Los primeros sorprendidos

Haber sido educados bajo los valores del cristianismo, seamos agnósticos, ateos o devotos, nos hace tener remordimientos cuando metemos una trola. El ‘no mentirás’ ayuda a que la sociedad, aunque mienta, luego se arrepienta y tire de la manta: aunque sea en su propia contra. El prójimo, ese desconocido con dos orejas, un par de ojos y nariz, también es tenido en cuenta si se cae al suelo o si pide una moneda. Que luego quemaremos iglesias o cederemos parte de nuestra declaración de la renta a las oenegés, pero aunque no queramos estamos bajo la batuta de cientos de años de educación católica apostólica romana.

En China no ocurre lo mismo. Aquí el que miente no sufre: forma parte de su ser. Como mirar, defecar, eructar o escupir. Un mandarín miente siempre que sea necesario. Y no se arrepiente nunca de ello. Ni siquiera se ve obligado a reconocerlo.

Un tal De Sanctis, italiano, lleva meses en China destapando la inmensidad del atraco: cientos de empresas que se hacen pasar por italianas sin contar las miles que directamente fusilan a las primeras marcas transalpinas.

Dice De Sanctis que ha entregado a las autoridades tres listas con copiosa información sobre los delitos incalculables, con empresas que usan la bandera de Italia para subir sus ventas y que explican en sus instrucciones que son productos pensados en Italia por ciudadanos italianos que usan la última tecnología de Milán.

El gobierno chino, que le ha dicho a De Sanctis que “va a colaborar con la legalidad”, ha señalado sin ningún tipo de rubor que “los primeros sorprendidos somos nosotros. Nunca nos lo pudimos llegar a imaginar”. Por supuesto, esos representantes gubernamentales no han ‘perdido cara’ ni un solo segundo pensando en la brutal mentira que estaban exhibiendo. Que China basa su economía en copiar a Occidente para no gastar en equipos creativos y sí en espionaje de otras épocas.

En cada ciudad china, a diario, millones de puestos de ropa, relojes, incluso mercados enteros, están dedicados a la oferta continua y a plena luz del día, de objetos de todo tipo que son una burda copia de empresas occidentales que sufren con ello una importante rebaja en sus ingresos así como un increíble desprestigio al ver como, por ejemplo, camisetas ‘Lacoste’ que deberían ser auténticas, son paseadas por las calles por individuos que no reparan en sus bajas calidades, por poner un caso, después de cada lavado.

Me hubiera encantado haber estado allí. El día que De Sanctis, con sus listas con innumerables empresas amparadas en el delito más flagrante, veía como esa manada de torticeros funcionarios le ponían cara de actor malo de serie B: “Los primeros sorprendidos somos nosotros Sr. De Sanctis. De verdad: nos ha dejado boquiabiertos. ¿Quién nos lo iba a decir?”.

Hace meses el gobierno de Hu Jintao prohibió a todos los presentadores de cada canal de televisión chino decir ‘NBA’ –por la liga de baloncesto americana- por sus siglas en inglés, o sea, “enbiei”. Las razones: “defender a nuestra lengua de intromisiones extranjeras”. Por supuesto, ‘bye bye’ y ‘cool’, otros vocablos anglosajones que se usan con tremenda facilidad aunque hablen en mandarín, también quedaban condenados al ostracismo.

Defender un país no es sólo defender una lengua. Que en esto Hu y sus políticas se van a parecer a Cataluña. Defender un país es no haberlo transformado en dos décadas en un basurero con formas exclusivamente occidentales. Que si en China no hubiera chinos nunca podría uno imaginarse que está en la tierra de Confucio. Ya todo lo que se construye, desde edificios a centros comerciales, pasando por autopistas y avenidas, son calcos exactos de Europa o los Estados Unidos; ya no hay viviendas que tengan detalles arquitectónicos de la inmensa historia ‘han’, como no hay un solo chino que vista con trajes autóctonos. La televisión escupe fútbol a todas horas, programas de variedades donde los contertulios se insultan, telefilmes infectos y series donde todo gira en torno a una familia tipo, unas parejas que se quieren tanto como se odian, y unos intereses en productos demasiado lejanos: ordenadores y teléfonos pensados en California y coches de ingeniería italiana.

Sólo les queda el té y la comida. Y en ambos casos la cuota de mercado les ha bajado dramáticamente. Que no hay niño obeso mandarín que no prefiera hoy un Big Mac antes de unos fideos salteados, como no hay pija mantenida que desee antes un Capuccino que un té de Fujian. Siento la comparación, pero es justo recordar que incluso en Tokio, esa ciudad repleta de neones y rascacielos, uno sabe perfectamente que está en Japón, divisando escasísimos centros de comida rápida americana, encontrándose con algunas señoras vestidas con ropas tradicionales, paseando por sus excelsos y propios jardines, así como descubriendo que el nipón sigue durmiendo sobre su tatami de toda la vida así como que nunca dice “enbiei”, salvo si la conversación versa en inglés.

Hu Jintao y su séquito deberían comenzar ya a fomentar la creatividad de un pueblo que bebe a carrillos llenos de un mar inmenso de ilegalidad. Del mar que ellos han creado para poder salir del océano negro negrísimo donde Mao les obligó a ahogarse.

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