Limpiando la moqueta

Ayer noche me desperté en demasiadas ocasiones. La sensación en la suite donde habito –aclaro que por circunstancias temporales, laborales y afectivas de la compañía hacia mí- era decrepita: pulsaciones alteradas, aire acondicionado irritante, acidez estomacal. La verdad es que con las primeras luces del alba, como si el tornado ya se hubiera alejado, quedé planchado hasta las ocho y media, momento en que salté como un resorte ante la luminosidad de un nuevo día contaminado. ¿Habría perdido el sentido del tiempo? ¿Serían las doce?

Pero al salir noté que algo raro pasaba. Mi vecino de habitación, al cual no tenía el gusto de conocer, habría hecho alguna gorda, ya que me encontré delante de su puerta a un policía y a la directora del hotel. Bajé a desayunar como el que sube de desayunar, volviéndome a darme de bruces junto a su 2405, a una retahíla de uniformados. Algo ocurría, eso estaba claro. Por lo que mientras me lavaba los dientes con dentífricos minúsculos barruntaba todo tipo de historias: muerte natural de viejo adinerado, cincuentón viciosete con cirrosis terminal, pajillero cantonés ahogado con su propio calcetín, o asesinato fílmico-peliculero.

Volver a pasar por el pasillo, delante de su puerta, fue el drama mayor, ya que gente llorosa deambulaba cariacontecida. Miembros del hotel atendían a los afectados. Mientras accionaba el botón del ascensor otro se iba con un equipo médico que más bien parecía otra broma china de mal gusto: gentes de calle, atontolinados, con chaquetillas sin abotonar de algún hospital indescifrable. La que cargaba con un juego de cables, seguramente para reanimar al paciente, miraba al techo; la que llevaba ese simplísimo mecanismo que te advierte de si hay pulsaciones o no, me sonrió. Yo comencé a asustarme.

Como la curiosidad mató al gato, no tardé más de una hora en volver a ascender hasta la planta veinticuatro. Pero ya fue tarde: dos decenas de policías y personal del hotel habían bloqueado la salida del elevador. “Vuélvase, por favor. Ha habido un problema”, me dijo una dulcinea; “¿Qué problema?”, repliqué.

Haciéndome pasar por inteligente llegué al quid de la cuestión. Porque ser morador de la planta donde acontecían los hechos ayuda en este tipo de delitos curiosos que quieren ser sacados a la superficie. “Ya sé que ha muerto mi vecino, ¿pero de qué?”, le dije a una señorita de esas que hacen las habitaciones; “Mi compañera me ha dicho que le descubrió durmiendo lleno de sangre. ¡Se ha ido a casa llorando!”, me contestó; “¿Quién se ha ido: el que sangraba o su amiga?”. No estaría de más conocer cuándo deberá volver la afectada a su lugar de trabajo; que por estos lares no se estilan los sindicalismos, así como las ayudas al afectado.

Finalmente el drama fue certero. El nuevo cáncer que asola China. La tragedia del progreso bebido a quintales. Un treintañero, que aún residiendo en la misma metrópoli –hagan las conjeturas que deseen- se alquila una habitación en el hotel más caro de la ciudad para aparecer ahogado en su propia sangre. Las cenas copiosas, ultra picantes, envenenadas; las aguas contaminadas, las minerales falsas; los alcoholes adulterados; los cigarrillos por decenas. El chino adinerado, como el niño que recibe diecisiete juguetes de golpe, no sabe administrarse la dosis de alegría, por lo que se ahoga en el placer efímero del pobre con sombrero de solapa ancha. Si hubiera tenido veintisiete años además de ser músico famoso, una turba de periodistas habrían alquilado sus habitaciones lo más cerca de la suya. Que hoy día, en este mundo plano y táctil, según con los años que fallezcas puedes pasar a la historia. Y el número caliente de hoy es el veintisiete.

¿Cómo muere un joven si no es por enfermedad generada por la polución extrema o por un accidente de circulación? ¿Por vicio? ¿Por infarto? ¿Por genética? ¿Por nacionalidad? La de recepción me dio un par de pases de pecho; luego la empitoné: por mentirosa. “Le he dicho que ya está todo arreglado. Puede volver a su habitación”; “Le he dicho que mientras limpian la moqueta de sangre y cambian el colchón, con una planta vacía de clientes, prefiero cambiar de habitación”.

Un muchacho disfrazado de botones me acompañó a mi estancia, la cual deseché por un habitáculo estándar lejos de la influencia de un pasillo que apestaba a ambientador cutre, evitando el olor a humano fallecido. La gracia definitiva fue comprobar, mientras me llevaba mi maleta por la escalera de incendios –la planta 24 seguía clausurada para los viajes elevados-, que los responsables de cargar con cadáveres, llenan con pisadas sanguinolentas unas zonas comunes que en china, siempre, suelen ser homenajes a las Sarajevo y Mostar más destruidas.

Mi nueva habitación asusta poco. Al menos no tengo que escuchar a un tipo con la secadora y a otro con no sé qué máquina, que andan preocupados en hacer desaparecer charcos de sangre que hasta hace sólo unas horas surcaban las venas de un previsible chino millonario. Cómo es la vida. Y la sangre. Que en el momento menos esperado en vez de bajarte a la entrepierna te ahoga la garganta. Morir, ese eterno dilema que persiguen los suicidas y esquivan los que creen en la familia. Descanse en paz.

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