Eurobrote

Que no Eurobote. Ese torneo ludopatizado en donde toda Europa puede jugarse sus monedas –algunos sus cuartos- mientras los organizadores agradecen la participación dándole a uno sólo de los participantes una bolsa con, generalmente, diez millones de euros. Muchos hablan de los ‘nuevos ricos’, pero nadie lo hace de los ‘nuevos millonarios por el Eurobote’. Las suites acabarán inundadas de parias. Y los divanes.

El Eurobrote, sin embargo, ha sido comprobar cómo las audiencias televisivas, en consonancia amistosa con los cinco millones y pico de parados –y subiendo-, ascendían hasta el record absoluto de nuestra lamentable historia: casi dieciséis millones de desesperados bufanderos con aires de entrenadores que sólo dejaban de mirar la pantalla ante el parpadeo usual y la incontinencia habitual. En ambos casos, el volumen adiestrado suplía las carencias visuales.

Hace ya años que ocurrió aquel desliz que nació en ocurrencia: “La situación económica está teniendo unos brotes verdes y hay que esperar a que crezcan”, decía la Salgado ante las órdenes pertinentes de ZP. Hoy los únicos brotes verdes que se me pasan por la cabeza son la voraz ambición campeona de la selección española de fútbol, y ya, hilando demasiado fino, el miembro viril del ‘Increible Hulk’, que sin saber si era verde o de otro color, es lo único que puedo asociar a aquello junto a los títulos de los Iniesta y compañía.

Leo a menudo a no pocos columnistas –como escucho a numerosos opinadores/tertulianos- quejarse del bajo nivel de la muchedumbre, que sólo es tenida en cuenta –y a veces ni eso- cuando sale a la calle -en horario, como no podía ser de otro modo, de máxima audiencia- o enciende el aparato televisivo –sorprendentemente en el mismo horario-. Porque es intrascendente que sigan dándole a la tecla para recordarnos que sólo padecemos por el fútbol, y que no es de recibo que otros atentados contra el mismo sujeto –menos sanidad y aún menos educación- sean pasados por alto por una población convertida en peña rociera.

Seguramente hasta la Preysler (y la ex ministra Salgado) sintonizó en algún momento la paliza a los italianos. Porque España vive sumida en un sueño que culmina en los vestuarios del Camp Nou. Porque así nos educaron en la escuela: con un recreo, a veces interminable, colmado de porterías de fútbol reales e imaginarias, y bocadillos secos de mortadela con aceitunas.

El único brote positivo que ve España surgir –y con extrema fidelidad- es su audiencia futbolística, que incluso en la fase de ascenso a Segunda B, se adivina como el repunte real de una sociedad anestesiada, que sigue yendo a buscar el pan diario a unas oficinas insultantes (el INEM) con la bandera del Estado y las colas de su pueblo.

Es bueno que España gane. Aunque sólo sea en fútbol. Y que su pueblo lo mire. Pero no es convertible comprobar que mientras las audiencias televisadas de dramas teledirigidos –fútbol, teleseries, Gran Hermano, debates… – ascienden como si nada, la venta de libros en España haya caído un 10%. Dato de hoy.

Mantengo que los vicios son el currículo de cada uno. Como que la libertad es nuestra razón de ser. Pero no deberíamos aceptar que todo el país fuera medio yonqui –o directamente drogata- así como futbolero hasta la extremaunción. Porque si en la mayor crisis de nuestra triste historia democrática sólo se baten records con las audiencias televisivas (y futbolísticas), yo advertiría que nuestro deterioro sólo será fulminado el día que España vuelva a ser eliminada en Cuartos, y los platós televisivos sean quemados a lo bonzo para dejar paso a reportajes enlatados de Félix Rodríguez de la Fuente.

Porque un brote verde nunca fue un título de un grupo a jalear entre millones de personas; sino más bien lo contrario.

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