Utopia, el primer hotel-rave

En Camboya, país de contrastes, donde los monjes budistas pasean por sus destartaladas calles con sus túnicas anaranjadas o sus niños ennegrecidos, por las altas dosis de sol y de intemperie callejera, te sonríen hasta el extremo, también pueden darse casos caóticos en donde el alma del que escribe me deja y mis infiernos acuden en mi rescate. Hablo de la importantísima aportación con la que Occidente obsequia a la maltrecha Camboya. Hablo de los expatriados indecentes que se revuelcan en la juerga continua y cutre para crear una burbuja de insolencia e incultura que los pobres camboyanos maman como propia.

En Sihanoukville, catástrofe de ciudad invadida por lo peor de cada país, los antros se acumulan uno tras otro, en donde las pernoctaciones aguardan al perroflauta por incluso dos dólares la noche. Ojo al dato. Dos dólares por dormir, otro por beber copas de alcoholes ilegales, y diez más por compañías de nativas empobrecidas son el anzuelo perfecto para que la muchachada anglosajona haya tomado a Sihanoukville como antaño el ejército americano Pattaya. Y a todo esto, fumeteo, pastilleo y demás consumiciones.

El Utopía, sito en pleno cogollo de la ciudad, oferta la posibilidad de poder dormir junto a otros siete desconocidos sobre dos tarimas de madera donde se expanden cuatro colchonetas a cada altura. Hasta las tres de la madrugada el habitáculo no comenzará a llenarse ya que junto a la caseta un bar estremecedor dispara música a todo volumen. Y desde dentro, numerosos camareros expatriados te incitarán a la bebida de lo peor de cada bodega: cervezas aguadas, whiskys que no lo son, tequilas ‘made in China’ y si sigues en pie, hamburguesas y perritos calientes en clara sintonía de calidad con las bebidas antes mencionadas.

Para que el remolino se haga huracán no menos de cinco docenas de muchachas –y algún travesti- se te acercarán con la idea de provocarte el claro cortocircuito del que comienza en este tipo de vida: beber y rozar, igual a pernoctar por dinero.

Para darle un toque aún más insalubre unas especies de piscinas con escasa profundidad hacen las delicias de los borrachos que con sus sudores y orinas acumuladas van a darse en esas turbias aguas un tipo de baño que dudo sea diferente al del gorrino en la cuadra.

Fuera, como los coches-escoba de las vueltas ciclistas, trabajadores del transporte acogen sobre sus tuk-tuks a no pocos jóvenes devastados tras ingestas animalescas. Algunos ancianos, modernizados en su vestimenta, merodean por los alrededores del Utopía, con la idea de pillar carne fresca. La policía, descamisada, no acude al rescate.

No es justo que Camboya tras las mayores penurias del Siglo XX en forma de la gran matanza (Pol Pot) y los grandes robos terrenales (Tailandia y Vietnam), que han causado un tremendo daño a un país hundido en una profunda miseria, caiga ahora en los brazos de lo peor de cada casa de Occidente, de la muchedumbre demócrata-progresista que está inyectando al país una importante dosis de daño medio ambiental, cultural y cerebral en forma de chupitos, orgías con factura y seudo-hoteles como el Utopía, donde al recepcionista francés no se le entendía del pedo con el que cargaba y que a eso de las ocho de la mañana aún mantenía, como si de una ‘rave’ se tratara, a no pocos holgazanes pasados de frenada agarrados a litros de alcohol dentro de unas piscinas transformadas en alcantarillas. “Check Out, 2pm”, rezaba en un cartel, demostración palpable de la diferencia de huso horario del Utopía con el resto del mundo.

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