ADN cobarde
Un ciudadano estadounidense, trabajador de la Embajada americana en Pekín, fue atacado el pasado nueve de junio en la discoteca Elements, sita en los aledaños del Estadio de los Trabajadores. Testigos presenciales confirman que aparentemente el herido no cometió provocación alguna antes de ser golpeado con un objeto punzante en la cabeza que le dejó inconsciente en el suelo. Luego fue rematado por media docena de personas, todas chinas, en donde se incluyó un gorila de la misma discoteca, centrándose todos ellos en patear su cabeza. No es la primera vez que un trabajador de la embajada americana sufre un tipo de agresión como ésta; ya en septiembre de 2010 un caso parecido salió a la luz, donde sin volver a mediar provocación alguna, se golpeó y robó a otro ciudadano americano.
He estado mirando en diferentes foros en internet, con la ayuda de personal nativo, y según parece la noticia es tal y como la da la web shanghaiist.com. Según supuestos testigos el pateo general llegó cuando un grupo de chinos que salía de la discoteca gritaron: “A por el lao wai (extranjero)”. De ello se desprende que el gorila se animara a disparar su bota militar contra la cabeza del americano. Que con tanto odio (ignorancia) aprendido en las escuelas nacionales es absolutamente normal que se produzcan este tipo de animaladas.
En esta debacle incendiaria que han generado las autoridades chinas, amparándose en la incultura patente, comienza a sentirse un importante racismo hacia el ciudadano extranjero, que si bien puede llegar a ser pateado en las discotecas de moda –sobre todo si está acompañado por una de las muñecas nativas ambiciosas de una sociedad desnuda de moral- también puede ser amedrentado por los policías que rebuscan en Sanlitun visados ilegales –los surten las mismas autoridades- o chantajeado por el jefe del buró de incendios o parecidos que deciden, según el montante recibido en sobre rojo y en billetes de cien, si el negocio debe o no abrir sus puertas.
No debe pasarse por alto el carácter eminentemente cobarde de buena parte de la sociedad china –esencialmente las nuevas generaciones- que sólo abren la mano, empuñan la botella o cargan la pierna, si están acompañados por diez más y el contrincante está sólo. Dentro de que cualquier tipo de expresión violenta nos acerca de manera irremediable al mundo animal salvaje, debemos aceptar que llegado ese triste momento el hombre debe actuar en igualdad de condiciones, no doce contra uno, actitud ésta que asola China de norte a sur y de este a oeste.
Mientras nuestros diplomáticos no son atacados ni deben buscar trabajo o ahorrar en sus dietas diarias, el pueblo debe andarse con los ojos bien abiertos y las espaldas bien cubiertas: que aparte de poder recibir un golpe traicionero en la nuca de esta caterva de inanes, las empresas que nos necesitaban antes sus penurias generales nos desprecian ahora que nos han exprimido hasta la última gota de conocimiento. Y la policía de Pekín en plena campaña titulada “limpiemos Pekín de extranjeros ilegales”.
Como en esas fiestas veraniegas de las aldeas españolas, donde los de la capital llegan a la plaza del pueblo con dinero sobrante y ligoteo fácil, no creo que quede más de un lustro para que desaparezca todo extranjero en este enorme villorrio de mil y pico millones de personas.
Yang Rui, ejemplo de la ridiculez de las altas esferas de este ingrato sistema, que deambula por el canal en inglés de la televisión estatal CCTV, modesto racista que debió alegrarse del maremoto en Japón y posterior drama nuclear, es el vivo ejemplo de la incongruencia: odia a todo lo que venga de fuera cuando monta en coches importados de Italia o Alemania además de que gasta trajes que no fueron diseñados, precisamente, en un país que sigue empeñado en no pasar de pantalla. Que si Confucio levantara la cabeza se nacionalizaba japonés.
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Mas de una vez he visto a diez chinos pegar a uno solo, chino o extranjero. Son asi. Tampoco saben beber. Saludetes desde Pekin.