Apostolado

Hasta que China no nos termine de echar el lazo no sabremos cómo seremos tratados por la nueva superpotencia. Lo que sí conocemos es cómo se portan con sus respectivos, en una clara muestra de masacre humanitaria que es pasada por alto por Occidente y su propio pueblo. Pero mientras no lleguen a intimidarnos, actúan a modo de prueba con una serie de diarios y televisiones en inglés –en China, como en España, no habla inglés ni Rita- que tras poco discernir puedo asegurar son extremadamente ridículo-escolares.

Como en sus medios en mandarín, éstos en inglés no cejan en su empeño de mostrar la buena cara de China, ocultando todos y cada uno de los desmanes que por aquí acontecen. La propaganda, imparable e impagable, se basa, generalmente, en estos tres puntos de unión: Tíbet, la política interna y el dueto del odio que forman Japón y los Estados Unidos. Li Feng, que firma una tira cómica en el ‘China Daily’, osó dibujar hace un par de días a un estudiante americano que tras graduarse, está a punto de saltar por un precipicio que representa el trabajo en aquel país. Para ayudarle a tomar la decisión, una inmensa bola negra donde se lee ‘crédito a los estudiantes norteamericanos’ está a punto de empujarle.

Reírse de las desgracias ajenas es un buen método cuando se quieren ocultar las mediocridades propias. Conocí a un profesor universitario en Hefei, de cuarenta y tantos años, padre de familia, que ganaba 1.200 yuanes al mes, algo así como 150 euros. Hace poco salió a la luz el caso de diversas profesoras de primaria en colegios básicos de la paupérrima provincia de Guizhou, con sueldos, ojo al dato, 500 yuanes al mes, sesenta y tantos euros. Para estos casos nacionales, ni chistes, sólo ocultación; mientras, se levantan estadios de fútbol en países como Mozambique, con el único fin de ganarse a las dictaduras de turno. Estadios con costes de decenas de millones de euros.

En sólo dos días la retranca ultranacionalista está utilizando las páginas de opinión del ‘China Daily’ para intentar lavar la cabeza a los escasísimos extranjeros que en zonas colapsadas de ‘lao wai’, tales como la Concesión Francesa de Shanghái o Sanlitun en Pekín, leen tan mediocres panfletos. Que dudo mucho que esos expatriados, con sueldos gigantes, bonos, casas, chofer y ayi, puedan caer en la trampa del apostolado ex comunista, hoy ultra capitalista.

Chen Yanqi, en su columna de hace dos días titulada, ‘Como los británicos crearon el caso tibetano’, nos contaba de una manera surrealista la historia del Tíbet, que según dice fue china por los siglos de los siglos pero nunca justifica cómo es posible que en ese caso el gobierno del PCCh les permita ser una ‘región autónoma’. Que aunque todos sabemos que allí manda Pekín no deja de ser curioso cómo se permite a zonas supuestamente tan chinas dar ese primer paso para la independencia.

El artículo, que pareciera escrito por un teniente coronel en pleno proceso bélico contra el Imperio Británico, miente en muchos aspectos así como evita comentar el deseo del pueblo tibetano, que no es otro que la independencia, que además tiene mucho que ver con el trato que reciben de los invasores ‘han’. Porque me apuesto trescientos millones de peniques, a que si mañana Tíbet pudiera elegir ser china o ser británica, o ser china o australiana, elegirían cualquier opción que no tuviera que ver con la jauría de Pekín. Tampoco hay que irse tan lejos: ningún gibraltareño como ningún habitante de las Falklands, preferiría ser español o argentino antes que inglés.

Pero hoy, continuando con una campaña imparable en los medios, Zhu Yuan, que se identifica como escritor y que lleva tiempo colaborando con el mismo diario, el ‘China Daily’, se descuelga con otro artículo aún superior en saña al anteriormente comentado. Éste, que lleva por título, ‘El Tíbet real no es un museo’, intenta justificar la invasión ‘han’ en la región tibetano como “un flujo natural de personas que se mueven en libertad”. Curioso. Lo digo porque tanto el tibetano como el uigur, tienen, por lo general, prohibido el salir de sus poblaciones, además de que les son retenidos sus pasaportes, si es que alguno pudo sacárselo. De hecho es típico que cada año, con las temperaturas menos agresivas, miles de tibetanos, hartos de la represión china, se lancen Himalaya arriba para, jugándose la vida, llegar hasta la India esquivando los controles de un país que dice “deja circular libremente a sus ciudadanos”.

Zhu Yuan, que debe cobrar del Estado y del Partido, justifica la imposición de la enseñanza en lengua ‘Putonghua’ sin caer en un importante detalle, como es el justificarnos cómo es posible que una parte de China, que según él está llena de ciudadanos chinos “por los siglos de los siglos”, no conozca la lengua que podó Mao Zedong así como no reconozca ni un solo de los caracteres.

A día de hoy, y sin lugar a dudas, Tíbet pertenece a China. Pero no debe olvidarse cómo se ha llegado a esa situación: por unos intereses imperialistas –que ríete tú del Reino Unido- que buscaron ampliar fronteras y ganar en kilómetros cuadrados y recursos naturales.

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