levantarte sin saber que te va a acontecer a lo largo del día. Que bastante tenemos ya con la vida burra-laboral, donde el planeta de la mano podría hasta confeccionarse los menús diarios (desayuno, comida y cena) de aquí al 2020. No hay nada más depresivo, anti vital y retorcido que conocer tu futuro, tus ingresos, tus horarios… para luego también saberte de memoria los teléfonos de la consulta del psicólogo, del abogado y del asistente del comercial del banco.

Un americano septuagenario con las glándulas sudoríparas abiertas de par en par –John Provo- se me acercó casi tan perdido como yo. “Yo sé de uno que se llama Hotel Liberty, pero poco más te puedo decir”, me dijo tras acercarse en tono amistoso. No admito parejas de baile en mis viajes aunque esta información podía ser de mi interés. El taxista nos cobró seis dólares pagados en divisa americana. El camino fue duro: Rangún está destruido.

Dignidad aérea

 

Vuelo en compañía menor con comida y bebida mayor.

Vuelo en compañía menor con comida y bebida mayor.

Tailandia: país lastrado por sus cambios de gobierno, sus muertos, sus detenidos y su moneda descendente. Es el hogar del sexo del jubilado –y del no tan jubilado- con precios por los suelos en playas paradisiacas. Tailandia no es nada en el concierto internacional: ni vende mucho, ni compra demasiado, ni tiene deportistas de élite, ni escritores, ni nada que pudiera dignificarla entre los primeros cincuenta puestos del mundo en clasificación alguna. Si ahora mismo me encontrara con alguien que supiera algo de Tailandia irremediablemente su comentario versaría sobre sus damas o sus travestis. Así es.

China: según ellos anunciaron en todos sus medios hace unos días son ya la segunda economía del mundo. Además, son la fábrica del planeta entero, explotan África a su antojo, son imperialistas como antaño los americanos, son el país más habitado del planeta y hoy día la fuerza de la nación es tan alta que el resto de países saben que debe contar con ellos para cualquier cosa que sea importante. Su economía crece a dos dígitos por semestre y su moneda llegará un día en que dejará de estar atada a su pletórico gobierno por lo que pasará a valer más. China es, sin duda, una máquina de generar dinero e influencias.

Vuelo Bangkok-Rangún: realizado en un avión de escasas dimensiones gestionado por Bangkok Airways, una aerolínea doméstica tailandesa que además enlaza su capital Bangkok con Rangún, la capital de Myanmar, que sólo recibe viajes de no más de media docena de ciudades. El vuelo, digno; la comida, un homenaje a lo que queda de dignidad humana. Arroces seleccionados, pescado sin espinas, ensaladas frescas, postres que respetan la cocina local, cerveza de alta calidad consumible las veces que uno deseara, vino importado, cubiertos de acero… y todo esto en un vuelo de poco más de una hora que me salió al precio de ciento cincuenta euros ida y vuelta.

Vuelo Shanghái-Bangkok: realizado en un novedoso Airbus bajo la tutela de China Eastern, una de las tres grandes compañías chinas que vuela a Europa o los Estados Unidos, entre otros lugares. Este vuelo enlazaba la megalópolis china (Shanghái) donde además se organiza una exposición universal con Bangkok, la capital de Tailandia además del aeropuerto con más movimiento del sudeste asiático. El viaje en sí, normal; la comida, una bazofia. Una caja de cartón repleta de variados trozos de tarta, pasteles, snacks y bollos sin nada de fruta o comida caliente. El viaje, tortuoso para mi estómago, duró cuatro horas y media. Las bebidas, irritantes: gaseosas azucaradas con colorantes, aguas purificadas (no minerales), zumo de tomate ‘made in China’ –o sea, no llevaría tomate- y té o café. El ida y vuelta por 270 euros.

La dignidad humana sigue sin calar en China. Todos y cada uno de sus habitantes siguen creyendo que tratar a patadas a un cliente es la solución. Que en China uno paga y al segundo y pico ya vuelve a ser un don nadie para quien le atendía previamente. Sin ningún género de dudas puedo asegurar que no se come peor en el mundo entero que en cualquiera de las cutres compañías chinas que sobrevuelan su contaminado cielo aéreo. Lo peor de todo esto es que está terminantemente prohibido subir bebidas o comida alguna al avión, por lo que estás obligado a pasar hambre o a comer mierda. Que digo yo que el jefe de alimentos y bebidas de China Eastern debería estar una semana desayunando, almorzando y cenando la morralla que da a sus clientes para que se alimenten.

La dignidad humana en China sigue siendo ciencia ficción. Hasta en Tailandia se dignifica aún al ser humano. Lo que hay que ver.

Declaración de intenciones (Bangkok)

Llegar a Bangkok es llegar a la selva. Tremendo simplismo en mí verborrea se debe a la inoperancia constante que he mantenido para haber llegado tan tarde a esta ciudad que ya quisiéramos en Europa, continente devastado por lo ‘políticamente correcto’ y engañado por la apariencia de los buenos modales aunque bandas de matones a los que nacionalizamos acaben con nuestras madres. Bangkok mantiene viva la llama selvática del humano. Porque no lo olvidemos: no es que vengamos del mono, es que somos aún animales. Y violentos. Que en España se han empeñado en acabar con todo mamífero de apariencia peligrosa (toros, tigetrón y mi querida pantera rosa) sin atar cabos para sumir que somos nosotros los que deberíamos estar o encerrados o a la intemperie. Que en el segundo caso los propios tigres tailandeses podrían dar buena cuenta de nosotros.

Aeropuerto grandilocuente, carreteras amplias, pero tráfico insoportable. En Bangkok puedes tardar en un mismo trayecto diez minutos o una hora y tres cuartos. Depende de la hora en la que te encamines a su prodigioso casco urbano en donde barrios enteros dan rienda suelta a nuestros peores placeres. Que para provenir del catolicismo que quemaba a herejes parece mentira la de carne viciosa que necesitamos a nuestro lado. Calles anegadas de jovenzuelas en paños menores y avenidas rebosantes de travestis deseosos de corresponder a esas miradas que sueltan (soltamos) aquellos que aún (animales somos) creemos que los hombres (o ex hombres) no pueden llegar a ser más que bellos.

El doble rasero occidental sancionaría una sola acción en nuestro suelo de las miles que se producen en las calles de Bangkok, unas calles donde aún sufriendo atascos kilométricos nadie se lía a mamporros con el claxon. Aunque somos nosotros –los que nos la cogemos con papel de fumar- los que afianzamos este precioso proyecto de la rienda suelta y el libre albedrío. Que con nuestros talegos financiamos que la prostitución, por estos lares, sea considerada arte. Que aquí no existe proxeneta ni golpeada; que aquí, como en los carnavales de Río, saca pecho hasta la que vende camisetas de gloriosas leyendas en unas aceras donde no cabe ni el clásico alfiler.

Bangkok apesta a ‘lemongrass’. Y sus gentes sonríen lo suficiente como para darse uno cuenta de que algo ha debido fallar en el primer mundo para que sólo demos carcajadas –a veces pestilentemente provocadas- con los chistes televisados o las desgracias ajenas. Desorden y concierto en una ciudad que aunque fuera expulsada del orden alemán estaría siempre plena de turistas teutones. El doble rasero. La educación de chichinabo recibida donde la meretriz es maja salvo que sea tu hermana, donde las bodas gay son ‘guay’ excepto si tu hijo anda entre los protagonistas.

Comidas callejeras con sabor y picor, bebidas dignas con zumos de mango o cervezas locales nada desdeñables y casas de cambio donde te abastecen de moneda local aunque hayas olvidado el pasaporte. Eso y una sonrisa. Bangkok se merecerá un viaje completo, de los de dos semanas. Ahora sólo me ha valido para darme cuenta de que debo volver y para conseguir mi visado a Birmania, un país donde nada de esto pasa. Salvo que sonríen. Cosas de la educación.

Vuelo MU 547 (La cena de los idiotas)

Esperar más de lo previsto en una novedosa terminal de aeropuerto chino no es difícil que te ocurra si quieres coger un avión desde suelo mandarín. De hecho, y en mis más de cien vuelos por los cielos contaminados del gigante asiático, habré sufrido no menos de cincuenta retrasos. Es lo que tiene poder anular, cambiar y ralentizar vuelos sin que debas compensar al afectado, al viajero, al que paga. Que aquí no hay asociación que se atreva a toser al poder establecido, llámese en éste caso China Eastern, la compañía aérea que ayer me llevó a mi destino (Bangkok) una hora y pico más tarde, con frío, sin excusarse y dándome de comer una bazofia que dudo siquiera pudiera comer un secuestrado por banda terrorista.

Por la espera en la terminal del aeropuerto internacional de Pudong no hubo más excusas que las de siempre: problemas técnicos. Que digo yo si los mandamases de la citada compañía aérea le dicen lo mismo a sus señoras cuando la erección decae mal irán. Además, un frío terrible, siberiano, dándonos en nuestras gargantas para alegría de la industria farmacéutica que sospecho debe ser la que asesora a los papanatas gestores aeroportuarios para dejar caer el termómetro a los quince grados. Una salvajada si se tiene en cuenta que tras los cristales son cuarenta los que escupe el cielo de Shanghái. Suele pasar. Le das a un explotado un BMW y te atropella a un ciclista. Como los chinos, siglos viéndolas venir y ahora todo el que puede vacila de refrigeración creyendo que su vanidad es sana. Mientras la tecnología se moderniza la población se entorpece. Aunque usen iPhone.

Tras esperar sentado a que la marabunta se empujara entre sí –acababan de avisar por megafonía de que ya teníamos derecho a embarcar- entré a la aeronave donde un setenta por ciento de los pasajeros era local. Se avecinaba tormenta. Y no erré.

Nada más despegar, y cuando el avión aún marcaba un empinamiento indecente, un transeúnte (local, por supuesto) decidió motu proprio levantarse y lanzarse cuesta abajo para, sospecho, orinar. La azafata correspondiente, estupefacta, se le tiró al cuello siendo ésta embestida cual banderillero por el maleante. Increíblemente el presunto humano accedió al baño ante el estupor de los que aún nos sorprenden estas cosas, que por supuesto no éramos la totalidad del pasaje. De hecho una dama enclenque de torcidos andares también se atrevió a luchar contra la gravedad y el delito yendo como si nada al baño libre restante. Esta vez sí la azafata de mi lado y yo mismo –coloqué futbolísticamente mi pierna izquierda centésimas de segundo antes de su llegada- detuvimos su marcha. Casi se cae de boca.

No quisiera alargar esta crónica aérea con las sandeces de los pasajeros por lo que me voy a centrar en el escarnio alimenticio que nos arrojaron sobre la tablilla que hace de mesa a todos los que viajábamos en aquel avión. Debo aclarar que hace tiempo dejé der coger aeroplanos chinos cuando voy al extranjero –cuando voy a Japón colaboro con la JAL y cuando viajo a Hong Kong es Dragon Air la que me ofrece alegrías- pero es que la Thai (compañía tailandesa) es tan buena que hasta es inaccesible en lo económico. Lo que también juré fue no engullir seudo alimento en ninguno de sus vuelos. Pero esta vez debía arrojarme entre pecho y espalda un medicamento que adquirí hace días ante las sorprendentes toses y esputos que ha provocado en mí los cambios climáticos shanghaineses que aconsejan se eviten los de la Organización Mundial de la Salud. Que pasar de los cuarenta y cuatro a los dieciséis grados centígrados en tres milésimas de segundo no creo deba ser lo mejor para un cuerpo que ya tiene bastante con ser apedreado diariamente con quintales de contaminación, lluvias ácidas y demás sobrantes inevitables del inmundo crecimiento chino.

Las tablas de resultados económicos dan a China récords que parecieran sacados de un campeonato del mundo de atletismo. Dígitos y más dígitos en donde nunca salen a la luz cuántos mueren aplastados a diario por las vigas del más y más a cualquier precio o cuántos van en bici veinte kilómetros de ida –con sus veinte de vuelta- por sus obligaciones laborales. En esos datos se echan ya en falta el que no avisten la millonada de obesos que se nos vienen encima –y que conste que yo no amo o ignoro indiferentemente del pesaje- ante las sorprendentes dietas que están tomado prestadas y como siempre lamentablemente copiadas. No hay que ser mala persona para querer barruntar que no menos del treinta por ciento de los niños de Shanghái –y alrededores-, Cantón y Pekín menores de diez años están en el peligroso camino de la obesidad mórbida, la que dan los menús repletos de bollos mantequillosos, grasas vegetales y azúcares hasta en lo salado.

Fue la azafata de la triste mirada –había media docena más alegres- la que posó sobre mi mesita una bandeja donde sólo el mondadientes –de obligado cumplimiento por estos lares- podría haber sido comestible. Una amalgama de postres diversos, de apariencias sinuosas, unas galletas de cebolla (¿acaso ha llegado la ‘cocina creativa’ a las aerolíneas chinas?), un pan revenido e inclasificable – si de él se sacaran las hostias consagradas mal le irían a los curas y párrocos para poder introducirse a diario en la negra sotana- y unos snacks de manzana inclasificables. Ni fruta, ni comida caliente, ni arroz blanco, ni nada que pudiera salvarme la cólera de ver el desbarajuste absoluto a donde nos llevan los que dicen nos van a hacer la agenda mundial de aquí a nada. Que si por ellos fuera, en un lustro –para qué esperar más- nos calzan por obligación interplanetaria un menú rico en diabetes y pro cancerígeno. Tiempo al tiempo.

Por supuesto deseché las falsas viandas no sin antes replicar a la modesta en sonrisas azafata lo siguiente: “llévese este festín infantil que hoy no es mi cumpleaños”. Tartas, bizcochos, galletas… y todo en una bandeja de plástico de veinte centímetros. La cocina que nos viene encima.

Pasé las cuatro horas y pico hasta Bangkok viendo como casi todo el resto de humanos que volábamos hacia el mismo destino engullían, como si de caviar se tratara, el atentado, no ya a la creatividad, sino al sentido común. Otra niña aterrizó junto a mí. Tenía el tobillo caliente. ¿Qué haría una menor correteando y pisoteando a los pasajeros -incluido a mí que intentaba dar una cabezada- mientras su madre se trincaba ambas bandejas de dulces?