Muertos de risa

Debe ser que no estudiaron ciencias. Que apoyar los codos contra los pupitres para hacerse personas de letras no fue suficiente. Ocho mil muertos. Ya casi nueve mil. Y trece mil desaparecidos. Seguramente más. Estas cantidades, números a fin de cuentas, no son más que los daños colaterales que suelen causar desastres naturales del tipo maremoto, terremoto o parecidos. Si a esto añadimos una alarma nuclear suerte es que no tengamos que poner un par de ceros más a la derecha a cada cantidad.

La prensa, la tele, la radio, los enganchados informativos de internet… y lo que es peor, los políticos, han decidido obviar, tragar, asumir, no ser condescendientes, con los miles de muertos, desaparecidos, fallecidos, los que ya no podrán saber nada de lo que pasará con la Central Nuclear de Fukushima. Ni con lo que hasta hace poco fueron sus vidas.

Y no me olvido del público, del espectador, del oyente, del contenedor de estas maneras. Claves en este entuerto. Los unos: japoneses, traidores de sus sociedades tradicionalmente armónicas, corporativas, colectivas, que huyeron a sus casas tras dejar lisiados a los supermercados de toda la vida. Y los otros, madre mía los otros, los que desde sus casas, a miles de kilómetros, siguen el culebrón nipón sólo poniendo sus ojitos en los hombres con escafandra y traje amarillo. Los trabajadores de la central, auténticos héroes; son el ‘Gran Hermano’ del patetismo humano. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Me quito el sombrero por los súper hombres que se juegan la vida –ya cuentan los días para irse al hoyo tras la verbena de radiactividad recibida- por salvar a un país. Pero me lo pongo otra vez –el sombrero- por la actitud de los medios y el pueblo en general, mucho más pendiente del que olerá a cadáver que del que directamente no aparece. Eso sí, cuando tras los escombros aparece una señora –o señor- que ha subsistido a base de barro, yogures y rezos, las mismas teles, los mismos medios, y los idénticos clientes se esfuerzan en cambiar sus hábitos, ávidos de este tipo de cochambre humana.

Hoy los medios hablan de desastres nucleares que no existen. De catástrofes ya controladas. Y de tipos que nadie conoce, de septuagenarios, de héroes de barrio, que se juegan sus últimas bocanadas en pos de la unidad de un país que se parte en dos tras cada terremoto y que se asoma al abismo total tras un tsunami que cortó la refrigeración de una central levemente olvidada. En su seguridad. Hombres anónimos –y ninguna señora, por cierto- que sin oler ni visualizar saben que andan adobados en uranio y demás dramas nucleares, puerta grande del cementerio más cercano.

Pero, ¿qué pasa con los miles de reventados? ¿Con los huérfanos? ¿Con las viudas? ¿Con los sin hogar? ¿Con los arruinados? ¿Con los muertos de frío? ¿Con los muertos de hambre? ¿Con los electrocutados? ¿Con los que aún flotan en alta mar? ¿Con los que se los está, en este mismo instante, zampando un tiburón blanco? ¿Con los enterrados bajo barro y escombro? ¿Qué pasa con los olvidados? ¿Qué pasa con los muertos? ¿Qué pasa con los desaparecidos?

El mundo, tan progre y solidario, tan anti nuclear y anti bélico, sigue mamando del negro pezón del nazismo más perverso, del separador de castas más ultra, del racista más dramático. Mientras miles de personas aún no han tenido su segundo de gloria… para ser recordados, los residuos nucleares, extensiones de las películas más burdas de Hollywood, hacen tanta mella entre el espectador que hasta el fútbol, por primera vez, siente el aliento en el liderato de las audiencias.

Aquellas olas de doce metros, televisadas, perdieron su fuerza cuando la emisión conectó para siempre con la Central Nuclear de Fukushima. Y la resaca marina, atestada de cadáveres, se perdió tras los anuncios. Ser humano, ser justiciero. Y muertos de risa.

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Comentarios

Lamentablemente tiene razon el articulista.

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