Retrasos generales

Le das a un gobernante chino el progreso –aeropuertos gigantescos, decenas de compañías aéreas, un pueblo dispuesto a viajar, otra parte de él que acepta trabajar para la minoría y hasta comandantes españoles que mudaron su residencia- y te lo destroza. No han pasado ni diez años desde que China es realmente considerada una potencia aeronáutica y ya han liado la madeja. Aún recuerdo cuando, hace cuatro años, entre Shanghái -21 millones de habitantes- y Fuzhou –ocho- había sólo cinco vuelos diarios. No me salían las cuentas: sólo entre Málaga -600.000 habitantes- y Madrid –los que tenga- habían en el 2001 algo más de diez. Por estas razones numéricas siempre dudé de un progreso que fue jaleado cuando siempre se ejercía a trompicones.

La última de la nación del desbarajuste circense tiene que ver con sus lamentables retrasos aéreos que ya de tan frecuentes, se han convertido en aceptados por empresas y público. Que no bajan de tres las horas de espera para cualquier vuelo entre cualquier ciudad china, si además la compañía es autóctona. Que cuando no hay indemnización que valga uno hace lo que le sale de ese mismo sitio que usted y yo pensamos.

Pero para amenizar el drama, en vez de darte galletas cancerígenas de falso chocolate o una lata de Coca-Cola templada –juro que era lo que repartían hasta ahora- usan a monas muchachas a modo de animadoras de la NBA. Sí, lo que cuento.

El drama general –el nuevo y no último- se comenzó a gestar en el aeropuerto internacional de Dalian, ciudad cercana a la frontera con Corea del Sur, que entendió que la mejor manera de no hacer sufrir a sus desesperados clientes, era ofrecerles una cutrez sólo al alcance del despropósito mandarín, que soltando en medio de la terminal de embarque a cuatro muchachas, desiguales hasta en sus zapatos y con menos gracia que un pistolero sin pistola, se pusieron a bailar danzas extrañas –americanísimas, en estos tiempos que corren de embajadas traidoras- para el deleite de la nuevas clases pudientes, a las que sobre un retraso infinito le solapas un par de muslos del extrarradio y se da por satisfecha.

Tras cinco años de residencia-suplicio en terreno ‘han’, puedo asegurar y aseguro que lo único que podría tranquilizar a las masas sería lo siguiente: a los chinos, sin lugar a dudas, un bono de cien kuáis para gastar en la casa de masajes con final feliz más cercana, a poder ser dentro de la terminal; para las damas, sin temor a equivocarme, un descuento de otros cien yuanes para comprarse cremas faciales; y a para los extranjeros, acierto seguro, un trato digno, cercano a lo humano, un hotel donde poder echarnos a descansar –no nos importaría con casa de masajes-, y una indemnización, como marcan las pautas occidentales, que aquí no valen para nada si cargan con algún tipo de coste económico.

Mis últimos dos vuelos: Pekín-Shanghái, dos horas y media de retraso; Shanghái-Hong Kong, tres. Y lo peor: parte de ese despropósito dentro de la propia aeronave, al límite del brote psicótico por ataque de claustrofobia.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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