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Revolución industrial, yogures azucarados, arcenes asfaltados, medicina química, utilitarios veloces, tangas, carmín exagerado, vino de mesa, domingos de misa, centrales nucleares, desodorantes en aerosoles, ordenadores portátiles, psicólogos, psiquiatras, diarios gratuitos, diarios manipulados, chicles salpicaderos dominados por la cutrez, play-back televisado, modelos mortecinas, calcetines de rombos, sujetadores con relleno, abrevaderos seudoalimenticios (buffets), salchichas anaranjadas, cepillos de dientes para uso bucal, dentífricos mentolados, enjuagues bucales, coloretes contra la quimio… y ahora: persecución policial a negros con resultado de muerte (de uno de ellos) en comisaría.
Cantón (Guangzhou), es una de las más importantes desembocaduras del progreso chino, que por mediación del desagüe, otrora Río de la Perla, muestra al mar –y al mundo- sus amenazas: cadmio, plomo, aguas amarillentas, nativos tirándose fotos en las riberas cancerígenas…
Y allí, en ese sembrado copado por doce millones de habitantes, en donde algunos se empiezan a preocupar por aprender mandarín para dejar el cantonés para andar por casa, y a tiro de piedra de la digna y británica Hong Kong, donde aún apestan aquellos recientísimos Juegos Asiáticos –algo así como unas Olimpiadas para parias con dorsales ladeados sin audiencia-, se han levantado sin armas, una multitud de negros que, concentrados en la solidaridad por la muerte de uno de los suyos –en China sólo se unen si Japón tuvo algo que ver con el fallecido local-, solicitan justicia ante una aberración que hace ya medio siglo dejaron de padecer los negrazos estadounidenses, que hoy, aunque sigan escorados, pueden hasta triunfar en la NBA, que en China, como no podía ser de otro modo, su liga de baloncesto cutre se llama CBA. Ojo al dato. Por cierto, tienen a un presidente casi negro: Obama.
La policía, por supuesto, escurre el bulto, y nunca mejor dicho, asegurando que el fallecido, seguramente treintañero, lo hizo por causas naturales. ¿Polución? ¿Jet-lag? ¿Tensiones coronarias tras un visado denegado? ¿Vudú?
En Cantón, puerto y ciudad más importante de la china baratija del sur –Hong Kong se sale de cualquier presupuesto africano-, decenas de miles de subsaharianos intentan buscarse la vida llevando a sus tierras productos básicos que a miles de kilómetros de distancia, con sus idas y vueltas, siguen siendo más baratos, aunque siempre peores.
Mònica Bernabé, periodista de raza que deambula entre la vida y la muerte del callejero afgano mientras le da a la tecla para el diario El Mundo -¡y desde hace cinco años!-, lo explicaba en un asombroso video que visualicé ayer: “Los burkas que hacemos aquí a mano están en crisis, ya que al venderse a la mitad de precio de los que vienen de China (cinco euros) –comentaba el triste sastre- los nuestros no se venden. Luego los chinos duran tres días, ya que se deshilachan y desmontan, pero a la hora de comprar se sigue buscando lo más barato. Y más en Afganistán”.
China, racista sin compromiso, muestra sus cartas con la misma chulería que un etarra quema la bandera española el día de las fiestas de su pueblo. Porque a China no hay quien la pare; y menos cuatro mil negros tirándoles piedras en el distrito de Sanyuanli.
Según me informan fuentes cercanas, en Pekín ocurrió algo parecido hace escasas semanas. Las aguas, al parecer, se templaron cuando llegaron decenas de coches con intermitentes repetitivos y tipos uniformados. Siempre lo he dicho: en la capital china buena parte de los inmigrantes africanos –esencialmente los de Nigeria- pasean sin dudar gracias a turbios acuerdos con la policía, esencialmente la de Sanlitun. Porque en el millonario negocio de la droga –con los diplomáticos subsaharianos metiéndose por el medio- unos pueden vender, y a la vez, hacer de chivatos, la gran necesidad del PCCh: saber qué hacemos. Sobre todo cuando el 99% de los farloperos son mediocres occidentales que se creen que están delinquiendo en el patio de su casa, sin moros en la costa. ¿Alguien, por cierto, ha visto en las inmediaciones de Pekín a, al menos, cinco nigerianas? Lo digo porque se calculan que como poco son ya 50.000 los nigerianos machos que viven de surtir insomnio a los parias europeos. Y esa falta de equidad sólo me huele a una cosa: a chamusquina.
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Hace poco en una fabrica de muebles en Guangzhou China, he visto como minimo a más de 50 africanos trabajando, que ahora hay crisis en España pues todos los simios a china xdxdxd.