Desaparecer
Si David Lynch se pudiera reencarnar en un nuevo niño con inquietudes, probablemente tendría que reaparecer en la actual China, paraíso de las oportunidades para guionistas de psiquiatra e inquietos. Porque ese inmenso país ofrece una variedad autóctona de historias paranormales, que allí por habituales, no dejan de producir en mí una estupefacción superior a la que el pueblo español sintió cuando descubrió que su futura reina podía ser plebeya y divorciada.
Porque no es de recibo, que en la violenta política del ‘hijo único’ –violenta porque sólo los que pueden pagar tienen derecho a traer más de un vástago al mundo- una mujer sea obligada a abortar después de siete meses de gestación, secuestrada previamente de su propia casa, a la que le habían impuesto una multa estratosférica –unos 40.000 yuanes, alrededor de 5.000 euros; recordemos que en el campo la gente no suele ganar más de 500 yuanes, 60 euros al mes- que, por supuesto, nunca podría haber llegado a pagar. Hu Jintao, presidente del país, posee a la parejita. Y eso que cuando él cabalgaba como el jinete del apocalipsis, la locura maoísta estaba aún en cotas más altas de derroche de odio y cumplimiento a rajatabla de leyes absurdas.
La cuestión es que tras asesinar a un bebé más que formado y haberlo posado en la cama de la recién abierta en canal –según los responsables de la política provincial del ‘hijo único’ era la mejor forma de que la madre aprendiera a no tener más hijos-, el gobierno de Shaanxi no le quedó más remedio que cesar a tres de los supuestos responsables. Aunque claro, todo este paripé fue conformado gracias a que alguien fotografió a la madre y al bebé muerto, con la boca abierta, expuesto sobre la cama como un trofeo de caza.
Pero ahora ha llegado lo mejor. Porque tras reconocer los responsables públicamente que “algo había fallado”, no han pasado ni dos semanas cuando el padre de la criatura ha desaparecido. Y residiendo en China no hace falta ser muy listo para asumir que Deng Yiyuan, de 29 años, debe estar recibiendo inyecciones de cianuro, palizas eléctricas y a la vez, siendo rociado con una manguera ‘Made in China’ que lanza, a las heridas recién abiertas, millones de pulgas a 300 km/h. Porque así se las gastan los que ya nos están supervisando la agenda mundial; los que organizaron unos Juegos Olímpicos con sangre ajena hasta en los sobacos.
Sobre este atentado que no era asumible por el hombre desde la Edad Media informa, como no podía ser de otro modo, un diario que no se edita en China. Porque es el ‘South China Morning Post’ el que permite que los desgraciados que son apaleados en China -¿Millones? ¿Decenas de millones? ¿Centenares de millones?- tengan voz y voto. Aunque cada vez menos. Ya que cada vez es más grande la sombra del gobierno de Pekín en la ex colonia británica.
Recapitulemos: mujer secuestrada, obligada a abortar en condiciones animalescas el séptimo mes de gestación, a la que le colocan el bebé ensangrentado para pasar el postoperatorio, y a la que ahora le desaparece el marido, el cual sólo exigía clemencia. Piedad. Humanidad. ¿Algún palestino al que le han asesinado a siete miembros de su familia sería capaz de hacer eso contra un militar israelí de alta graduación?
Se me olvida algo. Y no es moco de pavo: un centenar de vecinos de la ciudad donde éste drama aconteció –Ankang, provincia de Shaanxi- llevaban días manifestándose –curioso: en China está prohibida la manifestación- con pancartas bien redactadas –curioso: en el campo el analfabetismo es sobrenatural- en las que recriminaban a la pareja su actitud (¿?) y les gritaban “traidores y desagradecidos”. Una muestra más del nivel de podredumbre social, de la imponente fuerza que genera el PCCh, y de la nula caridad de una población que sería capaz de matar a su propia madre –Confucio, ¿dígame?- por un iPhone falso.
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