Nuevas maneras para viajar entre Shanghái y Pekín: alta velocidad y low-cost

Constato que las comunicaciones en China se occidentalizan, o sea, se modernizan. Aún sin dejar atrás a los miles de trenes-alcantarilla, muy destartalados, que a paso de tortuga unen ciudades lejanas, se ha dado la bienvenida a una sorprendente línea de trenes de alta velocidad que por la rapidez de su puesta en marcha –hace cuatro años no existía un solo kilómetro y ahora ya son miles los levantados- llegó a estrellar el año pasado uno que se acercaba a Wenzhou pero que acabo saltando por un puente. Cosas del progreso. Como en China las personas no son tan personas como en el resto del mundo, aquello no fue tomado muy en cuenta. De hecho sólo se tomó una importante y drástica decisión: hacer decrecer la alta velocidad a velocidad media, pasando el artilugio de ponerse a 350 km/h a hacerlo a 190 km/h. Paso atrás en las ansias borreguiles de un país ultra acomplejado.

Pero bueno, aquello ya es agua pasada, que con un leve chorrillo ha manchado a algunos altos cargos responsables de la alta velocidad, militares y afiliados, que deberán purgar sus cargos –morir no creo- para que el pueblo sodomizado y la prensa extranjera manipulable, puedan dormir tranquilos. Misión cumplida.

Pero el tren que ahora sí funciona bien es el que une, a velocidad realmente alta -300 km/h- las ciudades de Shanghái y Pekín, que con sólo cinco horas de duración te hace plantearte si es necesario pasar la criba anímica que genera el aguantar carros y carretas en los aeropuertos chinos, auténticas jaulas de diseño para roedores, donde los retrasos son más habituales que las puntualidades. Porque en China la indemnización, el servicio de atención al cliente y el miedo del que ultraja al pasajero, brillan por su ausencia.

Mi trayecto desde Shanghái a la capital fue tranquilo, sin incidentes, con unos vagones llenos de asientos vacíos que ayudaban a que las clásicas negligencias de sus pasajeros -orinar fuera del váter, fumar junto a los baños, gritar por el teléfono móvil y roer huesos o beber sopa como si estuvieran realizando sexo con sus parejas- fueran menos notorias.

La cerveza “tibetana” -¿es que el ‘han’ no va a respetar en algo a las culturas invadidas? ¿Es que en Tíbet ya se hacían cervezas acuosas, sin sabor y calentorras?- se vendía al sorprendente precio de 3 yuanes, algo así como 40 céntimos de euro, una cantidad que me hizo meditar sobre su contenido.
El tren sólo paraba en Nanjing y Jinan por lo que el trayecto fue realmente cómodo y eficaz. La única pena es que me tuve que apear –como todos- en la estación de trenes del sur de la capital que aunque no estaba lejos de mi destino hizo que mis nervios brotarán tras hora y media de taxi. Pekín no es capaz de contener su tráfico. Y por culpa de esto me temo que los turistas desaparezcan y los negocios acaben haciéndose sólo por teléfono, porque nadie está dispuesto a perder tres horas de un día subido a un taxi que huele a ajo.

El ‘low-cost’ también ha llegado a China, miedo me daba, ya que si las compañías normales parecían de ‘low-cost’, cómo podrían ser las baratas. Pues bien, debo informar que las diferencias no son tantas. Salvo que debes pagar por beber agua mineral –en los vuelos con compañías supuestamente serias el agua es gratis pero es potabilizada- y que los asientos no se reclinan, son lo mismo. Porque en China la diferencia la hace el pasaje. Y el pasaje, tanto de Air China como de Spring Airlines, primera empresa aérea de costes bajos, al ser las mismas personas, no te hacen sentir que estés en una u otra categoría. Por ello si China reinventara el Concorde, a todo lujo, las sensaciones volverían a ser las mismas, ya que las maneras de sus pasajeros son posibles en una moto de agua, la clase ‘business’ de un avión, o sobre un crucero por los Fiordos Noruegos.

@JoaquinCamposR (Twitter)

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