Cuchillos japoneses
Ayer acudí a una cena-fiesta en una mansión de un matrimonio canadiense casi septuagenario. Había más camboyanos que extranjeros, cuando en mi querida China una fiesta parecida habría atraído a más expatriados que mandarines, contando con que estos últimos habrían ido travestidos de occidentales. Los nativos, sin embargo, llevaba la voz cantante partiendo de un karaoke obsoleto y terminando por esos contoneos tan particulares en sus formas de bailar. Fiesta amena donde hice inventario.
Empecé ese bonito juego cuando sobre la mesa estaba posado un fabuloso juego de cuchillos japoneses; luego proseguí corroborando de dónde provenían el resto de enseres, alimentos y bebidas: té taiwanés y local, ginebra londinense, tónicas Schweppes, toallas tailandesas, motos niponas aparcadas en la puerta, agua embotellada vietnamita, sal norteamericana, tomate en conserva italiano.
Por defecto profesional reviso la matricula de todo lo que mi vista tiene acceso. Desde que llegué a Camboya y cada vez que salía de China. Y bien, la denominada fábrica del mundo, que a Occidente se le llena la boca de decirlo, no exporta marca propia alguna. Que no quiere decir que las motos niponas o los coches de dónde sean no hayan sido fabricados en China. Aunque claro: bajo las directrices de una empresa extranjera que es al final la que se lleva la mejor parte.
En Camboya, país paupérrimo, con un gobierno militar inclinado hacia el dinero chino, y cuando todos sabemos los precios –y calidades- de los productos mandarines, que se adaptarían a los bolsillos camboyanos a las mil maravillas, no se ve marca alguna china: ni de móviles, ni de motos, ni de coches. Aún busco portátiles Lenovo o esos teléfonos Huawei que algunos periodistas occidentales, tras ser tratados como diplomáticos y en algunos casos hasta comprados con dinero, defienden de manera sucia en sus medios de comunicación convertidos en Páginas Amarillas.
Y ahora la pregunta, que aunque suene a infantil debo realizarla: ¿qué exportaría China al resto de naciones si el denominado primer mundo trasladara sus fábricas a, por ejemplo, el sudeste asiático? No existe marca china que haya calado entre la población mundial. Si acaso en África. Y yo creía que en Camboya. Pero hasta la batidora que compré para casa era tailandesa; que además dice llamarse ‘Matsumaro’ para hacerse pasar por japoneses. ¿Y por qué nadie quiere hacerse pasar por chino?
Luego están los debates célebres del pueblo llano en donde dicen darse por vencidos ya que “todo viene de China”. A ver: los inservibles productos de un euro, que llenan hogares de medio mundo tras haber anegado cargueros dentro de contenedores atestados, no dejan de ser migajas si de verdad China quiere dominar al mundo.
Camboya está llena de carteles indicativos: “Calidad japonesa”, dicen sus leyendas, con la clara intención de atraer a unos compradores que aunque pobres, asumen dónde está la larga vida y dónde las visitas continuadas al taller de reparación.
Dicen los mismos expertos que no fueron capaces siquiera de intuir la crisis económica que China se vendrá abajo, en mayor o menor medida, desde hoy hasta dentro de una década. Sin más carrera económica que mi transito vital debo reconocer que sin crear marca china y sin exportar cultura, idioma y hábitos, China seguirá siendo, a lo sumo, la fábrica del resto del mundo y nunca una potencia económica a tener en cuenta. A los hechos me remito.
Continúan las réplicas
Llevo nueve días fuera del infierno en vida, habiendo huido a tiempo de quedar allí atrapado, envuelto en las llamas de la codicia, el racismo y la falta más absoluta de valores.
Pues bien, aún los rescoldos se animan a reventar mi ánimo, manifestándose en el día de hoy, como los malos espíritus, por el cuerpo de un buen amigo que debía enviarme cinco gramos de azafrán, entre otras cosas.
Un paquete con: discos, fotos y ese azafrán tan preciado en mi cocina, que deberá viajar en la maleta del mismo amigo que hoy se vuelve a España a eso de las Navidades en familia. Pero antes, la historia.
El paquete original, con mis últimas pertenecías, también incluía un hermoso bote de Fungusol –sí, me sudan los pies- y un par de cajas de aspirinas. Pero no, otra vez no, ya que las autoridades de Shanghái –me refiero a los empleados de Correos- notaron “extraño” un bote con polvos blancos y un par de cajas de pastillas. Prueba no superada.
Pero hoy, el colmo; ya que aquella caja amputada de aspirinas y polvos contra los malos olores sí llegó, por otras circunstancias que no vienen al caso, a Pekín, donde ese amigo que antes les narraba intentó, sin éxito, enviármela a Camboya, lugar donde resido en paz y concordia.
Si bajamos el listón de la inteligencia y de la iniciativa hasta el suelo, podríamos comprender que alguien crea que las aspirinas y el Fungusol podrían ser drogas duras. Pero claro: ¿cómo es posible que las hebras azafrán no puedan ser enviadas en una mísera caja con discos y fotos? ¿Es posible que en el país de nunca jamás la desazón traspase fronteras sin siquiera buscarlo?
Miré al cielo azul del hermoso y puro sudeste asiático, conté hasta tres, y acepté que en China es imposible hacer algo simple. Porque la traba forma parte de una sociedad trabada desde el parvulario, cuando por mucho que se esfuercen no llegarán a nada sin un buen enchufe o un marido con ídem.
Narración viajera de los gramos de azafrán: hace dos años comprados en Barcelona, que imagino llegaron desde La Mancha; luego viaje vía Estambul a China, concretamente a Shanghái; intento de recuperarlos hace unos días en Xiamen, pero finalmente llegan a Pekín donde mi amigo se ve imposibilitado de sellarlos con destino a Camboya. Pues bien, esta noche volverán a volar a España, esta vez a Madrid, para que otro amigo en los primeros días del año vaya a buscarlos y los traiga en su maleta a Camboya vía París. Apoteósico. Gracias China, por exhibir tan fabulosas maneras de incompetencia absoluta. Enhorabuena.
El mundo contra el Málaga
Dicen que el que juega a menudo a la lotería tiene más posibilidades de que le toque. Y casualmente hoy, día del absurdo nacional de los niños de San Ildefonso, donde los vagos-ludópatas esperan no que les saquen de pobres, sino que les quiten de trabajar, al Málaga le ha tocado el gordo: al menos un año –podrían ser cuatro- sin poder jugar competición europea y 300.000 euros de multa.
El Málaga ha venido jugando con fuego de manera reiterada, debiendo parte de las fichas del año pasado a su plantilla, negociando con la Hacienda española cómo poder pagar, y enviando pagarés a clubes profesionales que luego eran devueltos por el banco. Sus éxitos deportivos en la Champions, que conllevaban cuantiosos millones de euros como premio, fueron retenidos hasta hace días por una UEFA bastante harta de la actitud de unos clubes españoles, que como buena parte de la población del país, viven por encima de sus posibilidades.
Hoy la prensa nacional informa con retintín, la local con furia de ultra, y hasta el club se pregunta el porqué, como el niño que acaba de romper la vajilla entera y pide explicaciones a un profesor harto de malas actitudes. Pero debemos tratar de ser serios y reconocer que la gestión económica de un tiempo a esta parte del Jeque Al Thani ha sido lo más parecido a lo que acontece a diario en los ayuntamientos españoles: descontrol, falta de previsión, gastos por encima de los ingresos, y nula seriedad a la hora de cumplir los acuerdos y los pagos. Afortunadamente Europa no es España; y por eso sancionan al club. Bastante tendríamos que aprender de ellos.
A mí me emociona ver al Málaga en la Champions. Me he levantado a horarios intempestivos para buscar la página web más adecuada, con señales entrecortadas en medio de la madrugada asiática, como cuando se enfrentó al Milán, entre otros partidos. Pero deberíamos reconocer que fue fraudulento y de apariencia insostenible aquel verano donde los millones de euros se tiraban como el que tira de la cadena tras soltar lastre. Que a mí me hizo sentir orgulloso ver a Van Nistelrooy y Cazorla, entre otras tantas estrellas, con la camiseta del Málaga. Pero claro, aquello apestaba a artificial, como las tetas de Ana Obregón.
Desconozco si la UEFA reculará y perdonará al Málaga. Pero lo que sí deseo es que haya quedado claro que en Europa no gustan las picarescas, las trampas y la falta de seriedad. Que cuando se viaja por el mundo hay que olvidarse de dónde se es y aprender adónde se va.
Y siento lástima de buena parte de los aficionados y de la totalidad de los miembros del club que piensan que Europa –¡qué Europa: el mundo entero!- se ha confabulado para hundir al Málaga C.F.
Deportados y encarcelados
Hace un año que las autoridades de Malasia deportaron a China a once ciudadanos uigures por las vagas acusaciones por parte de Pekín de “separatistas y terroristas”. Uno de ellos, Kubanjan Sirajidin Ahmet Sadiq, que vivía desde hacía más de cinco años legalmente en el país del sudeste asiático, y que además de poseer un restaurante en Kuala Lumpur está casado con una ciudadana malaya, también fue introducido en el grupo de supuestos sospechosos y hoy pena sus días en el penal de Hotan tras una sentencia que le asegura seis años a la sombra.
Xinjiang para los chinos (Turquestán del Este para sus auténticos moradores) es en la actualidad una de las regiones problemáticas para el gobierno comunista de Pekín que ofrece mano dura e invasión de mano de obra ‘han’ a una provincia que amenaza con convertirse en un polvorín.
Los uigures poseen escasísimos derechos en su propia tierra y por ello se ven obligados a cruzar ilegalmente la frontera para escapar de un futuro más que incierto. Eso fue lo que hicieron aquellas once personas que como otras decenas de miles, vagan por otros países donde prefieren ser extranjeros antes que sentirse forasteros en sus propias calles.
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De árboles y manguerazos
Del ramillete de novias que he disfrutado a lo largo de mi vida, al menos dos, me confesaron que cuando iban a mear colocaban a modo de barrera insonora, entre sus vaginas y el charco de agua del váter, trescientos tirones de papel higiénico de doble capa. La razón, inaudita: “Es que me da vergüenza que alguien pueda llegar a escuchar el sonido del pis”; como si aquello fueran provocaciones al Corán en pleno mes de Ramadán. La china que tuve, mucho más ajena a las disfunciones mentales de Occidente, defecaba y orinaba con la puerta abierta. Como tendría que ser.
El papel sale de los árboles; y los árboles se cortan desde tiempo inmemoriales para calentar a los frioleros, confeccionar canoas y construir techumbres. Lastimosamente desde no hace tanto –y especialmente entre el pasado siglo y en el que corre- se devoran bosques para que podamos disponer de papel. Papel higiénico, papel de periódico, papel para empapelar paredes, papel para firmar recibos del banco, papel para demasiadas tonterías.
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Un día sin luz ni agua
Uno no sabe si debería ser siempre así, por eso de recuperar el medio ambiente, pero se te hace raro cuando llevas más de veinticuatro horas sin luz ni agua, con los chorretones de mierda descendiendo por tus antebrazos gracias a ese amago de hippysmo que es el vivir en la jungla sudando como un pollo en un domingo de asador.
Pero claro, una cosa es no tener agua –siempre puedes bañarte en el mar- y otra muy distinta no poder conectar un simple ventilador, de esos de aspas que dan vueltas a tres velocidades, refrescándote solamente la tercera.
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Otro capítulo más de la mafia chino-española
China bate records. Y no sólo en medallas olímpicas o crecimiento de su economía. Bien conocidos son los miles de ajusticiados cada año por la pena capital aunque nadie informe de los millones de casos de cáncer entre una población que no dispone de datos porque el que les envenena es su propio gobierno.
Pero la semana pasada se volvieron a superar todas las plusmarcas cuando la policía portuaria de Malasia descubrió, en un carguero repleto de madera con dirección a China –tampoco convendría saltarse el desastre ecológico de la ‘inversión’ china en África-, el mayor alijo de marfil que se recuerda. Baste decir que él sólo supera a todos los decomisos unidos en lo que va de año. Veinticuatro toneladas de colmillos de elefante que significará que cientos de tan bellos animales habrán sido acribillados a balazos. Pura poesía.
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Mis problemas con Juancho
En mi hermosa casa camboyana, rodeada de montaña, jungla y mar, convivo con Juancho, un fabuloso lagarto de treinta y tantos centímetros, que no sé si era el morador original o si se acopló al hogar tras mi llegada. Repudio a las arañas y me aterran las serpientes, cosa que no me ocurre con Juancho al que he cogido un especial cariño. E informo: en el sur de Camboya, gracias a que no hay alcantarillas, fábricas ni muchedumbre, no existen las ratas.
Pero Juancho anda de uñas conmigo, intentando hacerme la vida imposible por lo que considera un ataque a su modus vivendi. Porque la atracción que nocturnamente ejercen los mosquitos sobre mí me fuerza a inundar la casa de todo tipo de aparatos para ahuyentarlos; y claro: Juancho se ve obligado a pasar hambrunas inenarrables que le obligan a asaltar con nocturnidad y alevosía todo alimento, por extraño que parezca para la dieta de un lagarto, que dejo sobre la mesa de la cocina. Tomates maduros, pan amasado y horneado en casa, guisos que se quedaron reposando tras ser cocinados.
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