Un cumpleaños en Xiamen

He sido testigo directo del ágape que debe ser el que se corresponde con el cumpleaños de un treintañero en Xiamen, ciudad china con cierta belleza, alegría y orden, donde algunos tocan el claxon aunque esté prohibido.

Una mesa de veinte personas, junto al mar e incrustada en un paseo abarrotado de bares y gentes, fue el centro de atención de mis miradas, que no dejaron de entretenerme ante tamaña vulgaridad. Porque gritar ya lo asumo como parte de este destrozo general, pero lo que no acepto es comprobar que los que comían parecieran un regimiento de sarnosos hambrientos el día del juicio final. Baste decir que alrededor de la abuela no se veía baldosa alguna, ante la destreza de la anciana para cubrir el suelo de todo tipo de despojos. Dirán algunos que las nuevas generaciones están cambiando, pero ver al cumpleañero vomitar junto a sus pies no fue, podríamos decir, la mejor manera de ponerle un broche a su empalagosa fiesta.

Una sorprendente seudobanda filipina chillaba a través de los micrófonos por su falta de tino. Para terminar de hundir al fastuoso mundo de la música, nadie tocaba ningún instrumento aunque algunos fueran portados a modo de atrezo. Porque es inaudito que el que vestía con la camiseta de Kobe Bryant, manejara un sintetizador/caja de ritmos/teclado del que salían directamente las canciones enteras, que a modo de karaoke fueron una parte más de la estafa general. La guitarra era un colgante en el cuello del guitarrista; y el bajista sólo hacía por tocar las palmas.

Otro momento cumbre llegó cuando la novia del cumpleañero subió al estrado a cantar el ya manido cumpleaños feliz. Lo triste fue que la dama, a la que no se le sospechaban cualidades en idiomas extranjeros, humilló a la concurrencia y a la historia de su país, interpretando el estribillo cansino en lengua inglesa. Suele pasar: que le das a un chino un pasaporte extranjero y sale corriendo.

Me llamó la atención que unos quinceañeros, que debían ser familia del festejado, brindaran violentamente con lo que parecía ser bai jiu, el licor nacional chino que se asemeja al queroseno. Pensé en mi infancia, cuando en las Navidades me ofrecían copitas de anís que realmente eran de agua. Pero en este caso lo bebido por los infantes debió ser real ya que uno de ellos cayó fulminado a los escasos minutos del atentado paterno. Pederastia alcohólica.

A la hora de pagar, pelea entre el que ya había cumplido años y vomitado, el que debía ser el padre y algún que otro intruso. Para darle humor al momento, estuvieron cerca, dominados por la euforia licorosa, de llegar a las manos. La abuela, mientras, seguía colapsando los accesos a la mesa con restos de alimentos. No sería raro que a esta hora estuviera cadáver en algún hospital de la ciudad.

China cambia por segundos. Y lo que era hace cinco años nada tiene que ver con lo que hoy acontece. Las gentes que han sabido llegar a la clase media son felices. Pero es traumático verlos vestidos con vaqueros americanos, mascando chicle o fumando Marlboro, tecleando sin parar los odiosos iPhones, y gesticulando el ‘Happy Birthday’ con la misma poca gracia que los españoles hablan en inglés. Que a este paso, en esta amenaza mundial no va a quedar resquicio alguno de su historia milenaria. De hecho no quedarán muchos chinos menores de treinta años que no paguen a diario cinco euros por un café falsificado.

Compartir este artículo:
  • Facebook
  • Meneame
  • Live
  • Yahoo! Bookmarks
  • MSN Reporter
  • Digg
  • Sphinn
  • RSS
  • Print
  • del.icio.us
  • Mixx
  • Google Bookmarks

Puede participar escribiendo su comentario a esta entrada o bien conectar con RSS y seguir cómodamente las futuras entradas de este Blog.

Comentarios

Aún no se ha comentado esta entrada. Sea el primero en hacerlo!

Comentarios a esta entrada no permitidos