Realidad diplomática
Uno cosa sí que no debe ser pasada por alto. Un acto de lealtad que no se lo puede llevar el viento. Porque aunque China por su gobierno sea un país poco recomendable, donde las libertades se sustraen y los derechos humanos no existen, no debemos evitar alegrarnos de su cuerpo diplomático, miembros del PCCh rabiosos de ultranacionalismo que sí defienden hasta en los confines de la Tierra a sus conciudadanos. Cosa que no ocurre entre la pléyade de funcionarios patrios de alto rango, inmovilizados en el placer de vivir como un expatriado ‘diezmileurista’ mejor que haciendo el ‘pasillo’ en el Ministerio de Exteriores.
Aunque me produzca ridiculez extrema la reacción que el gobierno chino ha tenido por el caso de los visados de sus profesores de mandarín en los Estados Unidos, no es menos cierto que uno siente envidia a raudales por la eficacia en la defensa de lo suyo, del saber por qué y para qué los mandaron a otros países. Que el ciudadano español, tiene la sensación que el cuerpo diplomático arrojado –sí, arrojado, no me equivoco en el término- a suelo chino, no hace más que perder el tiempo en vastas ceremonias, en actos infumables y en cenas costosas que al menos suelen ayudar a algunos hosteleros españoles que deben agradecer tanta visita.
Pekín está siendo barrida. Se buscan a extranjeros porque sí. A los que posean una mueca en la foto del visado, los intentarán largar; al resto los molestarán. A su vez, no son pocos los expatriados ibéricos con graves problemas para poder abrir o mantener un negocio en territorio chino. Chantajes y extorsiones se dan a la orden del día… salvo que seas Zara o una multinacional que siempre sabe cómo gestionar este tipo de asuntos. Pero no todos los que dejamos España andamos con American Express y cuentas en Suiza.
El cuerpo diplomático sirve, esencialmente, para hacer de representantes del gobierno en cuestión –sólo faltaba que a cada acto tuvieran que volar Rajoy y su equipo- como para ayudar al expatriado, asesorarlo y dar la cara por él, hecho éste que es absolutamente imposible de encontrar. Que para renovar los pasaportes ya podían haber enviado a alguno de los más de cinco millones de parados que hacen de España el hazmerreír de medio mundo.
El vacío español -arteria por la que nos movemos inexorablemente con un sólo destino: la disolución del país- es tan evidente que uno sabe a las mil maravillas que si algún día tuviera o sufriera injusticia en suelo chino, sería, a lo sumo, aconsejado por las altas instancias a abandonar el país con esa vaga sentencia que sólo los vagos de cuna y miedosos de pensamiento podrían llegar a emitir: “En China, aunque nos moleste, hay que acogerse a sus leyes. O sea que, por favor, abandone el país y no meta más el dedo en el ojo, que nos va a crear un conflicto diplomático”.
Y es detestable la comparación de una nación, China, que muele a sus habitantes pero que da la cara por ellos –realmente es por el concepto ‘país’, no por el ser humano- allí donde el horizonte se pierde de nuestra vista. Da gusto ver como hasta en la ilegalidad –los profesores de los 61 centros Confucio en USA daban, a su vez, clases en centros estatales de primaria y secundaria, saltándose las leyes americanas- el gobierno de Pekín salta a la yugular de la primera potencia del mundo: los Estados Unidos de América.
Y en tiempos de crisis, cuando España se debate entre la vida y la muerte, propongo que la asistencia consular nos la preste la Embajada de la Unión Europea, sita en Pekín, ahorrándonos unos importantes millones en mantener a timoratos hombres de negro a los que sólo vemos moviendo el bigote y llenando el buche. Cuando muchos de ellos, además, hacen gala, según el consumo etílico en rancias presentaciones, de un modernete republicanismo así como de un asco evidente a la patria que les da de comer. Porque sólo en España podría ocurrir que los elegidos para representarnos en el exterior, además de no representarnos, no sientan al Estado que les ha permitido vivir como ángeles en un día azul de nubes blancas.
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Don Joaquín, los políticos y diplomáticos españoles son de una pasta especial. Acaso de queso Philadelphia, visto lo bien que se dejan untar. (Y en eso los chinos son unos maestros.)