¿Qué comen los gerifaltes del Partido?
Era de esperar. Que nadie con una ostensible parte de poder come lentejas todos los días. Y mucho menos si es chino. Descubrí ayer un lindo reportaje en la edición en internet del ‘Los Angeles Times’ –el cual fue enviado como comentario a esta ilustre bitácora- que certifica lo que era un secreto a voces: cómo iba a ser posible que los mandamases del Partido Comunista Chino se arriesgarán a enfermar o perecer por comer carne contaminada, marisco con metales pesados, leche con melamina o setas con cianuro. Y claro, Barbara Demick, reportera dicharachera que firma la noticia, corroboró como la administración pekinesa que se encarga de las verduras y sus impuestos habían plantado una selecta huerta –en terrenos estatales- donde sólo los oficiales del Partido pasan en sus flamantes coches a recoger esos vegetales seleccionados. Por supuesto, y al comprobar el zoquete de turno que vigila el portón que alguien tiraba fotos y hacía preguntas de más, el cartel indicativo de quién manejaba esa huerta fue arrancado de cuajo para evitar comentarios. Mientras el pueblo mastica cáncer los que saben lo que llevan esos alimentos contaminados –de hecho se dedican a controlar las calidades de lo que se vende en el país- prefieren recoger de los huertos del Partido sus cebollas, pimientos, coliflores y judías, todos orgánicos, para que crezcan sanos y fuertes, tanto ellos como sus familiares.
Muchas de las mejores compañías alimenticias del país, sorprendentemente, son desconocidas por el público de a pie, ya que ni se anuncian en prensa ni televisión. Caso este extrañísimo. Pero todo tiene una maliciosa y realísima explicación ya que estas empresas, que cuidan las calidades de sus productos hasta el extremo, sólo sirven sus exquisitos productos en residencias oficiales de miembros del Partido Comunista, a diplomáticos extranjeros, a deportistas de élite y a otros escalafones sociales fuera de las percepciones del pueblo llano.
Este desprecio por el pueblo comenzó, exactamente, cuando por la revolución del pueblo se creó la República Popular China. Mao ya se ponía ciego de huevos seleccionados y de verduras del cortijo Jushan, en el oeste de Pekín. Hoy sus herederos seleccionados a dedo siguen esquivando en todo lo que pueden la contaminación consumiendo también de esa exquisita hacienda desconocida para el resto de la población. Que viendo el nivel de desprecio al pueblo chino no sería de extrañar que Hu Jintao, Wen Jiabao y todos los que parten el bacalao se ducharán, ¡qué digo!, se bañaran, en agua mineral Evian, la marca que les pone los vellos como escarpias.
Incluso en España, donde hay proveedores que se anuncian como suministradores de la Casa Real, uno puede acceder a los mismos productos que el Rey se jala o engulle. Si tiene los cuartos. Pero en China, con la excusa de que no hay para todos, sólo llegan estas cascadas de vida a los que se quieren perpetuar en el poder. Propongo que cada enfermo de cáncer por contaminación alimenticia se plante en la Plaza de Tinanamén. Como son ya cientos de miles la estampa sería majestuosa. Y los tanques, esta vez, no saldrían.
Los pueblos se rebelan, los políticos (algunos) reaccionan
China, la segunda economía del planeta gracias a que es el 20% de la población mundial, gasta su crédito aparente antes de tocar el cielo. Que no son ya pocos los países que empiezan a plantearse el sacudirse de sus territorios las supuestas inversiones con las que parecían iban a salir adelante. En Namibia, donde aún buscan al hijo de Hu Jintao, Hu Haifeng, para juzgarlo, no guardan un gran recuerdo de su gestión a los mandos de Nuctech, empresa que fabrica escáneres de seguridad, que me temo serán los mismos que sueltan radiación sin control en todas las estaciones de los metros de Shanghái y Shenzhen; en Zambia, donde ayer expliqué que el ‘Rey Cobra’, su presidente, se ha plantado ante los mineros chinos: o se invierte en el pueblo zambiano o fuera; y en Camboya, donde recuerdo en mi última visita como numerosos trabajadores de un complejo hotelero en construcción, se manifestaban ante la embajada china en la capital camboyana exigiendo mejoras ostensibles en las lamentables condiciones laborales en las que se ejercitaban. Podríamos decir que Atila y China son sinónimos. Pero sólo por lo de “por donde pasan no crece la hierba”.
Fukushima-Shanghái-Shenzhen
Nueva vuelta de tuerca del Partido Comunista Chino contra su gente: los 586 aparatos de rayos X con los que los cuerpos de seguridad privada verifican los contenidos de las bolsas y maletas de los que toman el Metro de Shanghái son instrumentos ilegales que no garantizan el adecuado aislamiento de la radiación que emiten. Estas máquinas se introdujeron en cada estación del Metro shanghainés por esa triste paranoia ante el atentado que China también ha copiado de Occidente, especialmente de los Estados Unidos, coincidiendo con la organización de la pasada Exposición Universal. La Oficina Medioambiental de Shanghái exigió a la empresa que explota el Metro, Shanghai Shentong, que sometiera a las máquinas a los controles pertinentes. La empresa se negó aduciendo que no había tiempo ante el inminente comienzo de la Expo. Evidentemente, como ningún gerifalte del PCCh o corrupto empresario coge el Metro nadie tuvo ningún tipo de remordimientos.
En Shenzhen, donde además cogen el medio de transporte los vecinos de Hong Kong que en una gran cantidad cruzan la frontera – y esto sí es más grave ya que allí el pueblo sí puede y sabe cómo levantarse contra el poder-, otras 286 máquinas realizan sus funciones liberando una importante cantidad de radiación, ozono y ácido nítrico que son potencialmente cancerígenos. Como los vecinos democráticos sí denuncian y sí dan la cara me temo que aquí sí el gobierno de Pekín deberá tomar ya cartas en el asunto. Lo sorprendente es que nadie se haya acordado de los cuerpos de seguridad privada, pobres currantes ‘milyuanistas’, que se pasaban días enteros junto a esos emisores de cáncer. Y los ultra nacionalistas impidiendo importaciones de Japón tras el maremoto. Patético.
Como los trenes de alta velocidad –hoy de velocidad media- que se inauguraron sometiendo a sus viajeros como cobayas –se saltaron el tiempo de pruebas para hacer coincidir su botadura con el sesenta aniversario de la República Popular China instaurada por el PCCh- todos los aparatos de la red de metros de Shanghái y Shenzhen han sido un banco de ensayos para conocer hasta dónde llega el aguante de este pueblo. Sería necesario conocer cuántos niños y ancianos han contraído cáncer en estos últimos meses, centrándose las búsquedas de enfermos en la agencia de seguridad privada que amontonaba hombres y mujeres junto a cada escáner de cada boca de metro durante horas y a diario.
Pescados con metales pesados, aire ultra contaminado, aguas que salen amarillas de los grifos, verduras con cianuro, carnes felinas tintadas para parecer otras, potitos con melamina… y ahora máquinas de rayos X de emiten radiación sin control. Si yo fuera chino pensaría que nos tienen acorralados. Que si estas masacres continuas contra el ser humano las realizara Japón ni duden que esta misma madrugada comenzaba la invasión por tierra, mar y aire por parte de China. ¿Qué comerá, qué beberá y con qué agua se duchará Hu Jintao? A mí no me interesa cuánto gana o a cuántos familiares y amigos ha colocado en multinacionales patrias. Yo, si fuera chino, sólo querría saber qué come y qué sale por su grifo. Y el último dato. Demoledor: las máquinas se irán revisando durante estos días sin ser retiradas de las estaciones. Lo dicho: aquí el humano es menos ser.
El Rey Cobra amenaza a ‘La Masa’
No, no es un capitulo de dibujo animados. Ni una película de súper héroes donde siempre vence el bueno y pierde el malo. Es la historia de Michael Sata, presidente electo de lo que un día fue colonia inglesa (Rodesia del Norte), hoy nación independiente (Zambia), que ha decidido, en estos tiempos anti-taurinos, coger el toro por los cuernos. La razón: no quiere ver más a los chinos en su país. Y eso que sólo en el pasado año invirtieron 1.000 millones de dólares, unos 740 millones de euros.
Michael Sata, alías el ‘Rey Cobra’, es llamado así por su reciente enfrentamiento a las humillaciones y vejaciones con las que las empresas chinas que extraen cobre tratan a los ciudadanos zambianos. Como no podía ser de otro modo, lo que es capaz de hacerse contra el vecino, contra la que podría ser su propia familia –el pueblo chino se trata así entre ellos mismos- se realiza sin ningún tipo de contemplaciones contra países tan lejanos como desconocidos, además, repletos de cosas que parecen personas, negras, o sea, seres inferiores. Esclavos, mismamente. Así piensa el chino, esencialmente esa turbia etnia ‘han’, que ya fusila a sus anchas en este mastodonte sin principios, el que dicen va a dominar al resto del planeta de aquí a poco.
He leído a bastantes desgraciados defender la inversión china en África como si de golpe y porrazo Jesús de Nazaret hubiera nacido en Xi’an, recibiendo estudios en Wuhan. En estos tiempos que vivimos de intereses políticos, editoriales y retrasos mentales ocultos bajo títulos universitarios, hay gente que es capaz de cualquier cosa. Pero China, sin yo haber estado en ninguna de sus explotaciones en África, sé que debe estar pasándose por la piedra a todos los habitantes además de tirándose a todas las jóvenes féminas y como no, comprando a los políticos de turno para que el atentado siga impune. Es lo que hacen aquí, ni más ni menos.
El ‘Rey Cobra’ quiere reordenar lo que su antecesor mantuvo: las peores condiciones de vida jamás acontecidas en Zambia. Que según su población, harta de tanta ofensa y humillación, las empresas chinas que extraen el cobre ocupan los mejores puestos de trabajo con chinos y obligan a los locales a trabajar en penosas condiciones en el interior de las minas. Cada año los muertos se cuentan por centenares. Los intoxicados por miles. Fue gracias a su política anti China que el Presidente de Zambia, Michael Sata, recibió el apodo de ‘Rey Cobra’ –Zambia es el primer productor de cobre del mundo y China el primer consumidor de este mineral- al advertir en la pasada campaña electoral lo que está dispuesto a realizar: “Queremos que los chinos se marchen y regresen nuestros antiguos gobernantes coloniales. Éstos también explotaron nuestros recursos naturales, pero al menos cuidaron de nosotros: construyeron escuelas, nos enseñaron su idioma y nos trajeron su civilización británica”.
El mundo en general, las oenegés en particular, los sabios, los políticos occidentales y todas las fuerzas de inteligencia o poder, siguen calladas bajo un manto de indolencia sin advertir a la población mundial de lo que se nos viene encima. China ya no se esconde a la hora de mutilar vidas: ni en China ni en África. ¿Esperaremos a que en Europa nos coman por los pies para comenzar a reaccionar?
Hundimiento general
Llegan a mi ordenador sucesivos correos sobre el caso de un occidental (escandinavo) al que el tufo le llegó demasiado tarde a su cabeza acorazonada: se había casado con una china hace siete años, creándose un vástago de ambos, y poniendo todos los bienes, cuentas y negocios a nombre de la que será la mala de esta historia. Que en este caso no sobra aclarar que para que haya una mala hace falta un gran imbécil. Y él, que ahora deambula por el filo de la navaja, cuesta abajo y sin frenos, lo ha sido. Y poniendo todo su esfuerzo.
Al amor en China le queda de pureza lo que a la tableta de chocolate del lineal del súper: menos del 1%. Y los hombres y las mujeres empeñados en ver lo que no existe: ni un viejo se casa con una modelo por su gran corazón, ni una jovenzuela se ata a un anciano por su eterna bondad. En las bodas ya sólo ganan los abogados. Hasta hace poco el cura de turno. Y en China, ellas, sabiondas del arte de administrar y evadir.
China, con sus leyes memorablemente ultra racistas, incita a la extorsión en toda regla. Ejemplo: un extranjero si quiere montar una empresa en China que para empezar acoquine 100.000 euros; sin embargo para un nativo que desee abrir el mismo tipo de negocio, que se rasque del bolsillo 3.000 euros. De risa, ¿no? Y por ello el cándido danés cedió todos sus bienes a la dama que supo muy bien como entonar los ‘te quieros’. Hoy ella tiene la casa, el negocio, el dinero y niño; y muy probablemente ya tenga otro hombro donde urdir un nuevo plan. Y espérate que no lo eche de China. Que conque disponga de un buen contacto, ese ‘guanxi’ pagado con el esfuerzo del propio marido, me veo al escandinavo atiborrándose a ansiolíticos tras pasar por media docena de platos televisivos daneses contando su violenta torpeza: confiar en una anaconda.
Ya son miles los casos de estafa por parte de las concubinas ambiciosas que detectan demasiada permisibilidad democrática en los trágicos occidentales, desdentados mentales que aplican el mismo quid que las telenovelas de tarde. Y así les va. Que se vuelven a casa de mamá, semi desnudos, con cuatro monedas de curso legal, y unas depresiones siempre cubiertas por la seguridad social correspondiente.
Debe saberse, a los que tanto gusta aclarar que “China es otra cultura”, que si en Occidente mentimos incluso habiendo mamado del catolicismo, no les digo aquí lo que engañan, hecho al que no le dan la más mínima importancia. Si a eso sumamos que ‘arrepentimiento’ tampoco es palabra traducible al chino mandarín estamos ante un caso claro de país con complejidades varias para entablar relaciones de cualquier tipo, ya sean amistosas, amorosas o laborales.
Mientras calibraba el agujero donde se haya metido el escandinavo, salí de nuevo a pasear dándome de bruces, a no más de doscientos metros de mi hotel, con la estampa que cuelga de esta historia. En ella, lo que debió ser un río, es hoy un amasijo de grúas oxidadas que destripan a otros barcos aún más oxidados desprendiendo la carga de aquella manera; porque el agua, que algún día tuvo que ser azul, hoy es marrón mierda, prueba del quince del avance del ser humano, que lo mismo convierte en cáncer un río de aguas transparentes que se jode la vida por creer en el amor a cualquier precio. Y a lo mejor se conocieron hasta por internet. Vete tú a saber.
Tribu de hormigas
Da gusto. Es como salir de caza. Que los excitados con escasa pericia y puntería, dicen, salen a disparar como el que tras doce horas de curro y seis meses de auto alivios traspasa la puerta de un club de alterne. A garrotazos. Como dos elefantes en una minúscula cacharrería. Y así es el empresario chino; que campa a sus anchas como el delantero sin defensas. Que chulea a sus compatriotas a sabiendas de las nulas posibilidades de ser defenestrado.
El empresario en China es bastante menos modélico que en España. Por decirlo de un modo educado. Para empezar, en un altísimo porcentaje estará explotando a sus trabajadores, hecho este asumido por los gobiernos locales y central, la vecindad, los clientes y el propio trabajador. Además, habrá llegado a semejante posición sólo de dos maneras: o con dinero; o con contactos. Si no, es imposible. Absolutamente. China en eso es más transparente que cualquier democracia occidental. Hasta que las escandinavas, las únicas que se acercan al verdadero significado de la palabra ‘democracia’. Aquí, sin actitudes mafiosas nadie se hace de oro.
Hoy paseaba, de nuevo, por la debacle hecha progreso (Wenzhou), una ciudad que no quisiera ni para mi infierno. Y dándole a las piernas corroboraba una vez más que no hay rincón para poder llevarse a la memoria. Sinceramente, no ya sólo siento flaccidez de sentimientos al abrir los ojos y encontrarme con semejante disparate, sino que el asco y la nausea merodean mi cabeza asediada de contaminación. Mi nariz servía de enganche entre la polución reinante y mi cerebro obstruido. Y en esas que me topo con la imagen que adorna este texto en donde una dama, ‘milyuanista’ –con suerte ganará los cien euros al mes-, limpiaba los cristales de un triste hotel encaramada a un equivalente a la tercera planta de un edificio occidental.
Por supuesto, no cargaba con arneses, casco o paracaídas alguno. Para más morbo llovía. E iba a lomos de esos clásicos zapatos de medio tacón con los que cargan la gran mayoría de damas de este país, desde empleadas de karaokes, a camareras, azafatas o tenderas. Unos zapatos que seguro no son un ejemplo de estabilidad.
Las posibilidades de que esa señorita se haya caído en el transcurso de mi vuelta al hotel no sé si son altas. Lo que sí es alto es que si se ha despeñado a esta hora ya estará muerta. Sin duda alguna. Y que si fallece, en este país, el empresario saldrá indemne ya que una empleada como ella, de tan baja estofa, no tendrá a nadie que pueda amedrentar al desgraciado patrón. Que aquí sin ‘guanxi’ nadie conoce a nadie.
En China, como pueden comprobar, no hay sindicatos. Pero lo peor no es eso. Lo realmente trágico es que de la ‘revolución del pueblo’ nació esta República Popular que hoy anda tan alejada de sus ciudadanos. Explotaciones, humillaciones, sueldos parias, sin indemnizaciones, sin prestaciones sociales, abogados conminados con el fuerte, sin seguros médicos, sin contrato… ‘Ejercito de hormigas’, llama Lian Si, profesor de la Universidad Internacional de Negocios y Economía de Pekín, a todos estos recién licenciados universitarios que pululan por trabajos donde no superan los cien euros al mes de ingresos, sin ningún tipo de legalidad o cobertura médica, y que además viven a dos horas de sus puestos de trabajo, durmiendo en una litera de tres plantas de las siete que hay en sus muy vetustos y enjutos hogares donde el baño es compartido por toda una planta del edificio. A veces cincuenta vecinos.
Escuché una vez a un chino hablar de Japón en los siguientes términos: “Ellos nos masacraron, violaron y asesinaron. Y ese mal karma se volverá contra ellos. Estoy seguro que un desastre natural borrará esas malditas islas”. Así se expresó un licenciado, millonario, diseñador, gay y aparentemente culto. Eso fue hace un año. Al poco tiempo el terremoto-tsunami con desastre nuclear de Fukushima no borró al vecino nipón aunque casi. Y yo me pregunto: con el karma maligno que aquí hay acumulado, auténtico record mundial de malicia, ¿qué no caerá sobre nuestras cabezas? ¿Qué no se estarán mereciendo estos déspotas que humillan a sus propios hermanos de sangre? Los que crean en el karma que salgan corriendo. Los demás que se santigüen.
Reeducando que es gerundio
China Human Rights Defenders (CHRD), asociación que se encarga de intentar sacar a la luz parte de la morralla diaria china, acaba de informar de uno de esos casos que le hacen a uno sonrojar. Que sabiendo que es real dan ganas de presentarse en la sede del gobierno central y repartir sopapos a tutiplén. Empezando por los más derruidos físicamente. O sea, los que más han bebido, comido y eyaculado a costa del pueblo.
Resulta que Hua Huiqing, anciana de ochenta años –milagro complejo llegar a esa edad en un país donde está contaminada la tierra, el mar, el aire, el agua y los alimentos- se presentó en la oficina pekinesa del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –a estos le queda ya poco para ir a España a echar una mano- con la idea de denunciar la expropiación de la casa de toda su vida, sita en la ciudad de Wuxi, acto este que se produce frecuente e impunemente en cada rincón de este turbio territorio. Ella y otros compañeros solidarizados –quién sabe si también afectados- cometieron semejante desacato el pasado 14 de septiembre, a plena luz del día, y bajo la atenta mirada de los extranjeros a los que fueron a quejarse. La zona en cuestión –Jianguomenwai- está, además, cosida de embajadas.
Según el comunicado de CHRD, aparecieron de golpe y porrazo funcionarios con apariencia de querer ayudarles para, en un abrir y cerrar de ojos, llevarse a todos detenidos. Los extranjeros asistentes a tan horrendo espectáculo, según detecto –en la nota nadie dice nada de ellos- saldrían por patas para que sus visados y grandes nivelazos de vida no se vieran afectados.
Hua, la octogenaria, es objeto a día de hoy de “reeducación legal” en una base de entrenamiento y educación que anteriormente era usada por los militares de su ciudad natal, Wuxi. Este apunte lo da su marido, barrunto que también octogenario, que debe estar encantado de no pasar los últimos días de su vida ni con su mujer ni en su propia casa. Casualmente los escasos chinos que pueden acceder a la compra de viviendas, en no pocos casos, suman no menos de treinta departamentos de media por cabeza. Que el comunismo ya es agua pasada.
La reeducación, que no son más que cárceles donde los detenidos injustamente son derruidos psíquica y físicamente, es otra de las muestras de con quién nos estamos jugando los cuartos. Que mirando en el tiempo, y agarrándome a la justificación que dieron los chinos a la invasión de Tíbet –“ahora tienen progreso, antes un estado esclavista-feudal”- bien podrían haber invadido China los americanos, en pleno éxtasis de Mao, para haber liberado al pueblo mandarín del sanguinario régimen comunista. Si eso hubiera ocurrido China hoy sería casi como Taiwán con visos de superarla. Y no me refiero sólo a la economía. Sino a la decencia, a la limpieza, a la educación y a las libertades. Lástima de no haber invadido China. Se lo merecían en aquellos días más que Irak en los actuales.
Cuando no se enseña, sólo se adoctrina
Y el caso que les voy a contar no hay diferencias entre ricos y pobres. A todos los estratos sociales les dan por donde amargan los pepinos si de aprendizaje consta el tema. Desde la tremebunda época de Mao donde se quemaban libros y se fusilaban a profesores y artistas, China no levanta cabeza si de intelectualidad hablamos. Eso se ve, se siente, en cada ciudad, en cada calle, en cada paso que uno da por un país desalmado donde no hay prójimo ni mañana.
Aquí el avance consiste en tirar el puente más largo, levantar el edificio más alto y organizar las más pomposas Olimpiadas o Exposiciones Universales. Le dan al pueblo carreteras y coches pero a nadie se le enseña, se le adiestra, se le multa, se le lleva de la mano, se le explica qué es una curva, para que no se maten más de la cuenta, para que conducir no sea casi siempre un camino directo al hoyo.
Para el que no conozca a esta civilización de dudosas formas convendría que supieran que en China se conduce como a cada uno le da la real gana: acelerones porque sí, adelantamientos por la derecha –o por el arcén-, intermitentes sin usar, cláxones desgastados, autopistas y calles donde se ingresa sin mirar ni decrecer la velocidad, revisiones a los coches nunca en talleres oficiales, taxistas que conducen una media de catorce o quince horas diarias… ir en un coche por carreteras del extrarradio, autopistas de nuevo cuño o por los centros de las ciudades es un peligro bastante mayor a caer en la droga con amigos yonquis en un poblado de chabolas.
Pero la suerte de la que disponía el gobierno ex comunista es que antes todos viajan en bicicleta o motocarro. No había preocupaciones. Algún rasguño, alguna rodilla rota, pero pocos, muy pocos, desnucados. Claro, que como no se ha puesto freno a semejante desbarajuste resulta que han pasado las décadas y los hijos –sólo algunos- de aquellos paupérrimos manejan deportivos que cogen a la mínima los 250 km/h. Otros, los menos afortunados en la ruleta de la fortuna, son responsables de las vidas de multitud de personas, ya que o manejan autobuses –escolares, por ejemplo- o se encargan de camiones pesados con cargas peligrosísimas.
Y hoy es, lamentablemente, un día muy trágico, ya que treinta y cinco escolares han fallecido cuando volvían a sus hogares en Tianjin tras estas vacaciones nacionales. Aparte de este desastre absoluto –nunca olviden que la política del hijo único convierten aquí a los niños en tesoros sin parangón- otras treinta personas han perdido la vida en otros accidentes dispersos por el resto del territorio chino. Para el gobierno de Pekín mutismo absoluto a la hora de dar cifras reales, siquiera cercanas, de los desastres que acontecen a diario sobre su asfalto. Según fuentes más responsables y desinteresadas en la manipulación que el PCCh, fallecen al año más de 100.000 personas. Otro medio millón es herido de gravedad, con pérdidas de extremidades y paraplejias, entre otros dramas. Y como aquí el gobierno nunca paga quisiera yo ver en qué condiciones viven los que se quedan cojos, ciegos y lisiados de por vida.
Todos los países sufren dramas de este tipo. Pero en ningún país del planeta se conduce como en China. Que ya va siendo hora que alguien detenga este elefante en la cacharrería para reorganizar las piezas y levantar, de una vez por todas, un ejemplo de concordia, creatividad y lo que ellos elijan. Que no es normal que la gente se mate cada día y el gobierno siga incitando a la compra de vehículos –sumemos también el horripilante tráfico lento, bastantes veces parado- sin enmendar la plana lanzando a las calles a diez millones de uniformados para controlar el tráfico de una santa vez.
Si mañana cada trampa se multara con la retirada del carnet, una multa cuantiosa o con la prisión –sin posibilidad de acogerse a un ‘guangxi’-, China recobraría apariencia de país medio normal. Que si la semana que viene los extraterrestres cayeran por sorpresa en cualquier autopista ‘Han’, nadie sabría que los marcianos nos habían visitado: primero, porque los atropellarían; y segundo, porque al verlos medio raros no darían parte de ellos.






















