Sin teléfonos móviles
Se hace difícil hoy encontrar algún lugar en el mundo donde no haya teléfonos móviles. Incluso en el África negra, donde la pobreza constante domina el día a día, cualquiera con algunos dólares puede darse un atracón de llamadas a través de algún destartalado móvil. Es la globalización, el cáncer mundial; que todos acabaremos llorando, riendo, sufriendo y muriendo por lo mismo.
El teléfono móvil vino a sustituir al teléfono fijo con la clara idea de tener a los humanos localizados y entregados al trabajo. Antes, si te ibas al monte, nadie podía dar contigo. De hecho no hacía falta hacer escapadas pirenaicas, con salir de casa a pasear uno podía sentir de alguna manera que nadie en todo el universo sabría dónde uno y qué hacía. Luego llegó Motorola, con las previsibles ayudas de los gobiernos especializados, creando un aparato que no sólo te permitía hablar sino que además ofrecía las coordenadas tuyas aunque estuvieras navegando por el Mekong. Con este “avance tecnológico”, que no fue más que un certero golpe de los gobiernos y sus ministerios del interior a las libertades del ser humano, cada persona aparte de gastarse cada año una pasta gansa en aparatos y facturas estaría localizada de por vida. Gran paso atrás del humano en pleno siglo de las mal llamadas libertades. Porque duele ver el paroxismo de los actuales libertarios de la humanidad: funcionarios en su mayoría, dependientes de hipotecas y facturas, y ataviados todos ellos con el mismo corte de pelo, indumentarias y que además, decoran sus pisos en serie, que no en serio.
Al tercer día me di cuenta. Fue como un milagro o aparición: sutil. Intenté recordar en mi atestada memoria de datos irreverentes y allí no había sonido alguno de móvil, por extraño que pareciera. Pregunté y observé, analicé y perseguí, pero siempre llegaba al mismo punto: en Birmania nadie dispone de teléfonos móviles. Para fortuna mía y de ellos.
La Junta militar, sin saberlo, había añadido a sus habitantes una portentosa dosis de libertad amparándose en todo lo contrario ya que ellos, los del gobierno birmano, creen que el hecho de prohibir el celular en el país ayuda a dominar al pueblo, a tenerlo controlado, evitando que se puedan comunicar con celeridad para organizarse en supuestas manifestaciones. Nunca los que imponen el dominio a base de tiros fueron listos. Y eso que ahora tienen acceso a la información al minuto. Si cada birmano tuviera un Nokia hoy ellos sabrían a quién llaman, desde dónde y con qué regularidad; conocerían sus gastos mensuales y desde qué banco operan. Lo dicho, las democracias trajeron el control exhaustivo a las gentes a cambio de la patochada de poder votar una vez cada cuatro años o manifestarnos de vez en cuando. Tontocracia.
Es agradable no escuchar sonidos estridentes en autobuses, ascensores y restaurantes, de niñatos, generalmente, que tardan en coger el dichoso aparatito mientras les suena desbocado con la vetusta idea de impresionar (molestar) a los que tienen al lado. Que a mí me importa una buena mierda si se ha puesto de ‘politono’ para recibir llamadas la última de David Bisbal, por ejemplo. En Birmania, gracias a la Junta, no eres agredido por gentuza que te grita al oído lo que va a almorzar ese día o por otros que vociferan cuánto han ganado en horas extras el último mes. Y es, aseguro, una tremenda tranquilidad poder volver a escuchar a los humanos sin más, a las calles en plena ebullición o a los pájaros, que en Birmania abundan. Lo triste será cuando las compañías de telecomunicaciones pueblen el país. Para entonces las aves habrán pasado a un segundo plano. Y eso que por aquí las sueltan supersticiosamente. Las meten en jaulas, pagas medio dólar, y dejan libres a un par. Ellos creen que así, las penas, se las lleva el viento.
Tampoco el teléfono fijo es de fácil adquisición en Birmania. Escasos y caros suelen estar controlados por los chivatos del Gobierno que deciden quién habla y detectan cualquier insurrección de su mermado pueblo. De vez en cuando, junto a mercados y pagodas, uno puede ver como se arremolinan los necesitados sobre una mesita escolar con tres líneas de teléfonos. Es la vuelta al pasado más lejano, aquel en donde se luchaban por las libertades hoy supuestamente alcanzadas aunque solapadas bajo el control absoluto a la población. En Myanmar, aunque parezca mentira, Nokia, como la palabra ‘libertad’, suena a chino. Milagros a conservar.
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