El periodismo y las azucenas
Mantuve ayer una conversación con varias personas a la vez, estando yo en Camboya y ellos repartidos por el ancho mundo. Internet tiene esas cosas. El tema de conversa, una continuación a mi texto de ayer en donde tras exponer nuestros pensamientos sobre la prensa escrita, llegamos todos –o casi- a una misma conclusión: el periodista tiene mucho que ver en lo que hoy padecemos los lectores y padecen ellos.
Sin ir más lejos, hoy casi todos los medios nacionales –aquéllos que editan sus periódicos en papel, algunos centenarios- abren sus ediciones en internet con dos sablazos a la carrera de periodismo y sobre todo, al lector: ‘Sara Carbonero, el penalti e Iniesta’, y ‘La Pantoja en el banquillo’.
Me imagino que nunca en la historia alguien se podría imaginar semejantes absurdeces copando alguna portada en papel que no fueran las del ‘Hola’ o el ‘Semana’. Pero hoy, gracias al supuesto avance de las nuevas tecnologías, podemos abrir el diario que nos apetezca y encontrarnos con atentados al buen gusto, y sobre todo a la inteligencia.
Ayer un periodista me hablaba del intrusismo general como la causa mayor a la hora de asumir las horas bajas en las que viven los medios. Decía exactamente que, “con internet nos han vendido la idea de que cualquiera puede ser periodista. ¿Quién necesita a un periodista que necesita horas o días para trabajar una historia, contrastar fuentes y cuidar el lenguaje en la era de los posts? Y ese proceso creciente y gilipollas de la ultrademocratización: la pescadera de la esquina puede ser periodista hoy y mañana decidir la condena de un tipo en un jurado popular. Y quizá pasado pueda intervenir a corazón abierto para democratizar la medicina”.
Yo, que no estoy de acuerdo en sus argumentos, puedo asegurar que no existen muchas profesiones en donde la pescadera de la esquina pueda meter la cabeza. Por ello, sería interesante saber el porqué de ese supuesto intrusismo que sacude una profesión venida a menos. Yo estoy seguro de que ningún Chef en condiciones tendría el menor motivo de preocupación porque un periodista –o una pescadera- se pusiera a cocinar. Incluso si abriera un restaurante. Lo mismo ocurre con la pescadera de la esquina, que nunca llegará a operar de corazón aunque sí podría, según sus aptitudes juntando letras, llegar a poseer un espacio de opinión y reflexión con multitud de seguidores.
En la introducción de Joaquín Forradellas a la obra de teatro de García Lorca, ‘La zapatera prodigiosa’, que estoy leyendo, se recogen unas declaraciones del poeta que describen muy a las claras sus sentimientos sobre el periodismo. Corría el año 1936, cuando Lorca, para defender sus obras, analiza a los que escriben mal las suyas como “mala literatura de periódico”. Y no debe quedar ignorado semejante detalle que ya descubre la inercia negativa de una profesión que hoy se ha convertido, en parte, en una estafa.
No es de recibo que el periódico impreso dé las noticias que el día anterior uno leyó en internet. Pero es aún más abominable, que con las nuevas tecnologías abiertas de par en par, el 90% de los medios –a veces todos- se dediquen, en una carrera de sacos sin meta a la vista, a fusilar teletipos de agencias que al lector le hacen un daño terrible. Porque es duro leer la misma noticia en diferentes medios al mismo tiempo.
Hoy, muchas ediciones digitales, en vez de a periodistas con experiencia contratan a becarios; si no a programadores informáticos, que corren más que tres redactores juntos, y que posicionan al periodismo español del siglo XXI en un cubo de la basura con su tapa herméticamente cerrada. Como mandan los inspectores de sanidad.
Pero algo debe quedar claro: mientras exista el coraje uno puede llegar a ser lo que se proponga. Y muchos de los que prefieren fusilar y mirar la hora para apagar el ordenador y marcharse a casa, tienen la opción de llenar la grabadora de declaraciones y la libreta de apuntes. Sólo así se podrá girar la tortilla periodística que hoy sólo genera aburrimiento. Porque al paso que vamos, el papel desaparecerá y las ediciones digitales pasarán desapercibidas, salvo para esos mostrencos que se dedican, mientras no hay trabajo, a comentar cada noticia con más faltas de ortografía que palabras, en dura pugna por el periodista en ver quién cae más bajo.
Kapuscinski, que escribía como los ángeles, no esperó a ver su nómina alta para pasar a la historia. Porque como decía Lorca, “hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas”. O si no, la pescadera acabará escribiendo crónica política.
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