Shanghái-Pekín: precios y disparates

Shanghái, ciudad donde las viviendas habitables –me refiero a las que no tienen la cocina en la escalera ni la ducha compartida con los vecinos- cuestan a partir de 6.000 yuanes –unos 700 euros-, se permite el lujo de cobrar por cervezas fermentadas en China 50 yuanes –unos seis euros- a la vez que abona salarios –al mismo que tira la cerveza, por ejemplo- de doscientos euros mensuales. ¿Error? ¿Diferentes maneras de entender la vida? ¿Caos general? ¿El mundo que viene?

Hoy me he pegado un atracón de cáncer. Me explico: he salido de mi hogar pasajero, cerca de Tiananmén, cruzando la mayor maraña jamás inventada de coches y contaminación, para acercarme, en un paseo nuclear de hora y media a velocidad de crucero, a Sanlitun, el barrio diplomático hoy tomado por tres manadas humanas bien diferenciadas: los pijosflautas –extranjeros sin dinero que pasean y pasean buscando la oferta del siglo-, los perrosflautas –extranjeros que también pasean aunque con una litrona en una mano y un porro en la contigua-, y los nuevos ricos, generalmente chinos o expatriados, que por sus sueldos o por las ayudas paternales mantienen un nivel de vida cercano al que ostentaba Jesús Gil y Gil, el primer español que se pasó a la democracia y al estado de derecho por el forro de las gafas de sol. Hoy ya lo hacen todos.

Y en Pekín, la capital del imperio, con Sanlitun, barrio estirado hasta el despiporre por sus casi más centros comerciales que edificios, una cerveza importada –pongamos que hablo de Estrella Damm- no se eleva sobre los 30 yuanes, unos tres euros y medio. En Shanghái, la misma cerveza servida por el mismo sueldo paria, no baja de los 50 kuáis, si es que no llega a los 60.

Ahora mismo ceno en un japonés, cordial aunque no celestial, que te avitualla hasta las cejas –hablo de ‘a la carta’, no esa basura del ‘todo incluido’- por no más de 200 yuanes. En Shanghái, por el mismo prospecto, te meten casi doble. Recalco que ya llevo media docena de cervezas de grifo. Asahi, esta vez.

Tras haber soltado datos digitales en los anteriores párrafos, debo centrarme en un hecho definitivo, definitorio: generalmente, este tipo de abuso –cobrar seis euros por un café o una cerveza- los han patentado los empresarios hosteleros extranjeros, que no sé si picados por el virus de la inmediatez, se dedican a reventar los precios -¿se imagina algún ciudadano español pagando cinco euros por un cortado mal cortado?- sin saber que la muchedumbre china les copia sin saltarse un decimal. O sea, que desde hace un par de años en China no hay producto o hecho occidental que no te provoque una importante fisura en el bolsillo.

Hace cinco años me contaron que en China se podía vivir con 300 euros al mes. Hoy lo dudo mucho. Incluso en Sichuan. A no ser que uno acepte beber agua con cadmio, asearse como los gatos, olvidarse de vino y cerveza, comer arroz blanco con tropezones, y recibir masajes sólo de uno mismo. Y sin aceite.

China, en bastantes aspectos, ya es más cara que Occidente. Y el occidental, más pícaro que siete chinos, se ha lanzado a un atraco supuestamente legal, en donde multiplican por nueve el precio de productos originariamente baratos.

El taxi, eso sí, sigue costando menos de dos euros. Porque al final la población –no hablo de los pudientes, sino de los que alimentan a los pudientes, el 90% del país- puede abstenerse de cenar en un japo o de beber cerveza importada; pero de lo que no puede escaquearse es de poder llegar al trabajo a tiempo. Entre otras esclavitudes.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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Este escrito es formativo.

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