Le Garçon Chinoise: el Yin
No hay como enseñar el camino para que el humano selecciones otros, mayoritariamente errados. Llevo todo el domingo paseando, bajo un cielo aparentemente puro, de nubes blancas en relieve con un fondo azul acuarela, que si no fuera por lo que todos sabemos –la polución no tiene color- sería el sueño de los capitalistas: aquellos que viven en medio del caos bajo un cajero automático que les dice ‘thank you’ a cada tocamiento. El orgasmo del eunuco. Mental.
La Concesión Francesa ya no es lo que era: bares y más bares, ambientados en la Europa decadente, así como terrazas parisinas a las que le sobran sus aledaños: acequias de mierda con gentes oriundas mirándoles como extrañados: “¿Qué harán tres mil blancos pagando a cinco euros una cerveza acuosa (Tsingtao) que de coste no llega ni a medio?”. Los Lawson esperan los cadáveres: ya queda menos.
Sólo basura. Sólo previsibles. Sólo poses. Sólo mediocres. Sólo repeinados. Sólo vestidos. Sólo ausentes de sus vidas. Sólo dueños de locales de medio éxito –recordemos que la gloria en China no depende de la inteligencia, sino del enchufe-. Sólo perdedores que siguen a los famosos por un segundo. Sólo antros hechos a medida que dispensan lo de siempre al triple de precio. Que cuando pagas el triple te sienta mejor. Y si te duele el estómago te lo callas. Que aparentar es en sí una erección televisada.
Yongkang lu, la calle que genera todos estos párrafos, no era más que un antiguo abrevadero de nativos, en donde la insalubridad brotaba en cada esquina. Y que a causa del ensanche de la Concesión Francesa reoccidentalizada, ha cedido su pureza sucia a una serie de locales regentados por extranjeros normales en donde muchos extranjeros subnormales posan sus cuerpos, entre obesos y subvencionados –estado o familia- para alardear de vacío. La Latina dominical en Madrid tiene su aquel; Yongkang lu no tiene más que a expatriados y a chinos que lo quieren ser.
Luego transité por bares de orientación anglosajona, en donde los deportes más rocosos hacen las gracias de sus clientes menos eruditos: fútbol australiano, rugby con faja, carreras de coches diseñados por ingenieros –en donde los pilotes son solamente caras guapas-, y partidas de billar donde el público son marionetas. Las cervezas, inteligentemente aguadas para ser servidas como importadas, dejaban mucho de beneficio en los negocios y bastante más que desear entre tipos como yo, que ya no beben por beber, sino por cordura. Que los chupitos tras el menú o el limoncello tras la pizza ya no forman parte de mi vida laboral-alcohólica.
Y a eso que llego al Yin. Al Le Garçon Chinose. Un restaurante de alta alcurnia a precios más que razonables, donde el personal sabe lo que se hace y el contenido del espacio te abriga más que un anorak en verano. Y me encuentro sólo. Que no vacío. Porque la muchachada occidental, aquella que fue amamantada en el error –democracia para el moderno es lo mismo que cárcel para el esclavo: una injusticia- no dispuso su agenda para ceder parte de sus horarios a lugares que aunque no salgan en las macabras guías de viaje, son los trozos de tierras que siempre, absolutamente siempre, hay que visitar.
Las flautas –los rollitos de primavera-, son abrasadoras. Y no por su temperatura, sino por su contenido; el vino, en su precio es realmente honesto; y los simplísimos fideos con toques shanghaineses, no son más que una destreza de lo barato que se eleva hasta límites insospechados. Porque la creatividad, queridos hosteleros y expatriados de Shanghái, no se debate en un portátil con banda ancha. O en algo peor.
Mientras termino esta crónica que nunca hubiera sido admitida para su cobro –editores, redactores y lectores siguen andando a una gresca que no es más que un vacío generacional-cultural-aperturista-, paladeo un aire acondicionado sintonizado para el ser humano, no para una banda de emperadores que nunca sabrán que un japonés sospechoso sirve cocina china y del sudeste asiático como así habrían querido sus propias madres. Si es que las tuvieron.
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Grandioso restaurante. Precios modestisimos y calidad por los cielos. Por cierto, en mi opinion MEJOR CERVEZA de Shanghai. Una buena jarra tirada de barril con extrema calidad a 20rmb. Repito, mejor cerveza de shanghai. No por precio sino por calidad! Y barata.
Gran lugar. Y el dueño, alguien que merece la pena ser conocido.