Desbandada general
Siempre me ha llamado la atención la manera que tienen los periodistas de no explicar algunas noticias. Ejemplo: no son pocas las veces en los últimos años que los trabajadores de fábricas se ponen en huelga contra sus patrones. Lo sorprendente es que el jefe siempre es extranjero, ya sea taiwanés, japonés o coreano. Pero contra las empresas chinas –deben ser el 99% de los negocios del país- aún no hay levantamientos. ¿Por qué será?
Me informan los dueños de un negocio, todos ellos españoles, que hace un par de días sufrieron, ni siquiera de la noche a la mañana –exactamente fue un segundo después que lo decidieran-, una desbandada general de sus diez empleados naturales de China. Desde el encargado a los camareros pasando por la señora de la limpieza. ¿Se les debían nóminas? No. ¿Vivían explotados? Ni de lejos. ¿Entonces?
Entonces ocurrió que la mecha del racismo más extremo se prendió tras una reunión en la que los dueños, en su derecho, recordaron a sus empleados que las normas hay que cumplirlas. Normas legales y perfectamente comprensibles, tales como “no consumir productos del negocio” o “negociar con otros restaurantes la comida del personal”, que tras unos tiempos de bajos ingresos se salían del presupuesto.
Puedo asegurar como testigo que los socios del negocio han tratado a los empleados que les acaban de dejar tirados con maneras occidentales, o sea: con respeto, con contrato, con seguros sociales, con horarios, con regalos, con ventajas, con limpieza. En esa empresa los trabajadores no vivían hacinados en un garaje donde dormían sobre sacos de harina. Tampoco eran sacados a la plaza en formación militar para ser requeridos y formados a grito pelado por parte del responsable de turno. Y por supuesto, cobraban bastante más que lo que hubieran ingresado por el mismo tipo de trabajo en una empresa similar de accionariado mandarín.
Pero China es así. Y cualquier nativo –ojo que además hablo de Shanghái- que trabaje para cualquier empresa extranjera, pensará, como un día me dijo Peter, el encargado shanghainés de un bar holandés, que “este local donde trabajo es mío. Porque esto es China y yo soy chino”.
No es la primera vez –al menos media docena de veces- que me encuentro con este problema, que en sí es un chantaje racista. Al rato de largarse, y a sabiendas de que sin ellos al día siguiente no podrían abrir la puerta, negociaron telefónicamente las condiciones hasta el año nuevo, día en donde las reservas eran numerosas. Y luego, ¡qué más da! Si en el país sin presente lo que cuenta es lo que acontece. Que a la vuelta de las vacaciones del Año Nuevo chino, este año del Dragón, la floreciente nación sin alma proveerá a esos malhechores de nuevos lugares donde poder cobrar. Y si el jefe es nativo, a cerrar el pico; pero si es ‘lao wai’ habrá otra posibilidad para la extorsión.
China se aproxima a pasos agigantados al drama laboral occidental. Y lo peor es que los de aquí vacilan con los bolsillos casi tan vacíos como sus mentes. Una patrona holandesa me contaba la definitiva: en su fábrica, de piezas mecánicas, incentivó al personal de la siguiente manera: “Si llegamos hasta esta cantidad de piezas os daré 1.000 yuanes más el mes que viene; si lo hacéis durante un año os daré en 365 días 20.000, casi el doble. Para ello debéis esperar a cobrar ese extra hasta el año que viene”. Tras la charla, todos los trabajadores –eran más de cien- decidieron cobrar la mitad pero por adelantado. “Te prometo que les pago al día y con ventajas. No sé cómo no entienden que si esperaran se llevarían el doble. La verdad es que a veces tienen miras muy cortas”, me dijo la holandesa. “Donde no hay mañana sólo existe el hoy”, le contesté.
@JoaquinCamposR (Twitter)
Ejemplificación del drama
Una pareja de conocidos acaban de regresar de unos días de asueto fuera de Shanghái. El lugar elegido, Moganshan, enclave de montañas y bosque de bambús donde uno puede, de verdad, permanecer lejano al cotarro diario. Un hotelito, cercano a la casa rural, dio cobijo y relajo a la pareja de expatriados. Chimenea contra el frío, caminatas contra eslálones, aire puro contra el cáncer.
El segundo día, tras examinar cada rincón de su hogar y alrededores, decidieron caminar por los preciosos bosques que rodean al hotel alejándose todo lo que pudieron. Bellos parajes, escasísima afluencia de gentes, sin carreteras y todo un mundo natural por disfrutar. Que los que vivimos en cualquier ciudad china sabemos que eso no tiene precio.
Pero bueno, la pareja que decide alejarse más de la cuenta sin verificar el camino de vuelta que se hizo imposible al caer la noche cerrada de invierno. Sin luces y con un móvil sin batería, el drama se empezó a cernir sobre ellos. Para terminar de complicar el tema, el agua se les acabó y la noche dio pasó a un frío intenso que no sobrepasaba los 5ºc.
El comienzo del problema fue a eso de las seis de la tarde y dos horas después los nervios y el frío se habían hecho fuertes en sus cuerpos cansados. Seguían sin encontrar el camino de vuelta y nadie, absolutamente nadie, merodeaba por la zona. La dama, congelada y débil, empezó a preocupar al novio, que no sabía qué hacer.
Pero por uno de esos milagros que sólo pueden ocurrir en China (1.400 millones de habitantes), un señor con una moto apareció a lo lejos por el camino que ellos transitaban. Con su foco se les hizo la luz obligando a detenerse a un motorista que no sabía qué estaba ocurriendo. Explicaciones, sollozos y caras de miedo de que el hombre no quiso atender arrancando de nuevo su moto. “¡Por favor, llévenos a nuestro hotel!”, decía la pareja desesperada, recibiendo un “no” rotundo por respuesta.
Pero de pronto, en un ataque de indecencia, que aquí es considerada creatividad, el afectado macho sacó de su bolsillo un billete de cien yuanes, algo así como once euros, que le colocó en la frente al motorista escasamente piadoso. De pronto, y como si ese billete hubiera sido una orden, el señor invitó a sentarse en su moto a la pareja a la que acercó al primer cruce asfaltado, a algo más de dos kilómetros de distancia del espeso bosque.
Y allí, más de lo mismo, ya que al obligarles a bajarse de su motocicleta, no tuvieron más remedio que inyectarle otra buena dosis de medicina: otro billete de cien yuanes. Éste, con validez para ser acercados al hotel. Y allí, frialdad, como la de los taxistas que creen haber cumplido su trabajo. Ni un adiós ni una sonrisa.
Como estoy seguro que éste no habrá sido el único caso me imagino a cientos de personas perdidas en bosques o bajo nevadas, que al ver la primera opción de salvarse son requeridos por sus príncipes azules, por sus súper-héroes de plastilina, a abonar la coima correspondiente. Y por adelantado. El precio de la vida.
A marineros ahogándose, que tras ser aupados a barcos más seguros, no habrán sido bajados a tierra firme hasta no haber pagado la tarifa correspondiente. En incendios, a los que improvisan una lona a donde los casi muertos puedan lanzarse, haciéndolo con un billete de cien yuanes en la boca. Por lo de los costes.
Si esa pareja no hubiera llevado dinero encima muy probablemente hubieran padecido un problema grave. Y lo peor de todo: nadie se habría enterado que un salvador, un ser humano, ignoró el problema, esquivó la solidaridad, el acto natural.
Prosigue la debacle humana generada por décadas de ostracismo creativo, cultural, educacional y humano. Continúa la máquina de hacer dinero triturando a las personas. Seguiremos informando.
@JoaquinCamposR (Twitter)
Twitter inenarrable
Padezco desde hace un par de semanas el drama de haberme apuntado a Twitter, ese portal de la inmensidad de internet que rezuma progresía… por lo menos a los que sigo la pista.
Hoy, alguno de ellos, como si de emisoras piratas de radio se trataran, retransmiten mediante el sistemita ridículo de mensajes de no más de 140 palabras el entierro de Kim Jong-Il, que van sacando de las agencias de noticias, el resto de medios y la televisión norcoreana. Entonces, ¿para qué redundar en un suceso que ya ocurrió? ¿Para qué contar lo acontecido?
Twitter, según veo, no sólo atesora, sino que engrandece los clásicos errores del periodismo actual: fusilar, copiar, manipular. Por ello, ¿para qué estudiar una carrera que al final casi no se ejerce? O los unos desprestigian a la profesión, o los otros juegan a ser lo que nunca fueron.
Por transparentar aún más este texto, ejemplo sin igual de transparencia informativa sin acudir a agencias, Twitter y sus seguidores, sobre todo los que usan la herramienta como un micrófono, no es más que una web de chateo donde el pudiente (el que es muy seguido) alardea de sapiencia; y el paupérrimo (el que sigue sin ser seguido) es un oído sin boca, un claro caso de ser humano.
Hoy me martillean los poderosos –corresponsales en general- con una retransmisión futbolística a través de un móvil, en donde los micro-mensajes saturan mi cabeza, que no mi almacén virtual, que seguramente fue construido para albergar no pocos millones de vacíos humanos.
Twitter es la primera humillación de la que soy participe motu propio. Por lo menos tras ser advertido. Y debo decir, que salvo para promocionar mis textos, esta empresa con apariencias progres y miras a lo Wall Street, no es más que una nueva televisión para el ser humano juguetón que se cree más libre porque la cree más moderna. Y Twitter, a día de hoy, para una mente enferma, aunque suficiente, como la mía, no es más que el avance de la tragaperras, lo táctil del móvil, la pelota del melón.
Cierro este texto con una frase que aunque no quede para los restos valdrá para esta historia: “El pobre ve en Twitter lo que no encuentra en su cabeza. Y Twitter abastece de sueños a los que no saben soñar”. Besos a todos.
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Situación de parte de la sociedad mundial a día de hoy
Aumento mis intenciones de largarme de China. En la ecuación, debo quedarme en Asia. Japón, será abordada en un futuro: ahora me es imposible. Mongolia, aún desprende un grato interés aunque lejano. Birmania: mi co-sueño, imposibilitado ante la continua molestia de sus militares que aún ponen inmensas trabas a los extranjeros. ¿Entonces?
La solución es Camboya, paraíso humano-natural, compuesto por una sociedad alucinantemente positiva tras haber sufrido la mayor masacre de la historia documentada de la Humanidad. Entre los españoles que siguen buscando los tres pies al gato de la absurda Guerra Civil, y los occidentales aún se consagran como pacifistas ante cualquier recuerdo del nazismo, están los camboyanos, que aun habiendo sido el pueblo más asesinado de la faz de la tierra –además en la fecha más cercana- se mantienen erguidos, sin venganzas, intentando tirar para adelante tras la masacre generalizada. Para darle sal al asunto, el país está minado de cabo a rabo. Y para finiquitar su desdicha: los casos de sida empiezan a aumentar de tal manera que a este paso llegará un día en que habrá más sidosos que pedigüeños.
Y elijo Camboya para abrir un nuevo capítulo de mi vida porque necesito rodearme de humanidad. Porque mi vida se merece más de lo que tengo. Y porque mi pareja, si decide seguir siéndola, ha hecho méritos suficientes como para salir de esta alberca decorada, de este zoo que en sí es una inmensa jaula. Lo que me ha sorprendido es el desconocimiento de la sociedad mundial al término ‘Camboya’. Continúen leyendo:
-Un francés, empleado: “Camboya es un paraíso. Como país satélite de China crecerá económicamente. Yo he estado un par de veces y me he quedado impactado con su población. Dan ganas de quedarse”.
-Una china, empresaria: “¿Camboya? Pero si eso es el tercer mundo. Pobre, muy pobre. Además, están en guerra”.
-Otra china, empleada: “¿Camboya? ¿Y eso dónde está?”.
-Un español, escritor: “El sudeste asiático es el mejor lugar del mundo”.
-Otro español, estudiante: “¿Vas a montar un negocio hippy? Si es así estarás en el lugar correcto. Si lo que quieres es hacer negocio y ganar dinero no vayas. Aquello es una pura anarquía”.
-Una inglesa, profesora: “Sólo he llorado dos veces al dejar un país y una fue allí. Camboya es la demostración de que la humanidad tiene solución”.
-Un español, cocinero y catalán: “Su cocina es desastrosa pero da gusto viajar por sus provincias. Es uno de los escasos países aún vírgenes”.
-Otra china, empleada, tras haberle señalado en un mapa en mandarín dónde queda Camboya: “No sé nada. De Tailandia sí se. Y de Vietnam. Pero de Camboya nada de nada”.
-Un holandés, empresario: “Sin duda será uno de los lugares del mundo donde acabará la sociedad teniendo que pagar por vivir. Es una de las verdaderas siete maravillas del mundo. Lástima de la corrupción política”.
-Un chino, de Hong Kong, cocinero: “He estado cuatro veces y porque el gobierno no deja a los extranjeros comprar tierras que si no me hacía una casa. Dispone de todo de lo que China carece: espacio, naturaleza, playa, precios tirados… y lo mejor de todo: los camboyanos. Son buenos porque sí. Y son muy pobres. Tengo grandísimos recuerdos de ese gran país azotado por el mayor asesino de la historia: Pol Pot.
Camboya, gracias a la ignorancia del ser humano, sigue siendo un lugar lejano, desconocido y sospechoso. Y doy gracias a los ministerios de educación de cada país del mundo por haber inutilizado a sus estudiantes, hoy pudientes viajeros. Yo, si me acompañan las circunstancias, acabaré más pronto que tarde en Camboya. Y en mi negocio, como me aconsejó un buen amigo mío, sólo se podrá estar si las capacidades intelectuales de los demandantes están a la altura. Ni progres, ni mochileros con dos dólares en el bolsillo, ni grupos, ni niños mal educados por sus padres, ni demás carroña social. En la Tierra, al final, la gente buscará el retiro. Y Camboya ofrece las condiciones. Seguiremos informando.
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Vacilando que es gerundio
El país que nunca invirtió en creatividad y que importa cabezas pensantes y tecnología de medio planeta, se atreve a anunciar que continuará con la carrera del absurdo nacionalista en el mundo de los trenes poniendo sobre sus raíles a uno que sobrepasará los 500 km/h. La noticia no debería ser tomada a broma en una nación que sí que domina el ranking mundial de desastres humanos. Ejemplo: su novicia alta velocidad ya estrelló al poco tiempo de iniciarse un tren que camino de Wenzhou quedó hecho amasijos. Las maneras de ocultar el accidente así como la extrema rapidez por inaugurar los trenes para que coincidieran con las celebraciones del 60 aniversario de la República Popular China, o sea, de la llegada del Partido Comunista Chino al poder, causaron decenas de muertes. Los dirigentes del PCCh siguen en sus puestos. Los pasajeros fallecidos no.
Tras el desastre provocado por la precipitación, la ignorancia supina y la desfachatez contra el ser humano, los irresponsables que lanzaron la alta velocidad corrieron a supurar la herida de la manera más humillante: reduciendo sus velocidades de 350 km/h a menos de la mitad. Por ello hoy la alta velocidad china, incluida la flamante línea que une a las dos grandes ciudades, Pekín y Shanghái, pedalea en vez de acelera. Y eso para un gobierno acomplejado es un drama nacional equivalente a no poder demostrar lo que uno no atesora.
Coincidiendo con la noticia viajaba yo esta mañana sobre uno de los capados trenes chinos, que puedo asegurar no sobrepasan nunca los 190 km/h, quedándose bastantes veces rondando los 120. Y eso, para un proyecto que sólo fue concebido para arruinar la moral del resto del mundo es una humillación en toda regla. Porque hoy los trenes chinos de alta velocidad corren menos que los Talgo pendular que en los años 80 hicieron a España algo más moderna. Aunque sólo fuera un poco.
En China, como vengo contando desde hace años, no importa la gente sino la imagen. Y si este nuevo tren de dudosa seguridad tiene que ser botado para superar al enemigo nipón, incluso obviando las normas de las seguridad más básicas, no habrá ningún problema en que se inaugure a bombo y platillo por encima de los cadáveres que sean necesarios. Y si se estrella, la tela de araña del gobierno ya sabrá cómo evitar que periodistas, curiosos o familiares olisqueen en el drama.
En un país donde se explota al menor para que sea gimnasta (la medalla); en una nación donde los obreros fallecidos superan numéricamente hablando las plantas de los rascacielos levantados (el complejo); en una civilización donde los escritores que discrepan son encarcelados o matados (la Revolución Cultural perenne) es normal que los mismos terroristas que permitieron que sobre sus vías perecieran no pocos desgraciados sigan manteniendo la ruleta rusa en pos del progreso. Aunque sólo sea el progreso de la imagen. De lo artificial. De lo irreal. De querer triplicar la velocidad cuando no cumplieron los objetivos básicos. De luchar sin base cerebral contra eminencias cargadas de inteligencia y respeto. Porque el dinero no lo hace todo. Afortunadamente.
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Esclavitud en China, año 2.011
Un cocinero de Sichuan me ha arrojado los datos, que como escarpias envenenadas se me clavan en lo más profundo de mi ser. Hablo de la explotación laboral legalizada, de la trata de cocineros, camareros y obreros como si fueran esas desgraciadas prostitutas que se cruzan medio mundo con un sueño en la cabeza para acabar cruzándose por obligación con miles de excitados erectos.
Zhang Wei es un cocinero de Sichuan que tardó tres días en llegar hasta el extrarradio de Shanghái desde su hogar en las montañas, en un trayecto muy doloroso a lomos de autobuses destartalados y trenes desvencijados. El viaje le fue descontado de su primer sueldo y la cama prometida resultó ser la parte más alta de una litera de tres alturas. En la habitación, otra litera para tres más; y en el resto de la casa un salón lleno de más literas, una cocina infecta y un baño aún más turbio y siempre ocupado. En un apartamento que no llega a los 60m2 viven hacinadas doce personas. La intimidad brilla por su ausencia y las maletas se esparcen por un suelo que nunca nadie ha llegado a pisar. “La verdad es que en la casa de mis padres vivía con más espacio. Y eso que somos muy pobres”.
Una empresa, en teoría legal, le hace un contrato por tres años en donde le promete trabajo y cama. El sueldo, siempre alrededor de los 1.500 yuanes –algo más de 150 euros- de los que 300 siempre se los queda el contratista. Por supuesto, y en cada posición que le ofrecen, nunca le hacen firmar documento alguno. Ni pagas extras ni cobertura médica ni finiquito ni nada que se le parezca. 1.200 yuanes limpios por seis días a la semana trabajando una media de doce horas. En Bangkok pagan más. Y en China, además, no existen las propinas. Aunque sí el rancho, que siempre está compuesto de una bandeja de plástico cubierta en casi su totalidad de arroz hervido con tropezones de verdura y rara vez, pedacitos de carne. Una sopa turbia hecha a base de polvos, huesos y tendones acompaña al siniestro menú. “Gracias a que suelo trabajar en restaurantes puedo comer más. Las sobras, por ejemplo, o cuando cocino que siempre lo pruebo todo”, me decía un Zhang Wei que aún sufriendo reconoce que en la obra –también ha sido peón- las calamidades eran aún mayores. Y el frío.
Al preguntarle si este próximo enero acudirá a su casa a celebrar con su familia el Año Nuevo chino, me contesta muy seguro: “No, imposible. El acuerdo es por tres años y sólo a partir del segundo tengo vacaciones”. Por supuesto no pagadas, añado yo. “Además, ellos guardan mi documento de identidad. Si renunciara antes de la finalización del contrato debería pagarles 11.000 yuanes”. Algo así como un año de trabajo.
Estas empresas, además, pisan sobre seguro, ya que suelen captar a los necesitados en las zonas rurales donde los sueldos son equitativos a los del África negra. Para mayor seguridad verifican quiénes son sus familiares por si alguno deseara escapar poder tenerlos bien amenazados. La policía local de las ciudades donde ejercen la práctica, en este caso Changzhou, a dos horas de Shanghái, están al tanto de las fechorías que siempre son admitidas por sus inspectores. Porque en la supuesta China unida que inventó Mao Zedong, a golpe de hoces, coces, martillos y sangre, un sichuanés es como un africano para uno de Shanghái. Al mundo se le viene encima China, pero a China se le va a volcar, más tarde que pronto, su irrisoria estabilidad interna que pende no de un hilo sino de un chispazo. Porque hay gentes que viven como animales mientras otros se gastan en un minuto de compras lo que el resto tarda un mes en ganarlo. China, en esta revolución industrial, ni ha inventado ni ha aportado nada nuevo. Por ello, no sería de extrañar, que como en el resto del mundo la sociedad se les levante para comenzar otra etapa de sangre y fuego. Las condiciones se están dando. Eso seguro.
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En recuerdo de los estafados: Feliz Navidad
Hoy, Navidad, aprovecharé para recordar a algunos extranjeros, compatriotas mayormente, estafados en esta pista de patinaje en donde unos van equipados hasta las cejas y los otros vamos desnudos. En donde los unos navegan con brújula y el resto en patera.
Hoy, Navidad, por eso de la fe, los milagros, la concordia y el buen rollo, voy a proyectar en este texto acontecimientos que han pasado desapercibidos tanto para la prensa como para los lectores, tanto para los diplomáticos como para los soldados rasos. China no es país para extranjeros. A lo hechos me remito.
Un cadáver: Lolita. Restaurante que no vio la luz como el feto que se queda en el camino. La diferencia esencial: un millón de yuanes invertidos y tirados a la basura en forma de: putas, cheques-regalo, cenas, abogados, vecinos, contactos, gobierno local, funcionarios y gente sospechosa. Un año de alquileres, inversiones y sueldos que acabaron siendo la nada. Para otros fueron parte sus bienes inmuebles. Sus nudillos fueron corderos degollados.
Otro cadáver: Deli & Meli, escasísimo en metros cuadrados bar de tapas patrio que se quedó en el camino al poco de nacer; las licencias que eran cambian de sentido, las inspecciones se multiplican, las amenazas ascendentes y las decisiones, nuevamente, depresivas. Hoy, para mayor vergüenza del país donde resido, en ese lugar donde en teoría que “no se podía cocinar”, se alza una sala de exposición y venta donde se dan clases… ¡de cocina! Con sus fuegos y extractores. Con su salida de humo y entrada de clientes.
Mutilados: otro centenar de negocios con accionariado mayoritario o dueño extranjero donde una importante parte de la caja –aunque no la haya- debe revertir en las mafias locales, que no son bandas armadas ni aparentes comandos terroristas, sino bomberos, funcionarios del ayuntamiento, expendedores de licencias, abogados conminados, jueces como proyectiles y policías uniformados aunque desprestigiados. Y lo peor de todo: la sociedad natural de este océano sin plancton defeca sobre nuestros problemas que les parecen los justos y necesarios que debe sufrir un forastero. Y lo aún peor que peor: los expatriados españoles, que escuchan estos cantos de sirena, apuntan con sus miradas de mantenidos hacia otras costas escarpadas, hacia otros accesos a playas vitales que nunca las quieren pedregosas. Cuando la creatividad no te busca la dignidad te afecta. O mejor dicho: cuando el agua le salpica a tu primo te ríes, y cuando te baña a ti te enfadas. Cosas de (ex) simios.
P.D: Otros miles de extranjeros, ya no patrios, para que este artículo no parezca el B.O.E., que son explotados en sus cuentas, amenazados en sus horas punta de ingresos, anunciados a bombo y platillo en los foros nativos como “anti chinos”, con lo que esto afecta a sus cuentas de resultados, son simultáneamente ignorados por todo aquel que recibió una educación supuestamente programada para lo contrario. En serio, ¿es que nadie va a poner el grito en el cielo, qué digo, aunque sea advertir sobre un común delito que no se persigue en China? ¿Es que no habrá maromo con bemoles que se atreva a decir qué color es el que se le cruza en ese momento en su mirada? “Sólo contar lo que acontece”, decía uno que yo conozco.
La Navidad, ese espectro de vida familiar-amistosa que supura el desagüe anual durante unos días, me ayuda a potenciar este discurso de bienvenida a un problema al que no muchos dan cobijo. Que la ayuda humanitaria, esa que sale de los gobiernos a manos de las ONG, o sea, las organizaciones no gubernamentales –manda cojones- nunca pasa por las narices del empresario devastado, del expatriado estafado o del ignorante confiado. Para el paria que está abonado al canal plus siempre habrá una paguita. Y una cerveza fresquita.
Repito, recalco, aviso, advierto, anuncio: no son pocos los negocios de iniciados o veteranos, no fascistas ni esclavistas, que se vienen abajo con toda la inversión por causas que en España serían carcelarias. Cuánto sindicato inútil, aquí inexistente; cuánta trampa racista, que los que vienen a aprender chino –tampoco es que lo aprendan mucho- lo llaman “no seas racista”.
Y los diplomáticos, como no montan negocios –o eso espero-, a verlas venir. Desde la barrera. Como los buenos taurinos, que nunca se tiraron al coso para seguir viviendo felices. Para poder contarlo. En esto caso, no contarlo.
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Navidades en Wenzhou
El destino juega malas pasadas a los que no conocen el día siguiente. Por tanto a mí, el estar otra vez en esta dramática ciudad, demostración palpable del (des) progreso de China, mutilada culturalmente, arisca hasta en sus jardines, terminalmente contaminada, no es más que un acicate para marcharme antes, para mirar hacia delante.
China es a la Navidad lo que España ofrece al fútbol americano. Y Wenzhou es lo más parecido a un estercolero edificado. Y aquí estoy, de nuevo, empapándome en contaminación desconocida, entablando conversaciones con ex granjeros engreídos violentos, progresando en mi cuenta bancaria, la que me sacará de este desierto de ideas.
No soy un forofo de la Navidad. Aunque la lejanía, casi siempre, te hace recordar ciertos momentos familiares. Por lo demás, asumo que hoy es un día de trabajo, que podríamos considerar diferente. Por ello labro, lejos de casa, y procuro salir airoso.
En medio de la cena navideña, intentando buscar esas postales progres que a uno le pueden llegar a salir en festividades como estas, he encontrado un drama generalizado que no por ello deja de ser sorprendente. Una mesa de enamorados, con sus velas y sus flores, su menú degustación, y su celebración injusta –por falsaria- de una tradición de Occidente. Pero aquí, todo lo que suene a buena guisa hay que aspirarlo. Y de pronto, una pareja para enmarcar: él, de las nuevas generaciones, con cierto nivel de inglés, trajeado sin proyectar vergüenza ajena, con unos zapatos sin tacón y sin grasa en pelo; ella, belleza oriental clásica: menuda en el tamaño, profunda en las ideas de uno; belleza real, vestidito de muñeca y gesto infantil al mirarme. Bien. ¿Qué les podría faltar a ese par de enamorados para continuar con su cena de Navidad? Pues, un iPad. Uno de esos televisores –al final sólo se usan para ver imágenes- que se venden como pequeños ordenadores y que organizan hasta las cenas navideñas de los nuevos pardillos del sistema. Porque si algo tenía China, hasta no hace muchos años, es que no dependían de la basura comercial occidental, que lamentablemente aquí se ha transformado –gracias a que los lavados de cerebro del Partido dejan vía libre a que cualquier imbécil sea sodomizado por el tálamo- en un tsunami de desproporciones insultantes. Del tractor a lo táctil, y tiro porque me toca.
Mientras él veía una película violentamente bélica, ella, aprovechándose del reflejo de la pantalla de su móvil última generación, no paraba de recolocarse la melena, de maquillarse los pómulos, de abrir y cerrar la boca como contándose las piezas dentales. Así se pasa la Navidad en China, auténtico patadón en los genitales a los defensores de la tradición cristiana que ven a su nuevo mercado como un eslabón perdido entre la fe y la penumbra.
Y así pasó la cena, con el muchacho contoneándose ante tanto desfile de militares de gala y con la señorita esquematizando su careto, precioso por cierto, pero resobado por sus propios ojos, por su propia codicia.
Mientras volvía a mi hotel me he cruzado con tres personas que rebuscaban en las basuras para ganarse el pan. El huerto radiactivo, junto a un río ennegrecido y en medio de dos edificios de treinta plantas, servía de escondite para los menos agraciados. Aquí nadie sabe qué es la Navidad. Y el que lo sabe, la deforma.





















