87 muestras más para un mundo cegato
Acaban de pillar a un empresario chino del textil que hacinaba, en condiciones infrahumanas, a 87 compatriotas suyos –había hasta menores- con la idea de sacarles todo el jugo. Como el exprimidor Philips a la naranja valenciana. Como la bicicleta estática al obeso arrepentido. Como la encargada del ‘final feliz’ en el masaje de cada esquina.
La policía española –el atisbo de infierno acontecía en Badalona-, timorata hasta rallar el ridículo, procedió a la detención de unos, a la puesta en libertad de otros, y a la nota de prensa para todos. Que los ridículos deben ser expuestos a una masa social que no entera de la misa la mitad. Que mañana hay derbi.
Pero debe quedarnos claro que, en este mundo globalizado que destapa las vergüenzas de algunos gracias a esos avances tecnológicos que se crearon sin saber sus reales metas, hay naciones que por medio de sus gobernantes –y por sus empresarios mantenedores de esa estafa-, doblegan en esta carrera capitalista al resto de países, amparados en una ilegalidad flagrante, que incluso toma cuerpo en dicharacheras estados democráticos que, o pasan por alto las estafas, o las pillan tarde y a contrapié. El clásico cáncer de esta burda democracia.
El empresario chino –repito, calcando el dictado de sus profesores del PCCh- invade el mundo con unas maneras de generar empleo –sólo compatriota y generalmente familiar- que aún sólo asusta en pequeñas dosis a los parias españoles, que creen que realmente pillan a seres de otra especie cuando indagan en la sospecha, no a seres humanos como el que escribe y como tú, que ahora me lees. Porque o si no es inexplicable. ¿Se imaginan a un empresario español hacinando en un almacén ilegal a 87 ciudadanos españoles, que durmiendo a ras de suelo, entre meada y bocado ramplón, se tiran catorce horas de media dándole a la máquina de coser por sueldos de hace décadas?
Si esto llegara a ocurrir, seguro, España saldría a la calle, dominada por unos sindicatos agresivos y una prensa permisiva, buscando a cualquier cabeza de turco con corbata y olor a perfume de petróleo. Pero lo sorprendente es que, por el único hecho de ser el defraudador no patrio, estas noticias vaguen en la red –ni siquiera uno sólo le da sitio en papel- como la basura espacial que generan los artefactos que envían al espacio las naciones aventajadas. O eso que se creen.
87 ciudadanos chinos explotados en España. En China son cientos de millones. Pero en ambos casos, las manos que podría evitar este tipo de dramas son blandas. Permisivas. Horriblemente interesadas.
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La huída (hacia adelante) de Mary
Mary, nombre ficticio aunque cercano al original sucedáneo, lleva desde su licenciatura en económicas montada a lomos de las empresas automovilísticas, que han hecho de ella una entendida en un mundo aparentemente tan masculino. “Y la verdad es que tengo el carné de conducir pero nunca conduzco”, me acertó a decir una Mary que dejó su Volvo de toda su vida laboral, para caer en los brazos de Seat, que comienza, terriblemente tarde, su desembarco en una China poco piadosa con los corderos degollados.
Tras asentarnos en una digna conversación, en la parte trasera de un inmenso coche, procedí a diseccionar a mi víctima, entendiendo que su pasado, presente y posible futuro eran tema de interés. “Yo estuve cinco años en Volvo, donde visité varias veces Suecia y Portugal”; “¿Portugal?”, le pregunté; “Sí, porque junto a su escarpada costa de suceden las carreteras más peligrosas de Europa, donde es necesario probar la calidad de los coches que fabricábamos”, me justificó una Mary que preparaba, a golpe de teléfono móvil, la Feria del Automóvil de Pekín que mañana dará comienzo.
“¿Y por qué dejaste Volvo? ¿Por dinero?”, tiré con bala; “No, qué va… bueno, podría ser… pero en un futuro que a lo mejor es lejano. Mi cambio de empresa no ha sido por motivos económicos. Dejar Volvo se debió, única y exclusivamente, al cambio de dueños de la compañía, que pasó de ser sueca a ser china”. Me quedé tan sorprendido –Mary es pekinesa de toda la vida- que contuve el aliento por un segundo –el que me valió para formar la siguiente pregunta- con la idea de sacarle la pus de la herida, si es que la había, que parecía que sí. “La verdad es que aprendí muchísimo de los suecos: orden, respeto, grandes condiciones laborales, amor por la empresa en la que trabajaba… Muchas cosas que me hicieron pensar en trabajar toda mi vida para Volvo. Pero hace justo dos años, la compañía china Geely se hizo cargo de mi ex empresa, cambiando poco a poco los estándares de trabajo originales que nunca supe saborear tanto hasta que vi como los iba perdiendo”.
Mary se refiere, entre otras cosas, al giro radical que dio Volvo cuando los suecos y los americanos fueron desapareciendo para dejar entrar a sus propios compatriotas totalmente decididos a volar por los aires cualquier atisbo de paz. “Para empezar, las horas de trabajo aumentaron; luego las broncas en público de los jefes a los empleados, algunos buenos compañeros comenzaron a marcharse, y como la gota que colmó el vaso, el ver como mis viajes a Europa, donde aprendí mucho, fueron literalmente castrados. Mira, soy china y lo seré toda mi vida. Pero he aprendido que la cultura occidental, con sus errores y sus aciertos, me hacía más feliz, laboralmente hablando, que la que hasta hace cinco meses me ofrecían los nuevos jefes, nativos todos, que de paso nunca entendieron mi marcha: me dejaron de dirigir la palabra”.
Hoy Mary prepara el lanzamiento de media docena de coches Seat en una China que desconoce absolutamente cuál es esa marca. “Viajaré a España. Concretamente a Barcelona, donde está la sede central de la empresa”, me dijo una Mary aparentemente manca por culpa del tremendo nudo que se había generado con las cien acreditaciones para estos días. “Además, quiero empezar desde cero con una compañía que presumiblemente crecerá mucho”. “Una cosa –le apunté mientras le abría la puerta del coche que nos llevaba-. Alégrate de trabajar para una empresa que ya hace tiempo que es alemana. Que España se parece más a China que a Suecia. Te lo aseguro”.
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Pekín, pensada con la cabeza
Llegué a China hace cinco años, parando en mis primeros trimestres por una Pekín que ya contaba hacia atrás, como los cohetes que nunca vuelven, los días para ser olímpica. Un diplomático patrio, que se asomó por primera vez a este antiparaíso cuando aún olía a cadáver estudiantil de Tiananmén, me contó, a su manera, el error de estos ex campesinos convertidos en economistas (la Revolución Cultural): “Pekín no puede estar peor situada: frío siberiano, tormentas de arena provenientes del Desierto del Gobi y monzones veraniegos que atoran más de una avenida”. Y si es cierto lo que dijo mi conterturlio, sí se puede entender que hace cientos de años los meteorólogos estuvieran peleados con el acierto. ¿Pero estos? Que manejan radares y ordenadores último modelo, ¿cómo han permitido aumentar semejante ciudad en habitantes y coches, que no es carreteras y líneas de metro? Campesinos, volved a los azadones.
Hoy la CNN publica una encuesta –afortunadamente esta se basa en datos y no en votos por internet- en donde en otra cuenta atrás violenta, se mientan a las cinco capitales donde el tráfico es más insolente. Y así lo narran: Johannesburgo, México DF, Manila, Nueva Delhi y… Pekín. Pekinazo.
La verdad: no me ha sorprendido en demasía. Incluso recuerdo a uno de esos bastiones rubios –europeos engrandecidos porque el campesinado con flequillos púbicos les dicen ‘te quieros’ en una alcoba llena de mentiras- que en un ataque de negligencia, me contó, antes de que visitara la ciudad, que “lo de Bangkok es mucho peor”. Por supuesto, en mis días tailandeses, recordé sus palabras como las de uno de esos estafadores que opina sólo para cambiar las encuestas.
Mientras iba en el mismo taxi que comenté en el texto anterior, recibí otra coz de Catalina, que si no fuera porque le he cambiado el nombre algún día podría ser hasta tristemente famosa: “Veo las carreteras con las mismos carriles que en Alemania y eso que aquí son diez veces más personas”; “Y las líneas de metro equivalen a las de Varsovia”, añadí yo. El atasco hecho camino, nos condujo a la feria del automóvil que en dos días se inaugura por espacio de hora y media de un recorrido cercano a lo satánico. Da gusto saborear como algunos no son capaces de poder comerse las gambas en condiciones: se las meten enteras en la boca, con pieles, cabezas y salientes cortantes. Como el vino del bueno: que se ingiere como el antídoto de algún drama vital. China no es país para humanos. Repito.
Un atasco de veinte días; otro de diecisiete; uno más de doce; uno con setenta kilómetros de longitud, y el record: uno de cien. Como de Madrid a Talavera de la Reina. O algo menos. Por eso le dan este tipo de galardones. No por una campaña del resto del mundo, de los casi el 99% no saben dónde queda China.
Lo interesante es saber que los mismos asesinos que se pasan por la piedra a más de tres mil personas por la pena capital, son los encargados de diseñar las carreteras que deberían descongestionar el tránsito. Que no me vale la excusita de mediocres de “en China son muchos y es muy difícil hacer cosas”. El lao wai hundido suele exponer esta tesis, ya que siempre cree, en sus miedos almorránicos, que una de las millones de cámaras de seguridad callejera, les estarán grabando su declaraciones, nulos de sus éxitos. Pero no es de recibo, que una ciudad que ha sido la última olímpica, donde se crece a dos dígitos, y donde los rascacielos pueblan por miles un cielo desasosegante, nadie haya sido capaz de acordarse del pueblo; del que ha levantado todos esos edificios; del que ha escarbado –casi siempre con las manos- en la tierra profanada para generar líneas de metro; del que ha montado aeropuertos por decenas como han aplanado miles de kilómetros de asfalto.
Para empezar. Y sin ir tan lejos. Tokio, la eterna enemiga, con la mayor conurbación del mundo entero, no sufre ni una centésima parte de los atascos que padecen los sufridos pekineses, que no llegan ni a la mitad de los habitantes que conforman Tokio y sus millonarias –sobre todo en habitantes –ciudades cercanas. Pero claro, Tokio ni la levantaron, ni la mejoraron, ni la mantienen, tuercebotas, corruptos de tomo y lomo, ni revolucionarios con sus mesillas de noche llenan de los mismos libros de cabecera: el Libro Rojo de Mao y cualquiera de autoayuda para llegar a la cima de la urbanización seleccionada.
Pekín ya es la capital del tráfico. Con un porcentaje sensiblemente inferior en auto por habitante que el que dispone cualquier capital europea. Y con un futuro desalentador: aún faltan millones de memos televidentes dispuestos a reventarse el futuro con un crédito para adquirir un utilitario. Para matarse en un choque frontal. Porque en China el progreso es utilizado, generalmente, en su parte negativa. Por ese afán de poner en los cargos creativos a los pelanas de turno.
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Siglo XXII
Carnicería del Jenny Lou’s, supermercado para extranjeros y chinos pudientes donde la irritabilidad te brota al instante, en el momento en que decides pedir un filete o rogar una factura por lo que acabas de abonar.
De pronto, la cajera, mutilada en sus movimientos –doce horas diarias a renglón seguido con una nómina de poco más de 200 euros-, se pone de parte del exprimidor por ese afán ultra patriótico que profesan todos los soldados: “Tiene que ser mañana”; “Entonces, ¿debo pagarle mañana?”. La cara de pánfila por mi respuesta, contagió a mi propio gesto dominado por un cerebro que me dijo, “hoy, como tantas otras veces, no hay factura”.
Pero antes toqué a rebato. Inducido por la falta de escrúpulos de un equipo de trabajo adiestrado para aniquilar a la clientela, que generalmente formada por expatriados a crédito, no luchan por unos derechos que se las sudan, a sabiendas de que ya los vivieron en tiempos pretéritos y que creen podrán disponer de ellos cuando quieran, sólo con el chasquido de sus dedos. Cosas del que era aprendiz y un día asciende a los cielos.
Los seis filetes de cerdo que solicité -“de cerdo ecológico”, rezaba el cartel-, fueron cortados sobre una tabla de trabajo sangrienta, donde antes se habían vertido litros de sangre cortando filetazos de ternera, que para amputar a la pieza de puerco nunca fue no ya esterilizada, sino simplemente limpiada. Luego, y al paso del filo de la navaja, el muchacho iba introduciendo la media docena de piezas en una flagrantemente asquerosa bolsa de plástico, práctica habitual que realiza cada tendero a lo largo y ancho de este país.
Cuando recibí lo pactado me miró con cara seria. Los demás clientes proseguían con la sangría hacia sus bolsillos. El agua mineral a casi tres euros la botella y la leche importada a cuatro el cartón. Recordemos que ambas necesidades se venden en China con venenos de todo tipo. Encerrona.
Llegué a mi hogar de prestado, inaugurando una cocina roída, desde donde me cociné un pisto decentísimo y esos seis filetes que soltaban agua -¿clembuterol? ¿Sudor porcino?- para que pudiera mojar pan a gusto.
El progreso ha caído mal en China. Los rascacielos se levantan para que los únicos que los puedan tocar sean sus, generalmente, explotados trabajadores; mientras que los avances de otras épocas y lugares –limpiar las mesas de trabajo y empaquetar correctamente los alimentos- siguen siendo aquí una quimera mucho más cercana a las del pisoteado África central. De la facturas no emitidas, sólo pillaje.
El siglo XXII llegará a China en 87 años y pico. Para ese tiempo no estarán ni el Partido Comunista ni uno sólo de los nacidos por estas tierras, incluidos los que hoy hayan sido estirados por la parturienta desde las vaginas de sus madres. Porque en el país más potente con menos esperanza de vida sólo surgen dudas. Las que hoy quería saciar Catalina, una española que visita Pekín desde ayer por un feria automovilística: “Y con toda esta contaminación y tráfico, ¿cuántos casos de cáncer hay al año?”; “No hay estadísticas, salvo si es para explicar el alza económica de un país a dos dígitos de retraso continuado”.
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Dos escándalos dos
De uno ya sabemos el porqué: veintidós desgraciados que se venían dedicando al bonito arte de introducir sustancias cancerígenas en medicinas. Que debe ser la hostia querer curarse para terminar de matarte. Realmente la historia describirá a una importante parte de la población china, en estos años de bonanza que corren, como terroristas despiadados que amparándose en décadas de sufrimiento, se están pasando por la piedra a no pocos millones de personas. Que además, son los mayores exportadores del mundo con las peores supervisiones en sus métodos de trabajo que no pasarían un simple control de calidad en la provincia que ustedes eligieran de Polonia. O de Albania, aseguro.
El cromo –la historia es de cromo- ha sido el causante del problemón; ya que han esparcido la sustancia como el aspersor reincide en el maltrecho césped, pudiendo haber provocado –si los pillaron tarde ya habrán repartido el daño a cientos de kilómetros a la redonda- una monumental crecida de los fallecidos antes de tiempo, que en China no son precisamente pocos: esperanza de vida en España –incluso tras habernos hecho dementes de la comida rápida-, 83’1 años; en China –incluso habiendo ascendido a ese sospechoso segundo puesto entre las economías mundiales-, 73’6. Como no creo en la mala suerte –ni en la mala fe de los árbitros- escribo esta sentencia: China es cancerígena. Sólo hay que mirar a sus cielos. Y a sus familias: escuetas por la ley y longevas sólo en apariencia.
Los compuestos de cromo, en dosis solamente de gramos, son letales; en niveles no mortales el cromo siempre es cancerígeno. Por tanto, tendrían que coger –hay ya veintidós detenidos- a los culpables por el cuello, y rociarles de cromo en altas dosis. Más que nada para que no repitan la misma jugada comercial. Que aquí por ganar dinero no se mira nunca la procedencia de lo que se usa. Que ahora mismo algún desgraciado, se estará dopando de supuestas medicinas que te mandan, directamente, al tumorólogo. O al enterrador. O como se llame.
El segundo escándalo –ojo a éste- demuestra que China es un país muy legal. Ya advertí tras la detención de Bo Xilai, que su hijo –único miembro del clan aún no detenido porque estudia en Harvard, ya que el resto de la familia está secuestrada por el gobierno sólo por ser familiares del señalado- sería carne de cañón. Pues bien, según informa Yolanda Monge, corresponsal en Washington de El País, el heredero de Bo, lleva dos semanas en paradero desconocido –hay que ver la de veces que he soñado con decir ‘panadero desconocido’; pero es que nunca secuestran a panaderos- mientras se comienzan a levantar todo tipo de historias, quedándonos con las únicas dos posibilidades: que ha pedido ayuda a la CIA para evitar ser degollado –hay que ver cuánto chino nacionalista, a las primeras de cambio, busca al demócrata como el miope a las gafas-; o que ya lo han degollado y la CIA ha mirado para otro lado –que los acuerdos de intereses con China solapan todo tipo de atrocidades.
Sea como fuere, Bo Guagua –que así se llama el hijo de Bo- está desaparecido en combate. Y las opciones reales de que no se haya quedado dormido en un parque público ganan enteros. Que para los chinos, por muy nacionalistas que sean y por mucho poder que atesoren, saben que si son señalado por la cúpula del Partido, sólo les queda una opción: salir corriendo.
Lo que sí celebro es que el chico haya dejado de pagar esa alta matrícula tan cara en la Universidad de Harvard. Que con el guanxi que carga, le iba a dar igual ser el empollón que el repetidor. Que en China, los hijos de, siempre tienen, como los Borbones, derecho a pernada aunque nunca hayan hecho nada. Ahí están los casos de Hu Haifeng –hijo de Hu Jintao- y de Wen Yunsong –primogénito de Wen Jiabao-, que sólo por haber sido gestados en los genitales de sus padres, ahora atesoran cargos en empresas estatales chinas a las que nunca se pueden pedir cuentas.
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Dignidad
En este desbarajuste que es Pekín, donde desde que sales a la calle debes llevar puestas las sirenas, los milagros también acuden a uno. Y ayer se citó conmigo el citado milagro para apoyarme en mi idea de ni gasear la ciudad ni volarme la tapa de los sesos. Salí del hotel, atascado de listillos, que te ofrecen transporte a siete veces su precio original, convencido –una vez más- de que llegaría hasta mi destino –sito siete kilómetros más allá- a pie. Pero mira tú por dónde, y en medio de la jungla de Wangfujing, el cielo se me abrió entre tanta morralla. Porque aquel taxi que paré, en vez de negarme la estancia o agredirme con tarifas inventadas, me invitó a tomar asiento partiendo la carrera desde los oficiales diez yuanes. Resoplé de tranquilidad, incluso en medio de un tráfico irresponsable.
Para que la paz no cesara, conversé amablemente con el taxista, que aún sin interpretar ninguna palabra en inglés, se dobló para adaptar mis escasos cincuenta vocablos en un mandarín desasosegante. Para culminar mi percepción, no me habló ni de toros ni de fútbol cuando le dije de dónde provenía. Y en un milagro no cotidiano, cesó el volumen de la radio cuando contesté a una llamada de teléfono. Le sonreí y él me devolvió la muestra de positivismo con una boca abierta que no desprendía olor a ajos fritos.
Además, le cambié la ruta a mitad de la misma, no recibiendo desaprobación alguna. Al llegar a mi destino, concordia, las vueltas correctas y la factura correspondiente. Cabe incluir un importante detalle, que resumo en esta frase: “Muy mal por los que cobran de más”. Esa sentencia salió de su boca al inicio del viaje, cuando sorprendido, veía que un taxista en pleno Wangfujing, no desbarra con negociaciones impertinentes.
No todo el monte es orégano; en este caso no toda la charca es cenagosa. Espero que el resto de manzanas podridas no irrumpan sobre esta pieza única. Que da gusto ser tratado como un ser humano. Aunque sean muy pocas las veces.
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El Rey y los españoles tras un día de caza
“Los empresarios, en vez de un yate, deberían haberle regalado un ecosistema”. Manuel Jabois ha estado inmenso. Y yo, que no quería volver a escribir de la Casa Real, me he lanzado a darle a la tecla, convencido de que lo mejor para España es que se haya roto la crisma. Que si llega a aparecer por Barajas con el trofeo -¿no sé a qué viene tanta emoción por unos colmillos?- el mismo día que Europa nos interviene –quedan horas- todos los borbones hubieran tenido que salir del país a la carrera. Bueno, todos no, que a Urdangarín le espera volver a la vida normal, en este caso a la sombra.
Aunque haya leído no pocas crónicas y columnas sobre el tema del día -hasta mi novia me ha llamado exaltada porque en la tele china decían que al Rey de España había que operarlo, obviando la cúpula del PCCh recordar el porqué de su caída-, veo que nadie acepta que nuestro Rey, aquel al que quisimos bastante más hasta hace unos meses, se comporta como un menor sin tutor. Como uno de esos jovenzuelos a los que deben reeducar en centros especializados. Que si no ya me dirán cómo es posible que se haya ido a Botsuana, por la puerta de atrás, como ese adolescente al que le castigan sin fin de semana y se larga conminado con la abuela, volviendo cadáver tras haberse equivocado en la primera dosis anfetamínica. “Si hacía mucho deporte”, diría su vecina, presumiblemente gorda, dirigiéndose al redactor de la tele local.
España, que está absolutamente hundida –económica y educacionalmente hablando- debe estar errando en sus ataques al abuelo Rey: “Se va con nuestro dinero”; “Mata a animalitos inocentes”; “Para mí que ha comprado al tirador ya que él es malísimo en la caza”. Porque nuestro Rey, bueno o no en la puntería armada, gane mucho o muchísimo dinero, y defienda o no a los animales, debe obviar a la progresía ibérica –decir ‘española’ queda feo- que después de haber crecido con peluches de todos los animales habidos y por haber, ve raro matar a un elefantito pero no meterse un solomillazo a la plancha. Si hubiéramos recibido por Reyes peluches de cucarachas y arañas peludas, hoy no sentiría miedo cada vez que me encuentro con sus versiones reales.
La monarquía se acaba, señores, por un plan real para acabar con ella tan perfectamente trazado que dudo mucho a Carrillo le hubiera salido mejor. Que si las infantas se hubieran casado con Otegi y Carod-Rovira peor no les hubiera ido. Que ahora que lo pienso: ¿cómo debe saber quitarse de en medio a una Casa Real en pleno siglo XXI? No creo que ni que debieran marcharse al exilio. Con el paro y los platós de la telemierda irían tirando.
Por cierto, cuando caiga esa familia –que caerá España y luego ellos- deberíamos saber si el Rey tuvo algo que ver con la escasez de linces ibéricos. Y si no, que nos digan a quién pago como tirador. Que yo nunca me he fiado de ese politiqueo constante aprovechándose de Doñana, donde si los animales hablaran -en tierno homenaje a ese mundo irreal donde los peluches, en teoría, los sentimos como reales- , me temo que no quedaría nadie sin ser señalado. Que entre la caza y la zoofilia…
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Anecdotario pekinés
Y eso que se había levantado el domingo muy tranquilo, con un día casi soleado, una temperatura francamente agradable y un tráfico algo menor que el que me destruye entre semana. Eso sí, los turistas –occidentales y los llegados de diferentes provincias chinas- hacían de la zona de Tiananmén una especie de manifa sin cabecera.
Pero digo que el día iba tranquilo hasta que volví a mi hotel a ducharme. Las razones de que sean vespertinos mis baños sólo hay que encontrarlas en que desde ayer no había agua caliente en mi habitación. “Estamos cambiando la bomba”, me dijo una recepcionista robotizada que no supo descifrar mi siguiente pregunta: “¿Y cuándo estará cambiada?”.
Y fue llegar a la puerta y observar algo que no me cuadraba. Reconozco que tardé en reaccionar, pasota por este domingo sin sobresaltos. Pero aquella valla de seguridad que se eleva y se baja según acceden los coches, estaba cercana a chocar con un utilitario. Y chocó. Y la señora se puso a gritar. Y los transeúntes conformaron un coro de timba callejera. Y el desgraciado encargado de subir y bajar el palitroque, se quedó con una cara de pánfilo aún mayor a la que ya de por sí poseía.
El daño al coche no fue mayúsculo. Tampoco hubo heridos. Pero la dirección del hotel al completo –en este país los domingos no es día de descanso- tuvo que salir a negociar con la señora, que aunque en un principio jodida, sabía a la perfección que, en parte, podía estar tocándole la lotería.
Gritó. Pataleó. Marcó un móvil e hizo que hablaba con alguien –clásica táctica con la que mediante llamadas ficticias uno hace como que habla con un pez gordo para amedrentar a la otra parte-. Y al final, consiguió la nada. O sea, buenas palabras, asentimientos de cabeza y perdones por doquier. En este tipo de casos –hablo de cualquier accidente de tráfico- la negociación puede alargarse hasta la mañana siguiente. Con los gerentes del hotel impávidos y con el coche bajo el acero. Es usual ver colisiones en donde hasta que no llegan a un acuerdo las dos partes, los coches y sus moradores quedan en medio de la carretera colapsando un ya de por sí colapsado tráfico.
El pelanas del mando a distancia, embutido en un traje de botones de hotel, gris como su vida, y con una gorrilla que no le agarraba la cabeza, seguía mirando a su aparato como intentando explicar que él realmente le dio hacia arriba. Puedo asegurar y aseguro que el error, que ha existido, bien podría haber sido culpa de los dos: por las extensísimas negligencias laborales y por los numerosísimos objetos que en este país se confeccionan defectuosamente. Y si me apuran, hasta metería a la señora en el saco de los sospechosos, por esas ansías de meterse en los lugares antes de que estén vacíos. El ejemplo del ascensor en China es clarividente: no hay persona que deje salir antes de entrar, formándose en cada elevador, ya sea de un hotel de lujo o un edificio de viviendas, unas montoneras que a veces dan ganas hasta de gasear.
He estado media hora observando el esperpento y me he ido de allí sin vaticinar solución alguna. La imagen, quijotesca: un coche abollado en su techo, un empleado mirando fijamente su mando a distancia, una dirección del hotel en formación militar presentando las excusas correspondientes, y tres centenares de turistas desertores de las visitas guiadas tirando fotos y charloteando. Sólo faltaría que el encargado del parking volviera a accionar el botón de bajada. Esta vez sí habría heridos.
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