Despedida y (no) cierre

Campos, en la plaza de la Merced de Málaga, junto a la estatua de Picasso.

Campos, en la plaza de la Merced de Málaga, junto a la estatua de Picasso.

Tras casi tres semanas sin darle a la tecla uno vuelve a golpear el teclado con la misma escasa pericia que gastan los que quieren escribir y les marchan más rápido las cabezas que las manos. Escribir es un placer, al menos en mi caso, y por ello he decidido asesinar en vida a una bitácora (Chinitis) que en sí fue la clave de toda esta montaña de opiniones, relatos y hasta un libro, que recién publicado y presentado, me ha abierto el apetito asesino: hasta Aspersor se tomará un descanso prudencial, si no es que directamente no lo capo. A cambio comienzo ‘Contar lo que no puedo contar’ en FronteraD –ya podía ser en Antena 3 en horario de máxima audiencia, con azafatas minifalderas bordeando la mayoría de edad, contertulios retrasados gritando y moviendo los antebrazos, y Mariló Montero de rodillas y con un bozal emitiendo ruidos extraños–, que toma su nombre de una de las canciones de Lagartija Nick, el típico grupo español que será más tenido en cuenta cuando no existan; y a poder ser, cuando fallezcan todos sus miembros.
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132

Monja tibetana se inmola

Como si se tratara de la puntuación de cualquiera de los dos equipos de la NBA en un partido con prórroga y en una noche con sus triplistas enchufados la cifra de inmolados en Tíbet, tras casi cinco meses estancada, ha subido un dígito llegando a la de 132. Mucha carne humana quemada sin que prácticamente nadie abra la boca. Y ya son casi cinco años.

El último héroe casi anónimo ha sido Lhamo Tashi, de 22 años, estudiante en el condado de Tsoe, conocido en mandarín como Hezuo, dentro de la provincia de Gansu, que se quemó a lo bonzo hace una semana frente a una comisaría de policía gritando consignas contra la invasión china y por el regreso del Dalai Lama. Mientras su cuerpo prendía con más fuerza su voz se iba consumiendo.
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Cadena perpetua

A Artur Mas i Gavarró se le habrán puesto de corbata cuando haya escuchado la sentencia que el gobierno chino –en China no existe la separación de poderes, por eso instaron al gobierno de Oslo primero a no conceder y luego a retirar el Nobel de la Paz a Liu Xiaobo y a Rajoy a liberar a Gao Ping, jefe de la mafia china– ha impuesto a Ilham Tohti, intelectual uigur, que con la boca pequeñísima se ha venido quejando del trato que dispensan las autoridades chinas en Xinjiang, la región de mayoría musulmana que se niega a ser china. Y menos a la fuerza.

Foto: scmp.com

Foto: scmp.com

Ilham Tohti no necesitó organizar cadena humana alguna ni referéndum, legal o ilegal: le bastó con manifestar su opinión, moldeada hasta la genuflexión, a sabiendas de cómo se las gastan los hijos de los campesinos pro bélicos, hoy ‘hijos de puta’ a secas. Pero ni así le ha valido para recibir una condena moderada ya que deberá pasarse todo el resto de sus días en alguna cárcel china donde las condiciones de vida son penosas aunque al estar llena de profesores, artistas y parecidos podría deducirse que las horas libres –si las hubiera– serán bastante más amenas. Luego uno se pasea por las calles pequinesas y se pregunta dónde estarán los muros de esta inmensa prisión, donde principalmente sólo hay caspa, chusma y contaminación. Ah: y expatriados sumisos. Y por cierto: si le concedieron a Liu Xiaobo el Nobel de la Paz, ¿qué hará Occidente con Ilham Tohti? ¿Ir a buscarlo al penal de Urumqi en helicoptero como hacían los mandos de Rambo en aquel telefilme que se emitía por el cine simulando serlo?

Mis amigos catalanes en la zona, que no son pocos, y los periodistas de esa aún región española, en especial, deberían sacar la cara por Ilham Tohti. Que eso sí que es una represión y una humillación para un pueblo, que como ellos bien saben, tiene bastante menos que ver con China que Cataluña con España. Pero claro, si algo desprenden los ciudadanos españoles –catalanes y vascos incluidos– es un tufo a mediocridad que se acentúa cuando es la democracia la que sí permite opinar y manifestarse. Que nos encanta ver los reportajes de La 2 sobre el Holocausto, tumbados sobre el último grito de sofás del Ikea –con una mano en el Kleenex y la otra en el mando a distancia, subiendo el volumen al mínimo atisbo a sonido ajeno– cuando algunos de nuestros antepasados cercanos expulsaron a patadas a los judíos; aviso de lo que haríamos nosotros si tuviéramos la más mínima oportunidad.

Tohti fue detenido a mediados de enero de este año y estuvo incomunicado hasta hace poco más de un mes, cuando sus abogados supieron que lo habían trasladado a la prisión de Urumqi, capital de Xinjiang. La sentencia, salvaje y decididamente provocativa, levantará en armas y piedras a un resto de uigures que llevan años clamando justicia bastantes veces por medio de la bronca o directamente del asesinato o el intento del mismo. La tensión en Xinjiang crece cada día y esta explosiva, infantil y precipitada sentencia, que no se ajusta a ninguna ley o derecho –salvo a la china, que sinceramente, no cuenta–, traerá consigo nuevos lodos que nadie podrá ni fotografiar ni discutir.

Porque se recuerda que en Xinjiang –como en Tíbet y en cualquier lugar del mundo si finalmente esta China acaba convirtiéndose en nuestro nuevo jefe– está prohibido el acceso a la región de los medios de comunicación que aceptan el castigo como si tal cosa. Que así es normal que disidentes reciban premios internacionales mientras los Pulitzer no se asoman a ninguna de las dos China informativas que a veces parecieran la misma. Me refiero a la nativa y a la forastera.

Mientras la Unión Europea ha emitido un comunicado donde condena la cadena perpetua del intelectual uigur esperamos ansiosos a ver qué dirá Mariano Rajoy que hará acto de presencia en esta inmensa secadora de cerebros de aquí a unas horas. Parece ser que ha organizado un encuentro amistoso con estudiantes y expatriados en el Instituto Cervantes de Pekín cuando yo pensaba que venía a clausurarlo. Cosas de una España de la que no es que sólo den ganas de independizarse, sino que con una antorcha y un galón de gasolina dan ganas de más cosas.

Y mientras el barco se hunde…

Mientras el barco se inundaba la banda seguía tocando. Y así hasta los créditos, anegados de espuma de mar. Porque esto es lo que veo, asumo, desde que regresé a Pekín hace ya cuatro días. La contaminación hace tiempo que dejó de ser noticia cuando lo novedoso es observar, muy de vez en cuando, a los rayos del sol atravesar ese manto de progreso que recorta la esperanza de vida, machaca el estado de ánimo, y en resumidas cuentas, humilla a la especie humana, que nunca se ha visto en una igual.
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Letonia

Desde que descubrí cómo saber quiénes me siguen en mi web y desde dónde me he llevado diversas sorpresas. La primera es que Estados Unidos copa la primera posición –y desde que inauguré la citada web el pasado febrero– con bastante ventaja sobre España, China y Camboya, nación esta última que está sufriendo durante este mes un ligero retroceso. Y resulta curioso lo del liderato porque aparte de ser español y escribir en su lengua oficial nada me asocia a los Estados Unidos de América, salvo una relación pasada y reciente y un par de visitas físicas que se gestaron en la década pasada, si no tengo en cuenta las ocho horas en la ida y en la vuelta que eché en Atlanta gracias a un extraño viaje desde Phnom Penh a Chiloé que realicé hace algo más de un año. Una señora (Emily) acaba de hacerse amiga y no creo que ande metiéndose cada día cuando, además, mi página web redirecciona a cada lugar donde escribo. Quiero decir con esto: mi web no es atractiva, sino funcional. Y salvo el careto –el mío– que sale cuando te conectas a ella no existe nada más atractivo en esa fase inicial, si es que mi cara podría ser tenida en cuenta con algo que tenga que ver con la atracción.

Que los Estados Unidos, país donde su lengua oficial es la inglesa, sea el primer país desde donde me siguen me ofrece una sinuosa realidad: como no conozco a Michelle Obama –y no porque hable o aspire a hacerlo en español, sino por sus conexiones– asumo quién debe usar mi cara y gesto como cortina de humo para pasar sus horas muertas. Cuando yo, al menos, nunca me he masturbado con una web donde sale una señora haciéndose la seria. O desnuda o no entro.

Ahora, lo que me tiene más que intrigado, es que Letonia sea el tercer país que más me visita. En un caso sumamente extraño que se acerca a asuntos esotéricos: la persona que lo hace, a lo mejor desde Riga, se conecta prácticamente cada día y sólo y únicamente en la página inicial, la que, repito, no te permite leer ningún texto, sólo ver mi cara de abrumado.

La clasificación, este mes de septiembre, la comanda Estados Unidos, seguida muy de cerca por España dejando en la tercera posición a Letonia, en la cuarta a China, en la quinta a Brasil, sexta es Argentina, séptima Camboya, octava Alemania, novena Hong Kong y décima Japón. Pero lo alarmante del asunto es que en Letonia está el servidor desde donde cada día, y a veces en más de una ocasión, se conecta el mismo tipo o tipa. Quiero decir: ¿qué está ocurriendo en la antigua república socialista soviética? ¿Quién anda ahí? Esto acabará dando para otra novela.

De los cuatro servidores donde mis seguidores más se conectan el resto son estadounidenses. Resumiendo: entre los ocho primeros cinco norteamericanos, dos españoles en posiciones de diploma olímpico, y el citado letón, que barre al resto.

Juro no haber estado nunca en Letonia ni haber conocido a letón o letona alguna. Y sí: da bajón ver que todo tu esfuerzo literario –en español, recalco– es visitado por países donde el español o no existe o es absolutamente inmigrante. Y tampoco es que yo tenga muchos amigos en Cuba o Guatemala. Me planteo dedicarme a la electricidad. Mi literatura es una entelequia.

Volver al redil (y parece que fue ayer)

Hace quince horas cogí un avión cuando hacía diecinueve que me acosté. Los ingredientes para el brote psicótico anduvieron en constantes vitales cuando acepté que tras casi dos años de ausencias iba a aterrizar en China, concretamente en Guangzhou, la opción mandarina para la denominación imperialista de Cantón.

Debo anunciar al modo vaticano –y sin vender, desnudo, la exclusiva al Hola: ¡Gracias Gonzalo!– que Chinitis dejará de existir en poco tiempo gracias al empuje de una editorial suicida que ha decidido publicar mi primer libro sobre China que hace medio año que navega sin rumbo por internet, capitán (capital) Amazon. Lo de dejar Chinitis no es por pelearme conmigo mismo, sino por cerrar puertas para poder abrir otras. Para cambiar el curso del viento, los olores y los sabores; por poder decir que me retiré en la cumbre del escombro, para regocijo de todos aquellos periodistas que ni escriben libros ni noticias originales Y no digamos nada de los lectores que juegan a ser literatos. Recalco que sigo siendo cocinero. Y con la segunda obra casi finiquitada, cuando la tercera tuve que cesarla, tras haber cruzado la mitad de su trecho, por falta de tiempo. Rotundamente, y aunque cueste entenderlo, escribo.

Debo reconocer que el vuelo desde Phnom Penh a Guangzhou, aparte de no caerse, me ofreció mejoras entre la muchedumbre ‘han’, que ahora escupe algo menos y deja las puertas de los baños públicos abiertas tras defecar como antaño, pero con menos regularidad. Deseché la comida, la bebida y la sonrisa –volaba con China Southern Airlines: no había otra– que valió de poco cuando la azafata más honorable –impecables piernas y peligrosísima sonrisa– me preguntó si seguía hasta Pekín. Por un momento me volví a ver emparejado en un bautizo siniestro de lo que me queda de vida. Era bella hasta la extenuación. Suerte que en Camboya las tarjetas de visita casi no existen y la cola de gentuza-pasajera por querer salir del aparato apretaba lo suyo como para detenerla y pedir un boli, una cuartilla y medio minuto.

Magnífico recibimiento en Guangzhou, donde soñadores de gerifaltes uniformados con trajes de mierda, me acompañaron hasta el coche del hotelazo que cubre con mis gastos e ingresos, en estos días de vergüenza ajena: como el alcohólico que vuelve al bar Joaquín Campos regresa a China a por dinero, ahogado por las deudas, imposibilitado de ganarlo lejos de ese agujero negro que aparte de basura galáctica reparte millones de yuanes y lo que no son yuanes.

Hasta que monté en el Audi ultra-lujoso con los cristales tintados había vivido casi un sueño: un avión que no se cae, una azafata que se te insinúa, una seudocomida que desechas, una arritmia regateada. Porque en el trayecto del aeropuerto de Cantón –sólo se parece al de Castellón en que rima– a la ciudad que acoge contemplé todas las razones por las que dejé este mortuorio país que aunque avance en ingresos decae en esperanza de vida y ganas de vivirla: construcciones mastodónticas que parecieran repetidas, carreteras de un par o tres de pisos, atascos hasta la arritmia que no me produjo el avión, y un cielo tétricamente cancerígeno, por mucho que algunos (o muchos) expatriados se empeñen en ocultarlo, en lamentable homenaje a la polución que no deja ver a los chinos una realidad celeste que por estos lares milkilométricos es negra como el betún.

Mareado, ni cerca ni lejos del vómito, llegué a mi mausoleo, donde jefazos de sección y posibles meretrices que eligieron el camino correcto –o incorrecto– me recibieron con tantas genuflexiones que me crecí tanto que acabé subiendo a la planta veintidós a pie, en parte por el reflejo que proyecta la esclavitud tan ridícula como gratuita, y en otra parte por la claustrofobia que generan unos ascensores de hoteles de lujo donde ya comienzan a verse las primeras pintadas cachondas o tachones infantiles: donde un soplapollas tachó la norma de respetar el máximo de personas (15) dejando sólo el dígito uno. En España, al menos –y eso que somos ejemplo de poco o prácticamente nada– estas artimañas para retrasados se realizaban cuando los malhechores llevábamos un escaso lustro de vida sobre esta faz de la Tierra que ahora China intenta dominar, en lo que podríamos decir que será el mayor paso atrás documentado del hombre desde el invento de la bomba atómica o la aceptación, en pleno siglo XXI, de la religión o la nación como necesidad básica. Por ello, barruntando, el paro quita el hambre pero nunca la bandera, que siempre está puesta y dispuesta.

Ni que decir tiene que en el hotel que me da cobijo decenas de nativos –y no dos ni tres, ni dos sin tres– marcaban el paso de todo lo que vendrá después: ex putas alzadas sobre alfileres crecidas de más por haber dado a luz a bebés nacidos en el trasiego de la negociación monetaria, déspotas de metro y medio que sin tacones miraban al resto por encima de los hombros, y lo peor de todo: el personal, en su mayoría de la ex libre Hong Kong –pocos diarios hablan en estos momentos de la decisión de Pekín de prohibir definitivamente la democracia– aceptando la humillación del animalismo ‘han’ que se hizo de oro a medias entre el esfuerzo diario y la trampa a cada minuto.

En resumen, China sigue creciendo: desde su polución a su tráfico pasando por sus rascacielos y sueldos. Lamentablemente su inflación bate records. Shirley –china rebautizada–, una dignísima señorita casi señora –un gordo divorciado la ha embaucado a golpe de talonario; que al final es como terminará triunfando el amor–, me lo explicó a las mil maravillas. Y de esto hace un par de horas: “Yo ya gano casi 12.000 yuanes –unos 1.400 euros– pero vivo compartiendo piso con tres chicas a las que ni conozco, en un auténtico zulo a hora y pico de mi trabajo, cuando además no puedo salir a cenar fuera de casa más que una vez a la semana, y calculando”. ¿Vacaciones?, le pregunté: “Sí, claro: en Camboya, Tailandia, Filipinas o Indonesia. Para Estados Unidos o Japón sigue sin haber visa ni dinero”.

Luego me fui de vinos, descubriendo que alrededor del hotel que me da aliento hay más dinero que en toda Andalucía, por mucho que esta región recién señalada esté en Europa, dividiendo un mar y un océano, además de dos continentes mientras recibe muchos más turistas per cápita que lo que China –y lo comparaba con los alrededores de mi hotel– soñará por los restos. El taxista que me llevó al hotel, por cierto, era imbécil. Aunque claro, con semejante cielo y tamaño tráfico poco más se puede esperar, salvo que salgan a reprochar a diestro y siniestro como lo hacen en universidades terciarias norteamericanas: rifle en mano y cerebro en ano.

Xiaomi

Steve Jobs y Lei Jun

Steve Jobs y Lei Jun

“Quiero crear una marca internacional de la que los chinos estén orgullosos”, decía hace poco Lei Jun, consejero delegado de Xiaomi, que en una tosca copia de Steve Jobs –le faltaba aparte de la originalidad la sentencia vital en forma de cáncer que padeció el americano– presentó recientemente el último modelo de su teléfono –para muchos una burda copia del iPhone; para mí no sería una sorpresa ya que China copia más que crea– en un show vergonzante donde Lei Jun jugó a ser Steve mientras público y periodistas pasaban por alto aquella vergüenza ajena. ¿Serían maniquíes? ¿O chinos pagados para aplaudir a rabiar como fueron abonados por adelantado los pro-chinos que hace una semana se manifestaron en Hong Kong a favor de la unión fraternal entre la antigua colonia británica y la República Popular?

China sigue a lo suyo: la supuesta empresa puntera en tecnología del país que lleva copiando tecnología desde hace tres décadas basa su éxito en el orgullo nacional, una parida que se acerca tanto a Batasuna como a los nazis pasando por los que asumen que su identidad nacional es mucho más importante que su presente, futuro y anécdotas. Lei Jun –y me juego al gaznate contra un cuchillo bien afilado– está mucho más interesado en ganar dinero que en utilizar de pareo la bandera china. Y a los hechos me remito.
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Tranquilo, que yo controlo

Mientras la policía sectaria y racista de Pekín busca a extranjeros dando caladas a porros los controladores aéreos se quedan dormidos. Y a éstos no hay quien les haga orinar dentro de un bote de plástico, ni con la puerta del aseo abierta ni cerrada. Ocurrió hace una semana en Wuhan aunque hasta ayer no vio la luz la noticia que dice que un avión de China Eastern estuvo un cuarto de hora sobrevolando la ciudad ya que no recibían respuesta alguna a sus reiteradas peticiones de aterrizaje de unos controladores –no especifica cuántos; que la coña sería que hubieran sido seis los que cayeron a la vez roque– que cuando despertaron recuperaron la conexión evitando la tragedia. Los internautas chinos braman poniendo el dedo en la llaga: falta de seguridad aérea, cansancio, falta de profesionalidad, explotación laboral. Sea como fuere no es muy común que acontezcan este tipo de hechos que si no son corregidos suelen desembocar en catástrofe.

En mis años en China me llamaron la atención muchas cosas, pero dos que tienen que ver con este asunto las saco ahora a la luz: la estúpida leyenda que dice que el chino trabaja más que el resto de las nacionalidades, cuando muchas veces es exactamente lo contrario; y las negligencias continuas y desproporcionadas en materia de seguridad: alimenticia, vial, en el mundo de las obras y construcciones, médicas, y ahora ordenando el tráfico aéreo.

Las cosas se podrán sacar de quicio y podremos manipular titulares así como exprimir errores. Pero no es de recibo que los controladores aéreos del aeropuerto internacional de Wuhan se quedaran dormidos por espacio de quince minutos. Siempre he dicho –los curiosos que revisen mis textos– que para ganar una guerra a China no hay ni que tirar bombas atómicas ni ser los más sobresalientes en estrategia. Porque para ganarles una guerra a los chinos –guerra que llegará más pronto que tarde– sólo habrá que dejarles tres días sin dormir.

Una de la tarde en cualquier oficina, negocio, fábrica, taxi, hospital o lo que ustedes consideren de cualquier ciudad china: una mayoría se da una cabezadita: contra el volante, sobre la mesa, echados sobre unos cartones, apoyando las piernas en la camilla que luego se utiliza para transportar a enfermos. Luego que nadie se sorprenda si los controladores aéreos también se echan sus siestecitas correspondientes.

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