Dignidad marinera
La pobreza te hace más digno; aunque sea por obligación. De ahí que comer en el sur de Camboya, exactamente en Kep, donde su costa no permite a los parias del mundo freírse bajo un sol de justicia, sea un verdadero lujo asiático. En Kep, con aguas limpias aunque con las orillas llenas de piedra y jungla, no hay parásito social que se juegue sus vacaciones. Aunque en sus locales coquetos sirvan comida como debería ser siempre: seleccionando lo que da el mar y la tierra más cercana; y no importando cajas con sospechoso marisco ultracongelado.
En Málaga ocurre. Mal que les pese a algunos. Que con tan inmenso mar y cocina marinera, el 99% de los productos que se posan en las casas y restaurantes provienen de países tan lejanos como China, Namibia o Argentina. Que ya hasta el aro de calamar que manchamos de alioli baila tango.
Luego uno se pasa por las casas de comida más emblemáticas, y siente pena –a veces vergüenza- por la manipulación excesiva de unos responsables que dinamitan nuestra cultura aprovechándose de la misma mano que les da de comer. Chopitos tunecinos, adobo (fletán) canadiense, doradas de piscifactoría, merluzas africanas… aunque todas expuestas en unas barcas que si hablaran pasarían a la historia.
Para ver trasiego de compra-venta de pescado realmente fresco, y recolectado en aguas malagueñas, ya ni siquiera uno puede acercarse al Puerto, sino que debe coger el coche y apearse en La Caleta de Vélez, donde los últimos cuatro locos que mantienen la tradición (trabajo), dignifican el significado de la palabra ‘lonja’. Que parece mentira que tenga que ser Madrid, sin salida al mar, la mayor lonja de España y segunda del mundo, tras la majestuosa exhibición marinera de Tokio, donde el pescado recién capturado, y agonizante, parece sonreír ante tanta profesionalidad.
En Menorca, donde también residí, más de lo mismo. Y eso que allí no hay carretera que les invada, ya que están rodeados de puro mar por los cuatro costados. Y sí, la langosta de la zona, así como la gamba roja –primorosa-, el ‘cap roig’ (cabracho) y el gallo San Pedro, surten los mercados de una materia prima que supera incluso a la de Málaga. Pero en su haber, un debe: las cantidades, pírricas y caras, asustan a la inmensa mayoría de los hosteleros menorquines, que prefieren rentabilizar sus ganancias con langostinos tailandeses, pescados blancos de las costas indias, y feas especies de la lejana China, que sólo consiguen llevar sus productos a lugares tan marineros como Menorca por una razón: el precio.
En La Boquería barcelonesa, el mejor mercado de España convertido en circo para autistas, digo turistas, buen producto aunque casi todo pescado meses atrás y enviado en inmensas congeladoras sobre el mismo mar donde ellos vivían.
En resumen: España, en la mayor crisis desde la Guerra Civil, no ha dejado ni siquiera con opciones de valor a sus frutos del mar, hoy procedentes del mundo entero para sonrojo del que escribe.
Por eso empezaba este texto advirtiendo de la dignidad del pobre –no del que sólo está en crisis-, por ese milagro de confeccionar cartas sólo con los cangrejos que seleccionan a diario de sus bateas, con sus gambas flojas pero pescadas enfrente de sus costas, con sus calamares recolectados cada mañana, y con sus barracudas de lomos altos, blancos y gloriosos, siempre que los hagan a la plancha.
En Camboya, uno de los países más pobres del mundo, sus habitantes comen lo que les da la tierra y el mar. Tampoco beben Evian. En España, como en muchos otros países, no sabemos lo que comemos, así como vacilamos de mariscada cuando hasta el pulpo fue arponeado en las costas de Agadir.
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Puedes comprar atún rojo pescado ilegalmente por chinos en aguas del Mediterraneo…producto de la tierra, sí señor!!
http://www.elmundo.es/elmundo/2012/05/31/natura/1338484791.html