Niveles de aguante del ser humano

Paseaba por Hengshan lu, calle de cierta importancia en la Concesión Francesa, cuando intentando sortear el tráfico vehicular y humano me topé con un olor apestoso que en cierta manera superaba a los muchos que genera una inmensa ciudad de más de veinte millones de personas en pleno verano de lluvias y temperaturas altísimas. Recibir un fogonazo nasal recalcitrante es algo usual en Shanghái –y en el resto de China-, donde la respiración es tan compleja que un día, no tan lejano, sólo la podremos recibir asistida; y donde se entremezclan tofus apestosos, con pinchitos especiados, así como tubos de escape incansables con aguas encharcadas.

Pero ayer el hedor era ciertamente insoportable reafirmando a mi olfato cuando mis ojos corroboraron que algunas personas –en su mayoría damas de la nueva generación- se tapaban boca y nariz. Me acordé de Fukushima y esa radiactividad que no se huele pero acongoja y me pregunté qué sería aquel putrefacto olor que junto a los 35ºc no ayudaban a pasear, entre otros quehaceres.

Pero a los pocos metros comencé a chapotear sobre agua aparentemente limpia que comenzaba a tomar la acera y el asfalto. Anduve algunos metros hasta que descubrí que el carril de agua era, sin duda alguna, el causante de semejante pestazo. Aquella agua debía estar poseída por el mal de vientre o algo peor. Además, y al ir posado sobre unas chanclas, corregí mi posición para evitar posibilidad alguna de contacto entre mis pinreles y aquel vertido tóxico con apariencia de potable.

Conforme se llegaba al cruce con Wulumuqi lu, calle con cierto sabor en Shanghái, el torrente iba in crescendo y yo, junto una marquesina, intentaba llegar a mi destino sin ser manchado por aquel, ya por entonces, ultra penetrante hedor a jugo de alcantarilla reducido, como diría un cocinero-fontanero.

Pero lo realmente curioso, y no por ello lamentable, fue comprobar como todos, repito todos los seres humanos que vagaban por aquella riada olorosa, y aunque tapándose algunos el boquino y las narices, chapoteaban no ya sus pies, sino hasta sus gemelos por aquel nuevo atentado contra la humanidad, por aquella riada de la no vida.

Unos metros más adelante certificamos el porqué de semejante situación en el ambiente ya que las aguas penetrantes salían con cierta fuerza de una alcantarilla que en esos instantes estaba siendo tratada se sellar por unos operarios mojados hasta las rodillas.

Desconozco el límite del ser humano aunque puedo asegurar que en China debe estar en las primeras posiciones de la tabla. Que no es normal que desde damas emperifolladas, a currantes en chancletas, pasando por hombres de negocio, no pusieran pero en mancharse de semejante agua de apariencia limpia y de tremebundo olor a heces.

La imparable China es tan imparable por haber sabido hacer comprender a su pueblo que el camino, aunque esté lleno de trabas, es a fin de cuentas el camino que hay que seguir sí o sí: el único camino. En los Estados Unidos alguna californiana de buena familia habría puesto una querella criminal contra la empresa municipal de aguas correspondiente –y aseguro que habría recibido indemnización millonaria televisada- y en España muchos habrían cancelado sus movimientos, personales y laborales, hasta el día siguiente.

Yo llegué a casa y me lavé los pies. El olor aún convivía en mí. La putrefacción, supera al mejor perfume, aunque te vuelques el bote entero por la cabeza.

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