Teoría a siete días del infanticidio

En el furgón 'escolar', con capacidad para 9 pasajeros, murieron 19 de los 64 niños que llevaba.

En el furgón 'escolar', con capacidad para 9 pasajeros, murieron 19 de los 64 niños que llevaba.

He esperado siete días a ver las reacciones de prensa, políticos y pueblo tras el infanticidio que se produjo en la provincia de Gansu por la muerte de 19 niños que iban al colegio en una furgoneta de nueve plazas donde en total eran 64 las personas –todas niños menos dos, el chófer y el profesor- que viajaban. Y he esperado para ver si alguien, aparte de la crónica periodística, era capaz de aportar sal al asunto. Además, he usado a mi pareja, nativa, para que escarbara en la red con la esperanza de encontrar a un pueblo renegado. De los políticos no esperaba nada: es lo que tiene no sufrir la presión de jueces, policías, pueblo, prensa y oposición.

De la prensa esperaba poco: todos arriman el hombro –unos queriendo y otros aunque no quieran- a un sistema corrupto e injusto hasta límites desconocidos porque como el agua en las setas el miedo forma buena parte del conjunto del hombre. Ya no sólo la renovación de los visados está en juego. Hablo de los niveles de vida diplomáticos que nadie quiere dejar de beberse. Que aunque se lea a autores de nivel y se mantengan intereses en revoluciones del pueblo, al final, el sol caliente tanto y tan bien que la sombra sería la absoluta lejanía del placer. No tengo tiempo para revisar toda la prensa en internet, aunque sí para bucear en la española y la de cierto nivel escrita en inglés; y sólo he encontrado una fabulosa crónica firmada a la par por Michael Wines and Ian Johnson para el New York Times, en donde marcan la pauta de lo que debería ser: ¿Es que nadie va a pagar por esto?

Del pueblo chino tampoco espero mucho. Aunque a ellos les culpo menos, a causa de la ceguera a la que son impuestos a la hora de informarse. De todas formas, una corriente de jóvenes valores se empieza a adueñar del tiempo libre con el que los capadores de internet vivían más en el karaoke que en la sala de amputaciones. Que resulta que no pocos micro-blogs han esparcido, para honor de la raza humana, toda la información y opinión posible contra la masacre infantil que aunque haya ocurrido hace siete días, parece que muchos ya la dan por aceptada.

Y de los políticos chinos. ¿Qué decir de los políticos chinos? Es difícil mayor capacidad de destruir personas por el afán de convertir a China en la primera potencia del mundo. Caso éste que nunca ocurrirá porque hasta ahora, que yo sepa, nunca una nación ha sido la fuerza de la humanidad con tres cuartas partes de su población hundidas en la mayor miseria económica y cultural jamás contada. Porque la economía no se mide sólo en si antes pasaban hambre y ahora nunca. La economía se alza como una guillotina social cuando China es hoy el mayor ejemplo de la historia de la humanidad de diferencias entre ricos y pobres, entre libres y atados, entre pudientes y moribundos. Un corresponsal que conozco me alababa las “increíbles capacidades gestoras de los tecnócratas del Partido Comunista”. Otro amigo ensalzaba “las tácticas de Mao”, que le hicieron ganar la guerra. Sorprende el nivel de podredumbre con el que el occidental llega a China. Ni que cobraran del Partido.

En China nadie se pregunta –o eso parece- cómo es posible que con el dinero que se mueve -el legal y el ilegal-, con los edificios que se levantan –de cien plantas y casas prefabricadas-, y con los vehículos que se ponen cada día en sus asfaltos –deportivos último modelo y bicicletas oxidadas repintandas- no haya nadie que haya caído en el bien común -¡¿pero no son comunistas?!- para invertir en el futuro del país -¡sus hijos únicos!- que caen como moscas ante la impasible actitud de un Estado tan mafioso que ríete tú de la Ndrangueta calabresa.

Que se vean coches, a miles, de millones de yuanes –cientos de miles de euros-, a diario, por cada calle de cada gran ciudad china, y que nadie, absolutamente nadie, haya caído en la necesidad de evitar una mayor degradación entre ricos y pobres, marca una idea preclara de la profunda injusticia (incultura) de los que manejan el cotarro en un país de chichinabo. Porque de chichinabo es aquel país que organiza pomposas olimpiadas y exposiciones universales, que lanza cientos de miles de kilómetros de vías para la alta velocidad, y que rasca su cielo con no menos de cien rascacielos en cada gran ciudad, y olvida crear un sistema, aunque sea cutre, para que 64 niños no tengan que ir a diario al colegio en una furgoneta de nueve plazas reconvertida en fosa común. Porque debe saberse que este hecho ocurre a diario en miles de poblaciones chinas que crecen y se mueren sin saber qué es eso del progreso, y no digamos del lujo.

Tras un caso como este en un país civilizado el presidente estaría en la calle, juzgado o pidiendo disculpas con lagrimas en los ojos. En un país inteligente el máximo mandatario estaría depuesto y probablemente muerto. Pero en China, su presidente vive de espaldas al pueblo y de cara al resto de naciones del mundo en un intento infantil por aparentar lo que no son. Que aquí a los entierros de los muertos por negligencia no acude ni el Tato.

Parece mentira que aún haya desgraciados, economistas y diplomáticos, empresarios y becarios, a los que haga gracia vivir en un centro de exterminio único. En el infierno en el cielo. En el único lugar del mundo donde los que no cuentan no cuentan ni muriendo por decenas.

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Comentarios

Tu aportacion espero te la agradezcan algun dia…

China da mucho mucho miedo. Lo siento por los escolares.

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