Crecimiento insostenible
Hoy me levanté enternecedor. Por eso me dispuse a visitar el magnífico lago de Hangzhou, una ciudad con aires de belleza real que queda a hora y media en tren desde Shanghái. “No todo van a ser patadas a la espinilla”, -me dije- como esperanzado que con la visita al susodicho lago mis poros iban a dejar pasar a mis adentros bienestar, tranquilidad y parsimonia.
Mi taxista femenina me conducía con gestos risueño –los extranjeros seguimos levantando entre las damas admiración a la vez de que les parezcamos extraterrestres- cuando de pronto el suelo se empezó a mover. No era broma. Fueron sólo tres segundos por lo que descarté el terremoto, idea que me volvió a la cabeza cuando vi a través de la ventana el asfalto despedazado y la avenida anegada de agua. Chorros, hasta cascadas, cascotes y coches estacionados de aquella manera. Intenté comprender en mi escasa memoria televisiva que eso no era movimiento sísmico alguno ya que siempre dicen los que salvan el pellejo cuando les apuntan con la alcachofa aquello de “cuarenta segundos de duración” y “continuas réplicas”. Pues entonces, ¿qué había sido aquello? La bomba quedaba descartada, a no ser que hubiera sido el propio gobierno chino el que la hubiera puesto. No era descartable, pero aún era muy pronto para buscar enemigos ficticios, tal vez en unos años… que el terrorismo de estado existe. ¡Vamos si existe!
La cosa ya se había casi normalizado –los coches consiguieron evadir los montículos recién nacidos en la carretera- cuando alguien dijo que había reventado una tubería. Detuve mi taxi y saqué mi cámara de bolsillo. Olisqueaba algo de interés. A la tercera foto el primer policía que había aparecido por allí se puso a echarme una importante reprimenda. Con pinta de agentillo apartado de los problemas reales barrunté que no sería más que el típico chivato del Partido que suele anotar quién entra y quién sale en las comunidades de vecinos. Su edad, panza e indumentaria no le hacían parecer de los de los servicios de inteligencia chinos, si es que existen. Y no me equivoqué.
Mientras la avenida era un mar creciente, los vecinos se fueron agolpando tras las cintas de seguridad que esta vez si las pusieron otra camada de agentes de la ley, más aparentes con la realidad del suceso, flexibles y de gesto serio. Operarios estatales en mono de trabajo comenzaron a estudiar el terreno para corroborar que aquello había sido un reventón importante de una tubería que debía ser gigante por los daños causados al asfaltado, que más bien pareciera un campo islandés repleto de géiseres. La llegada a la carrera de los medios de comunicación ayudó a que mi soberbio policía obsoleto para este tipo de casos entendiera que mi cámara de principiante no era un lanzallamas y que él no estaba defendiendo la vida de su presidente del gobierno. Proseguí tirando fotos.
Mañana los diario locales –y alguno nacional- sacarán esta noticia como una anécdota sin caer en la cuenta de que China crece a un ritmo tan vertiginoso que dudo yo no estén tapando calles a la carrera sin tener en cuenta cómo deben hacerlo. Una dama que representaba a una televisión local me comentaba sin caer en la cuenta del peligroso crecimiento chino que hacía dos meses que habían asfaltado esa zona tras abrirla por novena vez en poco más de un año. En China nadie conoce el significado de la palabra ‘calidad’ aunque sí que todos dominan a la perfección el de ‘cantidad’ por lo que lo importante es, sin duda, terminar lo iniciado cueste lo que cueste. En muchos casos son vidas las que se cuelan entre el historial de las construcciones. Los casos de mineros fallecidos por miles u obreros sepultados mientras construyen las carreteras elevadas que tanto gustan fotografiar al cateto occidental siguen sin hacer cambiar la marcha de un gobierno que adolece de proyecto social o humano alguno. A su vez, los medios con denigrante afonía crónica, los médicos con las bocas magníficamente cosidas y el pueblo en general bien callado, otorgando todas las licencias posibles para que el crecimiento de China, que para los economistas plastas –estos sí que se repiten- es histórico, sea mortal para su población.
A la hora y pico el agua seguía brotando y la zona anegada no me llegaba la vista para delimitarla. Por supuesto, y aunque la carretera se levantara en diversos puntos con alturas francamente llamativas, ningún de la media docena de edificios colindantes –todos de viviendas- fueron desalojados. Aunque claro, ¿para qué van a hacer a la gente salir a cubierto cuando si los inmuebles se hubieran derrumbado nadie hubiera sido responsable, si acaso algún empleado municipal? Seguramente el último que apretó una tuerca de aquella tubería que había sacado a la luz las lamentables manera de trabajar, de acabar las cosas y de mantenerlas que tienen los chinos. Corre que te corre, amasa que te amasa. Y no el pan, precisamente.
No es casualidad que ayer una noticia me hubiera puesto los vellos como escarpias. Más de doscientos pilotos chinos están siendo investigados por haber falsificado currículos y horas de vuelo; por ello, las aerolíneas chinas los contrataban creyendo (?) que eran profesionales. El caso acaba de salir a la luz tras un raro accidente que se produjo hace mes y medio en el noreste del país.
Este hecho sin duda da empuje a mi teoría del crecimiento insostenible e inasumible del repetitivamente llamado gigante asiático. No me cabe la menor duda que ante las necesidades de abrir conexiones aéreas entre ciudades y las compras a mansalva de aviones –gracias a dios aún la tecnología aeronáutica sigue siendo occidental- había que conseguir como fuere pilotos comerciales. Y claro, en un país con cierto aborregamiento al que le cuesta sobremanera contratar a extranjeros –y menos para empresas estatales- decidieron, maliciosamente, pasar por alto las mentiras de unos locos que se querían apuntar al carro de los seis mil euros mensuales como fuera. Ni que decir tiene que controladores aéreos, mecánicos y demás tampoco serán los más profesionales del mercado, por lo que me temo que coger aviones en este país –donde el que no miente no sale en la foto- es una especie de ruleta rusa en donde hasta que desembarcas –podría ser que la escalera que te hace llegar a la terminal no tuviera los tornillos apretados- no has conseguido salir airoso.
A esto le podemos sumar las carreteras, puentes, encauzamientos de ríos, trenes de alta velocidad… y porqué no, inspectores alimenticios que podrían no saber cuántos días dura en la nevera un bote de mayonesa abierto.
Dejé atrás la anegada carretera –aún nadie había encontrado la llave de paso para cerrar tamaño torrente- pensando en cuánto les durará todo lo que construyen con tal velocidad, que pareciera que estamos a las puertas del fin del mundo, o de algo peor.
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