Prismas distintos

Aeropuerto de Hong Kong, 8 de la mañana.
Linda, natural de la ex colonia británica, me sirve un café perfecto. Un cortado a la italiana, de café Illy y leche sin melamina. “25 dólares”, me dice, con rectitud. Sin caer en la infantilismo ‘mainland’. Sin posar, con sonrisa de labios carnosos. Sin andar a saltitos. Dos euros y medio por un café de verdad –de grano importado, recién molido, con leche del día, agua potable y taza adecuada- es un gran precio. Me lo tomo con cara asustada, ya que hacía diez meses que no probaba gota de cafeína. Arritmias, dolores imaginarios, tensiones… uno echa la culpa a todo menos a lo que tiene que echar la culpa.

“¿Está bueno?”, me pregunta la profesional camarera. “Sí, perfecto”, contesté, aclarándole mi separación por casi un año del mundo cafetero. “¿Adónde coges el vuelo?” –no hay nada mejor que el camarero psicólogo: el que te da conversación justa y necesaria-; “A Shanghái. Allí tengo mi casa”, repliqué, justo al acabarme el delicioso café, que me transporta a mi pasado más cercano, cuando me metía entre pecho y espalda al menos un trío de ellos.

“¿Y qué tal Shanghái?”, me preguntó Linda, la cual ya había recogido mi taza y la estaba lavando. “Regular. Estoy pensando en largarme. Ya no puedo con tanta contaminación, gente y tráfico”, contesté. “¿Contaminación? –dijo Linda casi asaltándome-. Pero si aquí estamos llenos de aire sucio”.

Puedo asegurar y aseguro que la diferencia entre Hong Kong y China, si nos ceñimos sólo a la polución –podría alargarse mi propuesta a otras secciones de la vida-, es la equivalente entre San Luís, municipio menorquín que podría ser el cielo en la tierra, y Madrid, ciudad patria con mayor porcentaje de contaminación y habitantes. Y por ello, me sorprendió la opinión de Linda, seguramente mostrando la exigencia que te aportan una educación libre y un mundo crítico. Y una democracia exagerada. Si supiera que el mismo café que me sirvió sería imposible encontrarlo en China.

Línea 10 del Metro, Shanghái, doce del medio día.
Una belleza local, equivalente en edad a Linda, con sonrisa gratuita y nervios al mirarme, se sienta frente a mi asiento tras montarse en la estación del Zoo de Shanghái -¿sería una señal? ¿Cuidaría de la jirafa pálida?-. Yo, estupefacto por mi reciente vuelta a la cruda realidad china, la miro con cara de degollarla al observar que, en seis asientos por fila, doce por zona, había elegido el pintado de naranja. Él único de la docena advertido para minusválidos, madres con bebé o ancianos. El cartel que advertía la razón de su cambio de color rezaba en chino mandarín e inglés. Me lancé a su yugular mientras se entretenía con su teléfono táctil adosado de momentos ‘Hello Kitty’. Ya estaba en China.

“Disculpa. Te has sentado en el único asiento reservado para personas mayores o minusválidas”, le dije, mirándola a sus ojos brillantes con cara de comandante con migrañas. “¡Ah!, perdón”, contestó mientras se puso a mi lado. Aunque tenía otros ocho asientos para elegir. “¿Vienes de viaje, no?”, me preguntó mientras continuaba dándole a la pantallita clitoriana de su móvil y comprobaba que yo cargaba con una maleta y una bolsa de mano. “Sí, de Hong Kong”, contesté. “Me encantaría ir”, me dijo, con los ojos mirando al infinito del vagón.

Tras unas deliberaciones básicas comenté a Susie –así se llama- mis intenciones de dejar Shanghái. Y mis razones, las mismas que había comentado a Linda, mi cafetera de Hong Kong: “Ya no puedo con tanta contaminación, gente y tráfico”.

De pronto, la mujercita aniñada, la promesa de mujer agarrada a un teléfono móvil última generación, la intrusa de la vida, condecoró nuestro viaje con esas maneras con las que cargan los que no han salido de su barrio, los que conocen el mapamundi hasta que China pierde sus territorios: “Contaminación como en los Estados Unidos. O en Europa. Los de fuera siempre exageran contra China”. “¿Tú has estado para comprobarlo?”, espeté.

Ahí se acabó el diálogo. La princesa sin corona ni príncipe ni carroza, ni inteligencia ni ganas de aprender, sugirió con sus despotismo ilustrado el que me atreviera a no dirigirle la palabra en todo lo que me quedaba de viaje –cuatro estaciones más, ella se bajaría después-. Al salir, le clavé mi mirada que ya no recibió una sonrisa gratuita por su parte. Cosas de los intereses.

Y allí la dejé. Agarrada a su bandera, a su lodazal, a su impertinencia sabihonda, a su muy probable trauma casero que al salir al ruedo oculta bajo un tupido velo de estupidez asombrosa. Por la salida número 1 de la estación de metro de la librería de Shanghái, un charco negro me dio la bienvenida. Shanghái es lo que era. Y lo que será. Hong Kong aún seguía en mi retina. En mis ropas. En mi bolsillo, donde alojaba mis últimos dólares de Hong Kong, guardados a cosa hecha para regocijarme en mi dicha. En mi memoria reciente. En mi milagro evidente que para la muchedumbre shanghainesa es una farsa del sistema capitalista-occidental.

O vuelven los maestros sin imperativo político o nos vamos a la gresca. Cuánto inútil y ningún futuro.

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Comentarios

Hong Kong es una ciudad bastante isufrible para vivir, otro hormiguero no mucho mejor que Shangay, pero ambos tienen unas lindas hormiguitas, no es asi querido?

Pues sí, Joaquín, es una auténtica desgracia para todos que la colonización inglesa en Asia Oriental se limitara a Hong Kong, y en Península Ibérica a Gibraltar. Otro gallo nos cantaría hoy a chinos y españoles si la corona británica hubiese gobernado en ambos territorios como lo hizo en India, Egipto, Nigeria o Rhodesia, ¿verdad?

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