A un mes para Tiananmén

Imagen de los terribles sucesos ocurridos en Tiananmen en 1989.

Imagen de los terribles sucesos ocurridos en Tiananmen en 1989.

No me afecta llamar a las cosas por su nombre. No sé si será por mi falta de educación, de valores, de los principios elementales del ser humano, o porque soy un mísero bocazas. Para mí lo ‘políticamente correcto’ es una mordaza que no te permite vocalizar, o un camino que da demasiadas vueltas para llegar a su destino. A la mierda se le llama mierda como a la montaña no se le llama colina. Cada cosa tiene su palabra, y renunciar a la verdad es ocultar la misma. Hecho este, por cierto, que acontece con demasiada asiduidad en nuestro propio país, experto en denuncias a medias o en colinas que realmente eran cordilleras.

Por todo esto que acabo de contar, quiero explicar uno de los graves problemas de China: la limpieza. Empezando porque no hay nada lustroso, nada, y continuando porque en todo el país es imposible encontrar lejía… salvo que acudas a uno de los escasos supermercados de orientación japonesa –importan sus productos- en donde uno se puede llegar a abastecer de dignidad en forma de alimentos comestibles o productos para el aseo real.

Y digo que China no es limpia porque el ciudadano chino no lo es. Así de simple. Así de sencillo. Igual que sus poros de la piel desprenden menos hedor que el de un occidental, es justo advertir que cada edificio donde residan más de doce familias nativas parecerá una comuna hippy, con los pasillos infectados de mierda, los aledaños aún peor, y el polvo de apariencia milenaria asentado hasta en los pomos de las puertas. Que uno se llega a preguntar, cómo abrirán las puertas.

Incluso las ayis, esas señoras de la limpieza a las que el extranjero ha empezado a respetar, nos muestran la cara más amarga de un país azotado por una tremenda falta de higiene. No conozco a ayi, que aunque sea trabajadora y eche más horas que un reloj, cumpla la función básica para la que fue contratada: convertir en patenas los desaguisados. Ahora comienza a florecer unas señoras de la limpieza realmente capacitadas para su trabajo. Pero no nos equivoquemos: son muy pocas. Y la totalidad vienen influenciadas por la persistencia de las mujeres de los expatriados a golpe de talón, que no soportan vivir en un mar de heces. El que haya visto en China fregar o barrer sabrá perfectamente lo que le digo. Que aún recuerdo a la primera ayi que me enviaron a Pekín, hace ya casi cinco años, que en el día de su debut recolocó todo lo mal barrido bajo una alfombra convertida, desde imaginé hacía décadas, en vertedero municipal.

Resta un mes para que la matanza de Tiananmén cumpla otro nuevo año. Será el vigésimo tercero desde que las tropas comunistas tomaron una de esas decisiones que sólo los mayores asesinos pueden llegar a tomar: pasarse por la piedra, bajo tanques y ráfagas de metralla, a unos centenares o miles -¡es que aún ni se sabe realmente cuántos murieron!- de estudiantes, que desarmados, reclamaban menos corrupción y más libertad.

Y resta un mes para un aniversario que podría ser histórico. Los mimbres ya están expuestos para el que quiera armar la cesta. Me explico: en estos últimos meses el PCCh, con sus políticas errantes, ha conseguido que los disidentes más fastidiados se hayan convertido en famosos. O sea, que la opinión pública internacional y una pequeñísima parte de la nacional –que por muchos censores que hayan, las nuevas generaciones de chinos, informatizadas hasta los dientes, se saltan esos cordones de seguridad para empezar a enterarse de lo que vale un peine en esta tierra desoladora-, está dispuesta, veintitrés años después, a poner palos en las ruedas de este flemón cultural llamado Partido Comunista chino. El mismo que no es capaz de reconocer aquella matanza, borrada de los libros escolares y de historia, y el mismo que sigue inyectando el eterno odio al Japón es unas escuelas convertidas en aulas de adoctrinamiento.

Liu Xiaobo fue el primero, nominado por un Nobel de la Paz que sentó precedente; luego actuó Ai Weiwei, carismático ciudadano chino, que aunque se le sobrevalore con el apelativo de ‘artista’, está llevando una formidable cruzada contra esta hecatombe ‘han’ que igual que lo mete en la cárcel, lo hace desaparecer o lo encierra en su propia casa. Pero el golpe de mano se llama Chen Guangcheng, abogado altruista, ciego desde los cinco años, que por defender a las campesinas ultrajadas cual animales tuberculosos, fue encarcelado para a posteriori ser nuevamente hecho preso en su mismo hogar, práctica que a China se le da como coser y cantar. Pero como bien es sabido, escapó de su casa-celda, riéndose en la cara de unos servicios secretos chinos que realmente, ofrecieron una imagen parecida a la de Mortadelo y Filemón, agentes de la Tía, bajo la supervisión del Superintendente Vicente, en este caso la dupla que forman Hu Jintao, presidente, y Wen Jiabao, primer ministro, al que espero algún día sienten a declarar ante un juez independiente por haber sido parte de los que aquel 4 de junio de 1989 se llevaron por delante a no pocos cientos o miles de estudiantes indefensos.

El PCCh debe andar preocupado, ya que nunca –incluso superando al 04/06/08, año de las Olimpiadas de Pekín- se había levantado semejante polvareda contra las políticas mafiosas-asesinas de un plantel comunista que comienza a sentir los latidos de sus corazones en el mismo cielo de sus bocas.

Ayer les fueron sustraídos sus carnés de periodistas a dos corresponsales extranjeros. Se teme que a la hora que escribo este texto hayan sido más los decapitados. Las razones: esperar en el hospital de Chaoyang por si la noticia acontecía, por si Chen Guangcheng podía abrir la boca.

China está ante una enorme oportunidad de salir adelante, obligando a reconocer a la turba de Pekín lo que hizo hace sólo veintitrés años. Los muertos –los Hu, los Yu, los Liu, los Wen, los Yao…- lo agradecerán. Sus familiares más. Y la historia, también, ya que podrá ser cerrado, al fin, un capítulo tan dantesco.

No sé si están contra las cuerdas. Pero no deben andar cómodos. Resta un mes para el recuerdo. No esperemos a que corra otro año más. Seamos justos. Los que puedan, que actúen. Porque todo aquel que mete mierda -en este caso cientos de cadáveres- debajo de la alfombra, sabe que, más tarde o más temprano, alguien la levantará.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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