Too Too, el verdadero restaurante del año
Hace poco un medio nacional otorgaba por tercer año consecutivo el premio de mejor restaurante español a ‘El Bulli’, el negocio con el que Ferrán Adrià ha conseguido que hasta algunos progres californianos hagan cola por espacio de año y pico para conseguir una de sus solicitadísimas mesas. Además, habría que aclarar que no sólo en terreno patrio ‘El Bulli’ –ahora en estado de congelación, como Walt Disney, esperando nuevas ideas- es considerado el culmen de la gastronomía sino que para muchas guías y clasificaciones internacionales es, sin duda, el más importante centro culinario del planeta.
Yo siempre he pensado que Ferrán Adrià es un genio. Un creador. Un investigador. Un loco. Alguien único. Pero la gente tiende a mezclar –todo empezó por la mal llamada fusión- y adjuntan al teatro nocturno con alevosía de Adrià la categoría de restaurante cuando ‘El Bulli’ no cumple los requisitos claves para ser eso, una casa de comidas. Hace tiempo comenté que si sobre la faz de la tierra, tras una guerra química –que llegará, no lo duden-, sólo quedaran abiertos ‘El Bulli’ y ‘La Taberna de la Tía Paca’, sin ningún género de duda, el restaurante de la señora Francisca sería el único que tendría el éxito asegurado. ¿O es que acaso el creador de las espumas y aires es capaz de mantenerse dichoso apretándose entre pecho y espalda su propio menú durante dos días seguidos? Es como que le digan a uno que debe sobrevivir en un monte escarpado a base de flanes de huevo. O acaba comiéndose los rastrojos-las raíces alimentan lo suyo- o se tirará al vacío.
Otra de las razones por la que ‘El Bulli’ no es una casa de comidas es por la inmediatez. El marisco, el vino, las miradas y los ataques se deciden gracias a la inmediatez, al impulso. Y no me creo yo que mis pasiones –y las de muchos- pudieran contenerse como si de un banquete de boda se tratara, para ir a comer a un lugar que hay que reservar con dos años de antelación. Me encantaría –ahora que ‘El Bulli’ adormece- que sacaran a la luz cuántos de los que reservaron mesa no fueron, o porque fallecieron, o porque habían cambiado de estado civil. No serían pocos. Hasta seguro que algún otro se olvidó.
El ‘Too Too’ es una auténtica casa de comidas sita en Mandalay, cerca de los templos y pagodas, aunque esterilizada de visitas de turistas parias. Para ello sólo han tenido que dar única y exclusivamente comida de la zona –nada de ‘fusiones’- en un local no acondicionado –aquí el pijo sufriría calores y sudores- y en donde las moscas son parte de la utilería, sin duda.
En la calle veintisiete, un espacio pobre, rústico, aunque limpio, provee de cocina local a sus clientes –casi todos locales- que por cuatro dólares se zampan una buena retahíla de platos, todos sabrosos, en su justa medida, sin ingredientes importados, sin escorzos de la realidad, sin colorantes ni conservantes, sin productos químicos y con un equipo de trabajo ducho en estas lides, sonriente porque sí y sin indumentaria de trabajo, o sea, sin hacer el ridículo a lo militar, por ejemplo.
La comida se elige de un mostrador que pudiera valer en España para ofertar charcutería y quesos varios, aunque aquí se colocan uno junto al otro los diversos guisos y salteados, sopas y verduras, para que el cliente decida. Si como en mi caso no sabemos qué solicitar los camareros –sin estridencias- te aconsejaran media docena de ellos que son los que entran en el precio pírrico de cuatro dólares.
Al sentarte a la mesa te dan un paquete de servilletas de papel y te encienden el ventilador con dirección a tu cabeza para luchar contra la epidemia de moscas, que de lo que comen –lo mismo que los clientes del ‘Too Too’- están fondonas y alegres. Mientras te traen los seis platos unas verduras variadas y crudas hacen las veces de aperitivo. Por supuesto, no hay carta de vinos –de hecho en Birmania el vino es casi tan caro como las joyas, aparte de que no va con su cultura- como tampoco cerveza, por lo que tuve que desplazarme al ultramarinos de al lado para agenciarme una ‘Myanmar’, la cerveza de calidad con la que los militares ingresan no pocos miles de dólares.
La cocina de Mandalay se basa en un mejunje de pescados de río, verduras desconocidas para nosotros, picantes no dañino para el estómago, maíz portentoso en una especie de polenta, sopas con curry y vegetales, pollos con piel, pelo y huesos, y como no, arroz hervido, su pan nuestro de cada día.
Acudí al baño –separado de la sala y compartido con otras viviendas y locales varios- donde uno alcanza a entender que no por ser pobre los váteres y urinarios deben desprender hedores varios. La cuenta, comentada a viva voz, sin sorpresas finales, llámense extras, propinas o tasas. No se puede pagar con tarjeta –como en todo el país- y en el mayor golpe de honradez la única divisa válida es la única inválida, la suya (el Kyat), por lo que el dólar importado no es bien recibido.
Me despedí con abrazos y avancé por la calle veintisiete, sin asfalto y polvorienta, mientras el calor amagaba con cortarme la digestión de cuajo. Porque los cortes de digestión no se producen sólo al bañarnos como las casas de comidas no se encuentran sólo en las guías especializadas, aquellas que valoran hasta los metros cuadrados del baño o si existe aparcamiento propio, para terminar o no de dar la bendición a un centro culinario, que como su nombre indica, sólo debe ser experto en expender comidas. Ni más, ni menos.
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