El defensor del lector
José Reinoso, corresponsal de ‘El País’ en China, es un defensor del lector. Las razones, evidentemente, hay que buscarlas en su entrevista a Ai Weiwei, el reconocido artista que fue secuestrado por el gobierno chino y al que ahora le pesan denuncias por evasión fiscal y pornografía. Reinoso, siguiendo el camino real, sin estrategias ni recovecos, persiguió la noticia hasta dar con lo noticiable. Y hace cuatro días su trabajo vio la luz en una batería de preguntas y respuestas de interés general. Él se remitió al honor de su profesión: contar lo que ocurre.
Pues bien, este hecho, que no debería ser llamativo –entrevistar al hombre más buscado cuando se puede hacer- ha sido el primero de un medio español hasta la fecha. Sin embargo, periódicos de numerosos países y en diversas lenguas ya habían cumplido, hace días o semanas, con sus lectores, realizando la casi misma entrevista al mismo personaje. Entonces, ¿es que la crisis económica patria afecta en sus movimientos a los periodistas españoles que se labran su trabajo lejos de casa?
Lo dudo. Y en cualquier caso no es óbice para que uno coja la grabadora, el carné de periodista, el pasaporte, la cámara y las agallas, y se marche en busca de la noticia. Al encuentro de lo que el lector demanda. ¿O es que este tipo de noticias no la requieren los lectores? Si fuera así, ni habría corresponsales ni secciones de internacional, que quedarían disueltas en breves o junto a la crónica social. Y los mismos que hoy firman noticias desde Pekín o Berlín estarían en las redacciones centrales de sus periódicos cumpliendo el expediente: fusilando teletipos, entrevistando a concejales, haciendo juzgados y fichando con sus índices previamente hurgadores de orificios nasales.
La profesión de periodista, como todas, maneja situaciones de alto riesgo. Que no es lo mismo estar en Irak en plena guerra sanguinolenta que ser redactor de un diario local encargado de las efemérides, las necrológicas y el horóscopo. Como no debe ser igual ser cocinero en una plataforma petrolífera que otro en un chiringuito de Pollensa en el otoño tristón. Pero curiosamente en ambos casos el riesgo se paga. La deslocalización se abona en la nómina. Y la ilusión de verse lejos de encorsetamientos piramidales, llamémosles ‘horarios’, ‘jefes’, ‘reuniones’ y demás paridas, debería ayudar a que el enviado especial se levantara como un tsunami en pos de la noticia. En defensa de su honor. Y en el de su lector.
Pero desgraciadamente el refrito y la fusilada están a la orden del día, con el siguiente trío de culpables, de mayor a menor importancia. Primero, el periodista: que evita ser un héroe por la profesión que en teoría ama y que agrede al que le paga, su lector, que sólo recibe en su mente simplismos de becario manco; segundo, los responsables de los medios: que evitan cortar cabezas, reordenar a sus peones o invertir en calidad, con una desidia que ríete tú de los diputados secundarios del hemiciclo; y tercero, los lectores: que asumen que su medio querido puede informarle desde el lejano Oriente de imbecilidades (crónica rosa, infantilismos, fútbol, chistes, obviedades) antes que de la enjundia, de la verdad, de lo que huele, de lo que se aprende, de lo que emana mañana.
China no es Andorra. Tampoco Irán. Siquiera los Estados Unidos. China es el país que genera más noticias del mundo entero, el arsenal de cualquier soñador, el 25% por ciento de la población mundial –como dicen algunos ‘periolistos’- que sorprendentemente pasa desapercibido en cada diario español, en cada diario nacional, en cada diario nacionalista: en ellos sólo se habla de España –o de sus regiones animosas- y en general, de política, deportes y cursiladas. Ahora lo llaman ‘tendencias’.
En los USA, los que le dan a la tecla, hostigan a Bush o a sus parecidos. En Irán, a su carrera armamentística nuclear. En Israel, a su odio a Palestina –a Palestina sin embargo se la idolatra-. En Francia, a Carla Bruni. En África, sólo mascan las oenegés. En Portugal, casi no hay corresponsalías. Y en China, donde sin fútbol llamativo, conflicto político o sexo, hay millones de cosas por hacer, por denunciar, por perseguir, la mayoría, la siempre inútil mayoría democrática, se dedica a poner el nombre a las noticias que no son suyas. ¡Y cobrando! El primer mundo sale de la crisis menos España -¿acaso sólo seremos del primer mundo por aproximación geográfica?-; el primer mundo informa de China menos España (la mordaza autoimpuesta); y el lector se queda abandonado a su mala suerte, dependiendo, si sabe inglés, de los medios extranjeros.
“Siempre nos quedará la paga extra de Navidad”, me dijo uno. O la crisis económica termina de devorar todas estas excentricidades ancladas en la vagancia o los lectores acabarán convencidos de que el papel de váter es el mejor para redactar noticias. Y las nuevas generaciones leyendo diarios gratuitos que esparcen en los aledaños de las bocas de metro.
@JoaquinCamposR (Twitter)
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Desde Pekin o…Berlin? Grande