Pekín y las aguas

Un conductor observa el estado de la carretera, inundada por las lluvias torrenciales en Pekín, China, el 21 de julio de 2012. Al menos cuatro personas han muerto por las intensas lluvias, las más importantes en la capital china en los últimos 61 años. Más de 80.000 viajeros se han visto afectados por las cancelaciones de los vuelos. EFE/FANJIASHAN

Un conductor observa el estado de la carretera, inundada por las lluvias torrenciales en Pekín, China, el 21 de julio de 2012. Al menos cuatro personas han muerto por las intensas lluvias, las más importantes en la capital china en los últimos 61 años. Más de 80.000 viajeros se han visto afectados por las cancelaciones de los vuelos. EFE/FANJIASHAN

Tras dos semanas bajo el impenitente dominio de la capa tóxica que envuelve en regalo tétrico esta ciudad imperial, entre la noche del sábado y la madrugada del domingo cayeron sobre Pekín la mayor cantidad de agua desde hacía sesenta años. Eso dicen las estadísticas, que los estadísticos asoman el morro en momentos como éste. 37 muertos y alguno más que aparecerá entre la hecatombe de una ciudad, como otras tantas del llamado progreso mundial, incapaz de adecentar su alcantarillado, que pasto de la mierda acumulada en forma de desechos de todo tipo y cantidades ingentes de hojarasca, no pudo tragar toda el agua que se nos venía encima. Además, esa lluvia torrencial que en algunos momentos me hizo dudar hasta del edificio de alta gama que me permite dormir en estos días pekineses, venía aderezada con todo tipo de metales pesados y demás cánceres en suspensión. Porque en China los niños no calcan a los de mi infancia malagueña, donde ante cada llovizna abríamos la boca poniéndola de cara al cielo con la sana idea de beber de su pureza. Aquí, sin embargo, infantes, adolescentes, hombres hechos y derechos y ancianos, cada vez que algo que moja cae del cielo, corren despavoridos a cubrirse con lo primero que tienen a mano así como a los que les pilla en sus hogares o cerca de ellos no salen ni a por arroz.

 Un transeúnte camina en una calle inundada después de fuertes lluvias hoy, sábado 21 de julio de 2012, en Pekín (China). Cuatro personas murieron y 80.000 viajeros se encuentran atrapados en el aeropuerto debido a la cancelación de vuelos y falta de acceso a caminos. Ha sido la jornada con lluvias más fuertes en la ciudad durante 61 años. EFE/Jason Fan

Un transeúnte camina en una calle inundada después de fuertes lluvias hoy, sábado 21 de julio de 2012, en Pekín (China). Cuatro personas murieron y 80.000 viajeros se encuentran atrapados en el aeropuerto debido a la cancelación de vuelos y falta de acceso a caminos. Ha sido la jornada con lluvias más fuertes en la ciudad durante 61 años. EFE/Jason Fan

Al chino se puede decir que no le fascina el agua; además, no suelen saber nadar, ejercicio éste que comienza a florecer entre las pudientes nuevas generaciones y sus hijos, los nuevos ricos que se ganaron la papilla importada sin haber movido un solo dedo. Por ello, veinticinco de los fallecidos lo fueron por ahogamiento. Además, seis perdieron la vida por el derrumba de sus casas, cinco electrocutados y uno por el impacto de un rayo. En mi zona residencial, las avenidas eran ríos y los coches menos llamativos eran tropezones en su cauce, aparcados de aquella manera ante la inutilización de sus motores por parte de unas aguas que tapaban hasta los capós.

En el flamante aeropuerto internacional de Pekín, inaugurado a bombo y platillo hace cuatro años coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos, 80.000 personas tuvieron que pasar la noche ante la situación en la que había quedado el edificio, islote rodeado de agua. Se cancelaron miles de vuelos y ciertos trenes o no salieron o lo hacían con retrasos. Resumiendo todo podríamos decir que el caos fue absoluto, reflejo de la violencia de la naturaleza, y del afán de este país en seguir creciendo violentamente con pies, tobillos, gemelos y hasta rodillas de barro. Porque si de record fueron las aguas caídas no hay que olvidar que el desarrollo de China se asienta en una plusmarca mundial que seguramente mantendrán hasta el resto de nuestros días.

El domingo amaneció triste: noticias sobre muertos y desaparecidos y restos de todo tipo de vehículos esparcidos por las calles. Las bicicletas y esos dichosos carritos tirados a pedales, que ayudan a que el tráfico en China sea estremecedor, fueron las más afectadas por las crecidas de unas calles y carreteras bajo el agua.

Lo que sí fue milagroso fue despertarme con los cielos más azules y brillante que mis ojos habían visto en Pekín en años. Se podían dibujar las nubes así como tocarlas con la imaginación, en una soleada mañana que aguantó casi pura hasta que cayó el sol. Lo malo, hoy lunes, con la apertura de las fábricas y la vuelta del desasosegante tráfico al embotellamiento general pekinés, que han hecho que ese milagro celestial sólo haya durado unas horas. Vuelve a dominar el gris. La matanza pectoral continúa.

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