Debacle española en China (como no podía ser de otra forma)

Al final van a llevar razón los regímenes autoritarios, que por autoritarios ahuyentan toda clase de levantamiento, manifestación o queja contra ellos. Que no hay nada como haber sido criado en la España mal criada para inyectarnos de odio contra todo lo que consideremos injusto. Ya sean nuestros padres o el mismo profesor de la escuela. Que si los denuncias, te puedes hacer de oro. O al menos de plata.

Pero claro. Cuando el mismo insumiso de la creatividad, ahogado en mensualidades del paro y ayudas familiares porque sí, pone pie en China, todos esos devaneos por la ultra libertad falsaria desaparecen de sus cabezas repentinamente. Sin necesidad de enviarlos a campos de reeducación. Poniendo todo lo que tienen de su parte. Que no, precisamente, de sus partes.

He conocido a nacionalistas extremos (catalanes, vascos y hasta gallegos) que cuando el Tíbet lloraba me cantaban al oído el último gol de Messi. No debo dejar en el olvido a los que hablan de derechos humanos con el mismo ímpetu que un enfermo terminal esparce su pasado, que ante cualquier baño de sangre en Xinjiang prometen “investigar todo lo que internet permita”. Hasta hoy.

La prensa. ¿Qué decir de la prensa? Hoy, en este memorable día que recuerda a los tal vez mil, seguramente dos mil, quién sabe si tres mil, estudiantes asesinados, pocas crónicas, casi todas de agencias, y vacíos generales. Repito: en España por una milésima parte de lo que aquí acontece, algunos se habrían encadenado al edificio rimbombante más cercano. Sonriendo a cámara. Maquillados. Mostrando la camisa o el pantalón de marca.

De los diplomáticos ni hablo. Bueno sí: más adelante. Que de una familia adinerada sólo se puede esperar que defienda lo suyo: o sea, el dinero. ¿Y de nosotros, el pueblo llano? Qué decir de una generación de licenciados, educados, repeinados, vestidos a la última, que justamente por eso –haber nacido de pie-, somos incapaces de luchar por los valores que creemos forman parte obligada de nuestro ADN. Hecho incierto que me conmueve a escribir este texto que espero moleste a más de uno. Porque aunque seamos los hijos –o nietos- de Franco, parecemos una panda de modernos de pacotilla con menos fondo que una carrera universitaria.

Aclaro: en mis últimas cinco opiniones publicadas en este espacio que ahora leen (Chinitis), rebuscado e intencionado, sin censores ni cortapisas, me he dado de bruces -¡otra vez!- con la sociedad española, aquella que adormecida intenta dar clases de decencia en bares de poca monta. He sacado a la luz la basura diplomática, en donde nuestros gobiernos se permiten humillaciones del siguiente tipo: tendremos tres embajadores en China en el transcurso de algo menos de dos años. Con sus movilizaciones generales –señora, hijos, séquito, personajillos de sus confianzas- además de esas nunca humildes mudanzas que ya quisieran para sí todos los espectros de seres humanos ibéricos que agitan en la sombra y enmudecen a la luz del día.

El veto de nuestro embajador Bregolat al digno y profesional libro de Juan Pablo Cardenal y Heriberto Araújo ‘La silenciosa conquista china’, generó una ola de críticas que alguien dio forma para confeccionar una manifiesto en donde se pedía la firma con su número de pasaporte correspondiente de todo aquel ciudadano patrio que estuviera en contra de ese acto. Solamente de ese error: enmudecer a dos dignos reporteros para no molestar a la bestia del Partido Comunista Chino.

Pues bien. Tras no pocas excitaciones de la plebe, en lugares tales como bares u oficinas, donde sufren de ensanchamiento de vena cerebral o la que llevan instalada en el cuello como los cantaores de medio pelo, media docena de expatriados –entre los que yo me encuentro- devolvimos el documento firmado como mandaban sus instrucciones. No me sorprende la escasez de firmantes, sino la cantidad de bocazas que durante este último lustro han dado duro, en corrillos vergonzantes, a la misma persona contra la que se le pedía la firma. “Yo ya habré firmado a lo largo de mi vida no menos de cincuenta manifiestos… pero éste no me da la gana de firmarlo”; “Trabajo en una multinacional y no quiero problemas”; “Mis socios se podrían enfadar”; “Si me quitan la acreditación de periodista me tendría que ir de China”; “Soy amigo del hijo del embajador”; “Tengo relaciones comerciales con la Cámara de Comercio”… fueron algunas de las excusas elegidas por parte de la ciudadanía española residente en China, que nunca podría haber vivido en Japón, donde se exige más enjundia a los inmigrantes, cosa que aquí no hace falta. Que me juego el cuello a que no pocos maleantes ibéricos saben como pasar desapercibidos entre tanta maleza humana nativa.

La Masacre de Tiananmén, los desvaríos de un embajador con fecha de caducidad, las excentricidades de los funcionarios patrios, y los alquileres de la nueva sede del Consulado de España en Shanghái -¿es que a nadie le duele que con una España en la ruina se permita que el Cónsul y su séquito se hayan mudado a unas oficinas que cuestan 40.000 euros al mes?- siguen siendo actitudes comprensibles para nuestro absurdo pueblo, que allá donde va –en este caso China- no hace lo que debiera.

Vida sólo hay una. Y de desgraciados está el mundo lleno. Por favor, no mengüemos nuestros valores originales, aquéllos que sí conocemos y con los que podemos luchar contra las injusticias. ¿O es que esperamos que el tercer mundo venga del África negra, Albania y Camboya a poner orden en este desaguisado? ¿O es que sólo moveremos ficha cuando nos llamen del ‘Españoles por el mundo’ de turno –únicamente en nuestro país podría haber tantos programas televisados sobre el manido tema como comunidad autónomas poseemos-, donde podremos justificar nuestra triste existencia por ver a nuestro compañero de pupitre bramar o a nuestra madre balbucear?

Me quedo para el final con un broche de heces, que para muchos es de oro. La otra mañana, mientras recaía en el consumo de café mañanero, se me acercó un ciudadano español vestido de manera insultante –camisa de cuadros replanchada metida por un pantalón tres tallas más pequeñas que daban paso a unos zapatos que cegaban en su brillo rebuscado- para reprenderme por mis últimas historias en Chinitis: “Si te quejas de los diplomáticos, funcionarios y además, te metes con el gobierno chino, te auguro un escaso futuro a tu espacio de opinión”. Esa misma frase comentada en cualquier plaza de España hubiera valido para quemar a lo bonzo al errado traidor. Porque sólo en China un diplomático (un político millonario) es respetado por los mismos que les tirarían piedras en Sol o Plaza Catalunya. . Cosas del jet-lag. O algo peor.

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Comentarios

Como diría el padre (espiritual) de todos esos aguerridos españoles: “don Joaquín, le daré un consejo: haga como yo y no se meta en política”.

Good one.
It has to do with Maslow’s hierarchy of needs. Everything is so fucked up that everyone is focused on their (very warped) needs and do not have too much time to focus on Morality or other evolved needs. “Me first” trumps everything else.
Lamentablemente es lo que hay.

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