La China que viene
La clave del Siglo XXI va a estar, sin duda, en que el resto de países pudientes del mundo obliguen a China a adaptarse a las normas más elementales de convivencia, que parece mentira que tras más de dos mil años de historia aún no hayan dado con la tecla del bienestar.
Ayer departía con un ciudadano español, empresario, que en un comentario algo básico me decía aquello de: “Para el futuro será esencial saber chino”; “Más bien comportarse como un chino”, le repliqué.
El vacío existente entre cultura y realidad –entre lengua y negocios- es tan vasto que al mejor traductor de mandarín le sería imposible poder vender una pequeña partida de calcetines en, por ejemplo, un mercado de Tianjin. Otro conocido me advertía en días pasados de la triste fama con la que luce el chino: “Grandes comerciantes”, dicen los previsibles; “Tienen dinero y paciencia”, me recalcó aquélla persona con ya quince años de vida sobre suelo ‘han’. Porque el chino no es un gran negociador. Primero, porque te suele hacer perder el tiempo; segundo, porque normalmente te engaña y con ello pierde la oportunidad de afianzar una buena relación comercial; y tercero, porque cuando se ve entre la espada y la pared, o chantajea al funcionario de turno o paga lo que haga falta por salir adelante con las alforjas repletas de ilegalidad. Recuerdo haber leído en un fabuloso libro sobre los trágicos días bajo la batuta de Mao Zedong, que en la intemperie más abrumadora del pueblo chino, sin nada que echarse a la boca y sin trabajo alguno, el gobierno comunista se permitió el lujo de exportar toneladas de carbón a Suiza. Al llegar el pedido, y tras los primeros cientos de kilos de carbón, sólo había piedras.
Ayer la policía del Distrito de Carabanchel, en Madrid, descubrió un hotel ilegal donde una familia china hacinaba a los que llegaban a la capital vía Barajas. Habitaciones minúsculas, sin ventana ni ventilación, donde se acumulaban desde sillas a alfombras –todo vale en esta carrera anti ser humano-, sin extintores y con un solo baño compartido. Los precios: dormir en una silla, 10 euros; sobre una cama compartida, 35.
El dueño del negocio –chino, por supuesto- no tenía licencia de hotel ni parecido; y además fue descubierto gracias a que, en ese afán usurpador general, proveía con su propia furgoneta el servicio de taxi desde Barajas a su zulo comercial. No me negarán que mayor ilegalidad es una menor cantidad de metros cuadrados es posible.
Sería conveniente que alguien explicara a China, de una vez por todas, dónde están los límites de la legalidad y dónde los del maltrato al ser humano. Que al paso que vamos, y tras pisotear a no pocas naciones de Latinoamérica, Asia y África, su onda expansiva, pestilente y abrasiva, se nos colará en el mismo salón de nuestros hogares antes de que empiece el próximo telediario, que será presentado, como no podía ser de otro modo, por una ‘han’ disfrazada de ibérica.
@JoaquinCamposR (Twitter)
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