Una noche más en el Mikuni
Con un ligero homenaje a esos toreros que desde antes de llegar a la plaza ya empiezan con su eterna ceremonia, ayer me fui a cenar, en plena lío por ese presuntamente fatídico ‘Día de la Rabia’, al Mikuni, restaurante japonés sito en Xiamen, que lleva ya más de una semana sufriendo una falta de clientela que, si no la supera pronto, podría llevarle a su cierre o al cambio de concepto. Para tal momento me fui ataviado con una camiseta comprada hace meses en los almacenes Uniqlo, japoneses, que mostraba serigrafiada sobre mi pecho una botella de Kikkoman, la salsa de soja número uno en ventas a nivel mundial que, como no, fue creada en el Imperio del Sol Naciente. La tercera novela de Yukio Mishima ‘El Templo del Alba’, perteneciente a la tetralogía ‘El Mar de la Fertilidad’, fue mi libro de compañía. Y una par de cervezas Asahi y algo de sake, junto con unos cuantos platos de su menú, terminaron por dejarme un buen sabor de boca en esta guerra estúpida entre China y Japón, en la que por ahora sólo sufren los expatriados japoneses en suelo chino y los chinos que conducen automóviles nipones o trabajan para multinacionales del eterno enemigo. O como en este caso, los que dan de comer cocina nipona.
La tranquilidad fue tal que salí del restaurante convencido de que la prensa exagera las noticias para vivir de ellas y hacer preocuparse al lector. Pero lo que no es menos cierto es que el Mikuni, hasta hace diez días lleno con colas de gente esperando en sus aledaños, se ha convertido en un alma en pena que se plantea ciertos movimientos internos para no morir por inanición económica. Su dueño, originario de una pequeña población de Fujian, me lo explica con detenimiento: “Yo no soy japonés ni me gusta Japón. Soy chino y amo mi país. Pero yo sólo sé cocinar japonés porque residí doce años en Nagoya donde me formé en diversos restaurantes”; ciudad nipona donde se fue de China, aclaro, con una mano delante y otra detrás, para labrarse un futuro que hoy es su Mikuni, señalado por sus convecinos como pestilente. “El sábado vinieron a increparme y el domingo, directamente, tuve que cerrar. ¿Usted sabe cuánto dinero dejo de ingresar y cuánta materia prima tengo que tirar a la basura?“. Mucho dinero, aseguro; sobre todo porque el cliente japonés, 70% del ingreso del Mikuni, exige, por esa dignidad culinaria-alcohólica que destilan, calidad suprema y frescura absoluta en cada uno de sus productos.
Ayer éramos una mesa de dos, nativos, y yo. Tres clientes cuando normalmente suelen dar unas sesenta cenas, sin contar los almuerzos. Noté una baja en el cuerpo de camareros. La chica más jóven y también más alta. Le pudo la presión: “Ayer noche dijo que prefería trabajar en un restaurante chino. Se ha ido sin más. Y hasta que no pase esta tormenta dificilmente podré encontrar a personal que la sustutuya”, se lamentaba Yang, un chino con modales y dejes nipones, al que se le escapó decirme que hasta hace unas semanas no sabía nada de las dichosas islas en disputa, las Senkaku -no Sensaku, que llevo días escribiendo erroneamente- o Diaoyu.
La transformación del Mikuni está siendo dramática. Como un enfermo terminal comienza a perder parte de sus facultades: la televisión, siempre sintonizada en un canal japonés, ayer estaba apagada; y la música, que cuando no se enciende la tele se la hace sonar, no eran grandes éxitos tokiotas, sino desasosegantes cancioncillas chinas, donde uno llega a comprobar la escasa hondura de sus seudo artistas, todos cortados por el mismo patrón: guapos, jóvenes e incultos. Lo peor es que algunos pescados frescos ya no están en la carta. “Si no hay clientes prefiero no comprar los productos más caros”, me dijo un Yang triste aunque contenido.
“Sólo deseo que este problema se arregle rápido. Yo sólo quiero trabajar y ganar dinero. Lo demás no es mi problema”. “¿Y le parece normal que sean sus propios vecinos los que le estén boicoteando su negocio?”, le pregunté mientras abonaba mi cuenta. “Yo no quiero problemas. Sólo trabajar”, sentenció esquivando entrar al trapo mientras me abría la cortinilla de salida donde un inmenso cartel advertía del grave problema: “Por favor, no me rompan el restaurante. Yo soy chino”. Ver para creer.
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Ayer cene en un restaurante de comida japonesa (de duenyo frances) y era un desierto. El sitio esta en una calle de moda de shanghai y siempre, siempre, esta lleno. A ver si ahora nos obligaran a comer en los abrevaderos chinos infestados de MSG!?
Maldita politica!!