Enésimo capítulo contra el enemigo nipón
China mantiene la herida contra Japón bien abierta, negando el yodo, los puntos de sutura y cualquier tipo de medida que corrija el desangramiento. La herida, bien abierta y profunda, ayuda al Partido Comunista chino a sostenerse en el poder manteniendo a la población con una sensación de ira constante.
El último capítulo de esta manida historia nace por la negación de la masacre, cometida en el año 1.937 por las tropas de Japón en el este de China, que el alcalde de Nagoya, Kawamura Takashi, comentó en la propia cara de Liu Zhiwei, un miembro de alto rango del PCCh de la ciudad de Nanjing, epicentro de la matanza realizada hace 75 años por el ejército japonés. El diario Sankei Shinbum recogió, ante la negativa de la matanza del alcalde de Nagoya, las siguientes declaraciones del portavoz del gobierno de Nanjing que andaba de visita por el Imperio del Sol Naciente: “El pueblo de Nanjing adora la paz. Nosotros aprendemos de la historia para salvaguardar la paz”. O sea, primera vez que un alto cargo político chino, 75 años después, comienza a quitar algo de hierro al asunto. Un asunto, que debería estar arreglado desde hace tiempo, si las autoridades japonesas hubieran reconocido el grave error de sus antepasados que pasaron por encima de no pocas ciudades chinas y sus habitantes.
A causa de las declaraciones pacíficas de Liu Zhiwei, el director del Museo de la Masacre de Nanjing Zhu Chengshan, ha puesto el grito en el cielo contra el alcalde japonés así como ha dejado con el culo al aire al representante de la ciudad que en internet ya está siendo duramente atacado por los que no quieren que ese drama se olvide. Así internautas con apodos diversos –qué difícil les hubiera resultado opinar contra Hu Jintao o su hijo- piden directamente la “pena de muerte” contra Kawamura Takashi así como exponen su vergüenza por la tibieza de Liu Zhiwei, al que me temo le quedan dos telediarios como alto cargo del Partido en Nanjing.
Hoy la prensa china recoge esta nueva gota que nunca colma el vaso, que ha sido recurrentemente repartida por cada medio chino y por cada foro de internet con la triste esperanza de ver al pueblo llano arder desde sus adentros.
Hace meses, en un agrio debate sobre la pederastia en el mundo de la iglesia, metí el dedo en la llaga dirigiéndome al progre de la sesión en los siguientes términos: “¿Tú quién preferirías que te violara: un cura o tu padre?”. Aún asumiendo que miembros de la Iglesia, aprovechando sus dotes de tutores, se hayan pasado por la piedra a no pocos niños, no deja de ser curioso que la grandísima mayoría de los casos de abusos contra menores los ejecutan miembros de la propia familia del menor: padres, tíos, abuelos… Que eso no quita que al cura que aprovechándose de su puesto se haya acostado con niños habría que colgarlo del palo mayor. Pero recordando esa frase, hoy preguntaría al pueblo chino qué preferiría: ¿Ser asesinado por las tropas japonesas o serlo por los propios miembros de tu gobierno? Lo digo por el caso de la Matanza de Tiananmén, que muchísimo más cercana en el tiempo (año 1989), aún no ha sido ni reconocida ni investigada por las autoridades chinas que creen que aquello no fue digno de mención.
Que hace 75 años los japoneses hicieron todo tipo de bestialidades contra el pueblo chino es tan verdad como que en aquel 4 de junio de 1989, el propio gobierno de Pekín pisoteó, aplastó y asesinó a su propio pueblo. Y que muchos de los responsables siguen aún vivos. Y nadie sabe nada de los desaparecidos y fallecidos. Que debe saber China que la justicia –como la limpieza- empieza por uno mismo.
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Nueces de Henan
Podrían ser nueces de California. Pero no, son nueces de Henan, una provincia china que no se hará famosa por el fruto seco indehiscente aunque sí por los dentistas, que no cesarán de poner piezas y extraer restos dentales. Por ese afán chino repleto de creatividad –sin causa bromística- en donde engendros del diablo rellenan de cemento cáscaras de nueces desvirgadas que se rearman con esas durezas que rallan el esperpento. Para que crujan de nuevo se sellan los cierres anteriormente abiertos con pegamento a la vez que se mete papel, junto al pedazo de cemento, para que el nuevo usuario del fruto seco se lleve una buena sorpresa al abrir la nuez.
Lo que les cuento, que bien podría ser un broma surrealista, no es más que la última codicia del chino mandarín que desea ganar dinero a toda costa. El nuevo milagro vital se le ocurrió a un ciudadano de Zhengzhou, en la provincia de Henan, que aprovechando las grietas de ciertas nueces –y de buena parte de la sociedad china- decidió abrirlas, extraer lo comestible, y seguramente por alguna escombrera cercana, introdujo pequeñas piezas de cemento que con las cáscaras selladas daban el pego. Incluso se procuro unos pedazos de papel que entre el cemento y la cáscara debían ofrecer un sonido creíble, de autenticidad.
La broma tendría su gracia si no se basara en el fraude y el engaño; además, si en vez de en nueces hubieran introducido el cemento en cualquier cosa que no fueran alimentos, el delito contra la salud no habría tomado forma. Que en esta civilización milenaria, a la que no pocos occide ntales la señalan como los grandes inventores de la historia –historia lejana, recalco-, desde hace no pocos años sólo aportan a la sociedad engaño, drama y falsificaciones. Seguramente si algún niño hubiera ingerido la nuez falsa, habiéndole sido obstruida su garganta hasta haber fallecido a la hora por falta de respiración, esta noticia habría sido encumbrada hasta las secciones de sucesos donde no pocos lectores se quejarían de las maneras de ser del país que ya nos está armando la agenda mundial. Aviso a navegantes. ¿A quién se le ocurre meter melamina en la leche para bebés o pedazos de cemento en las nueces? ¿A quién?
¿Y de las ardillas? ¿Quién se acuerda de las ardillas? Que en China, supongo, no existirán, o porque no es su zona de influencia o porque tras este crecimiento aborregado han sido borradas del mapa, exterminadas.
Lo que sí me gustaría saber es qué habrá hecho el rellenador de nueces con su fruto real. Que sólo faltaba que hubiera vendido la parte comestible en un tenderete tres calles más abajo. Un italiano dio, hace ya siglos, un importante paso adelante, cuando de los limones de su huerta sacó jugo para licor y de las pieles generó perfume. Hoy, en pleno siglo XXI, uno de los herederos de Mao, de esa buena parte a la que mutiló mentalmente, genera también dos ganancias de una pieza de nuez. Los tiempos están cambiando. Llegan aires de renovación.
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Última hora: ficho por Apple
Incluso con la persona que pernocta conmigo desde hace ya casi cuatro años trabajando para la multinacional californiana, siempre he sido lo suficientemente desagradable que se merece con la citada empresa. Porque para mí Apple, aparte de ser unos genios de la innovación y el marketing, son una secta que se apropia de los cerebros paupérrimos –o de los paupérrimos sin cerebro- para asertarles la más certera cornada a la aorta: hipotecándolos, enfermándolos, inutilizándolos, desgraciándolos. “¡No sin mi iPhone!”, gritan los escualos de la cola del paro, como queriendo creerse que lo que manejan entre sus dedos es lo que dominan en sus vidas reales. Porque esas pantallas clitorianas se crearon para satisfacer al que no llega al bajo pubis, al que adolece de autenticidad.
Pero debo reconocer, hoy 21 de febrero de 2012, en una noche lamentable shanghainesa, con contaminación a raudales, frío embriagador –embriaga porque sólo te evades de él bebiendo- y molesta llovizna, que antes que ceder ante el ladrón me hago socio del ultrajado, en este caso Apple, que ha visto como la insidia china ha vuelto a ceder ante el hijo de puta para solapar al extranjero. Que si alguien ha visto en pleno siglo XXI mayor racismo empresarial que me lo cuente al oído.
Desde hoy Apple no podrá despachar sus famosas tabletas iPad en suelo chino. Que espero tampoco lo puedan hacer los miles de centros que venden repartidos por todo el país sus productos falsificados, ante la atenta mirada de unas autoridades que escurren el bulto… porque de nuevo es extranjero el que sufre el atraco. Y digo que desde hoy Apple no podrá vender sus famosas tabletas porque una empresa nacional -de Shenzhen- llamada Shenzhen Proview Technology, se adjudica la autoría del invento habiendo registrado para China antes que ellos el dichoso aparatito. Entre el falsificador, el registrador y el juez podrían montar una cédula terrorista sanguinolenta.
Por supuesto, un juzgado de primera instancia local ya ha fallado a favor de la empresa china Proview que reclama cuantiosas cantidades de dinero a la vez de la retirada de un aparato creado y diseñado en California por creativos pagados a golpe de talón, no por falsificadores con guanxi que escupen salivazos a las primeras de cambio.
Tomarse en serio la sola posibilidad de barruntar durante un mísero segundo que Apple ha copiado a una empresa de Shenzhen es una broma de buen gusto que sólo lo es de malo cuando se demuestra que unos desalmados pueden salirse con la suya en este Far West de la legalidad llamado China. El país-civilización -que de civilizado tiene lo que yo de escalador de ocho miles- como lo denomina el convertido a la causa Martin Jacques, ha vuelto a salirse con la suya extorsionando y atentando contra una empresa legal –recalco que Apple tiene dotes de secta- a la que a partir de hoy no le permite la venta de sus tabletas iPad bajo sus turbios cielos. Primero les acusaron de explotar a los trabajadores chinos en sus fábricas; y hoy de esto. Mañana dirán que la manzana del logo la creó hace ya siete siglos un seguidor de la doctrina confuciana que residía en la ya nacional Tíbet; y Martin Jacques rematará a puerta vacía diciendo eso de que “el golf se había inventado en China hace ya siglos”.
La compañía estadounidense ha apelado al Tribunal Superior de Justicia de la provincia de Guangdong basándose en un dato importante: que un tribunal de Hong Kong –donde aún impera la legalidad y el sentido común- se ha puesto de su parte.
Tiene gracia que en el país de la nula creatividad y la copia a mansalva la justicia dé la razón a unos tuercebotas –tuercebotas pero compatriotas- antes que a la legalidad. Y tiene gracias que tras no pocos atentados como este Occidente siga temblando de risa ante la apisonadora ‘han’, que no tiene escrúpulos no ya en calcar sino en denunciar al calcado.
Y por cierto: ficho por Apple. Que en este país uno le coge gusto hasta a los eternos enemigos que estos delincuentes los encumbran a la mismísima estratosfera.
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Al menos han sido trece
Que seguramente sean más. Hablo de los cadáveres que ha calcinado una explosión en una planta siderúrgica en la norteña provincia de Liaoning. El accidente se produjo cercana la media noche de ayer en un taller de fundición de acero de la empresa Angang Heavy Machinery en la ciudad de Anshan. Aparte de diecisiete heridos graves hay un desaparecido. Las explosiones con fallecidos en fábricas chinas son comunes. Cada semana tenemos constancia de hechos tan graves como el que cuento sin que nadie se haya parado a pensar en la multitud de personas que se está comiendo el crecimiento chino. Sin necesidad de hacer una investigación periodística puedo asegurar que los empleados fallecidos no se llevarían más de 200 euros al mes –si es que llegaban- trabajando en condiciones bastante más cercanas a lo infrahumano de lo que puedan hacerse una idea. Los teletipos escupen la noticia con la misma frialdad que la fábrica mañana seguirá funcionando. Porque siempre habrá trece nuevos desgraciados dispuestos –y encantados- a trabajar en pos de la nada.
Cuando aún resuenan en los oídos de la población china los supuestos casos de explotación laboral de Foxconn y Apple –taiwanesa y americana- pasa como a hurtadillas esta noticia que mañana no será portada –siquiera un breve- en los desasosegantes diarios chinos. Los medios extranjeros, casi todos, esquivarán la visita al lugar para ayudar a dilapidar las opciones mínimas de homenaje a trece desgraciados que seguramente se merecieron algo mejor que lo de ayer.
Aún a fuerza de repetirlo debo recordar que las condiciones laborales que maneja el gigante asiático es la que le hacen comprarnos deuda, divisa, empresas y ya hasta bares, discotecas y bancos. Que disponer de libertad total para explotar a su población, que sigue manejando sueldos a la bajura de Albania, permiten a la trituradora china disputar una partida con siete barajas, donde aparte de llevarse hasta la banca nos acabarán haciendo de crupieres. Y espérate tú que no nos alquilen la mesa y las sillas.
No hay fábrica china que no actúe al margen de la ley –tampoco las hay muchas expatriadas-; como no habrá juez o parte que tengan lo que hay que tener para abrir una investigación seria y concienzuda contra Angang Heavy Machinery, la responsable de la explosión y una más –entre miles- de las compañías que prefieren pagar al guanxi (contacto) antes que al currante (desgraciado). Aunque espero que esta noche y la de ayer algunos miembros del Partido Comunista de la zona, responsables en la concesión de licencias y encargados de supervisar las condiciones laborales, no hayan pegado ojo. Aunque sólo sean un par de noches.
Y mañana, a la hora que ustedes elijan, habrá un subnormal, por lo general europeo, que reirá las gracias a esta panda de desalmados. La única solución que veo antes de que China termine de coger el timón del mundo es la Tercera Guerra Mundial. O eso, o el suicidio colectivo.
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Manifas y EGM
La distancia me mantiene limpio. O cuerdo. O lo suficientemente lejano como para soltar de vientre sobre la misma silla en la que posado analmente, escribo. El Mundo, El País, ABC, La Vanguardia, La Razón… hasta en los diarios locales lo mismo, donde en el Menorca (Es Diari) concurren en otro doble o mitad: eran dos mil o mil.
Les hablo de la dantesca manifestación organizada por los sindicatos, especies de teloneros de las oposiciones aún verdes, que a las primeras de cambio –aún creo que seguíamos en punto muerto- se han sacado de la manga una nueva patada a la dignidad de las personas: la de organizar una manifestación contra las reformas del PP cuando el PSOE hubiera hecho las mismas además de que fueron estos últimos los que nos llevaron, en siete años de descenso vertiginoso, a una alcantarilla de pajines y pepiños. Y que no falte este otro dato: considero a sus contrincantes el mismo pan con diferente miga. O sea, como sólo se ve la corteza…
La manifa de Madrid es insultada en cada medio, y lo que es peor, desde la delegación del gobierno –“eran 50.000”- y desde los sindicatos –eran medio millón-. Yo, que no sé contar más que hasta diez –y en mandarín hasta seis- exijo que los especialistas pertinentes sean menos anchos a la hora de abordar un tema tan concreto. Porque aún sin saber cuántos eran los reunidos sí deberíamos con mayor certeza descifrar un dígito entre 50.000 y 500.000; que parece esto el chiste: “dime un número entre uno y un millón… pues ese mismo”.
A raíz de este insulto a una población ya de por sí insultada desde sus épocas escolares, se me pasa por la cabeza -también vilipendiada en mi triste EGB- quién es el listo que ahora justica los datos del EGM, que según tengo entendido se realizan por encuestas telefónicas. Que viendo lo visto no sería de extrañar que nadie sepa, a ciencia cierta, no ya quién es el rey de las ondas, sino el mismo Rey de España. Porque España debe ser el único país de Europa donde gentes reunidas en una plaza, avenida o estadio para unos son tres mil y para otros seis mil. Porque somos subnormales. Que ahí sí que no hay margen de error.
Lo peor de todo esto debe ser los que esgrimen los datos. Porque o mienten unos o lo hacen los dos. Y tiendo a pensar que debe ser lo segundo. “Oye Manolo, según mis cálculos hay seis mil”; “Seis mil de qué. Aquí hay lo menos seis millones. Que nos jugamos muchos Marcial, que nos jugamos mucho”. Eso lo unos. Y ahora los otros. “Sí, estará llena la plaza. Pero siempre pudiera ser que algunos de los transeúntes estuvieran de compras. O simplemente paseando. O sea, no veo a más de trescientos… si llega”.
España sigue su dócil trote basurero con las patas de adelante tirando hacia el monte y las traseras hacia el valle. Que les den a todos por donde ellos saben muy bien que están dando al resto.
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Disfunciones cerebrales
China es como los pedos. Que si se los tira uno le huelen bien y que si lo hace un desconocido en el autobús desprenden pestazos a perro muerto. Por eso me sorprende el afán de no pocos expatriados que siguen mascando el hedor de la gran ventosidad china sin ni siquiera echarse la mano al tabique.
Mientras expulso vaho por mi boca agradecido a los avances del ser humano –aclaro que estoy en mi propia casa de Shanghái en un invierno no apto para bebés- recuerdo que en el día de ayer me topé bruscamente con uno de esos especímenes a los que el cerebro les queda grande. A los que los médicos de los centros estatales europeos debieron dejar marchar para ahorrarse unas perras.
“China es el mejor país del mundo –me dijo-; yo nunca he tenido una casa más grande ni he ganado un sueldo más alto”. El exabrupto, que no se produjo tras una intoxicación etílica, venía a demostrar una vez más que el expatriado es bastante más insolente lejos que cerca de casa. Que como no hay bares con amigos ni familiares pesados a miles de kilómetros a la redonda se siente tan seguro que hasta hace el mayor de los ridículos.
Tras media hora de conversa, en donde el ciudadano europeo casi no me cedió el testigo de la palabra, me intentó convencer de los “auténticos bienes de un país memorable”. “Mira –me dijo con cara de haberse comido al mundo-, en Europa la crisis anda desbordada, y aquí hay trabajo hasta para los de fuera”.
A mi compañero de diálogo le faltó reconocer –o más bien entender- que su sueldo, ése que tanto adula, le era abonado por una empresa occidental; y que el piso donde purgaba sus días lo pagaba la misma compañía. Por tanto: ¿a qué vino tanto tifón pro chino si el extasiado lo estaba por las reales influencias europeas?
Suele pasar. Que a un calvo le das una peluca y desprecia al que se cruza con entradas. O para ser más concisos: que a un cateto occidental, sin pasado sexual o laboral alguno, que siempre había chupado del bote en casa de sus padres, y que nadie le había mirado ni por feo, le das un sueldo más que digno, un hogar de bastantes metros cuadrados, y de vez en cuando, es llenado de hombría a causa de sus contados éxitos sexuales –siempre con las insanas intenciones de sus contrincantes- y se toma el brazo por la mano, la pierna por el pie y el cuerpo entero por la histeria. “Deberíamos aprender mucho de los chinos. Aquí nadie se queja y todos son felices”, terminó de rematar un nuevo ultra por una causa de difícil entonación y peor explicación.
Debo aceptar que China crece a pasos agigantados. Que aunque desigualmente esto se desborda. Pero no es menos cierto que hay miles de casos de expatriados que aún cobrando miles de euros -más dietas, hogar, señora de la limpieza, chofer, bonos, dietas absurdas, billetes de avión y seguro médico internacional- se creen que su bienestar se debe al lugar que le rodea y no a la empresa que le mantiene desde la distancia. ¿O es que los expatriados en Ghana, Zambia o Irak deben sus ventajas al país donde residen?
Como decía al principio sólo huelen bien los pedos de uno. Y más en China, donde los que viven de lujo viniendo de fuera deben padecer anosmia o alguna enfermedad cerebral que se les suele pasar cuando vuelve a sus barrios, donde sus mediocridades vuelven a no ser pasadas por alto por el que les conoce de arriba abajo. Que decían que los nacionalismos se quitan viajando, aunque otra opción más para medir al europeo sería la siguiente: el viajar se va a acabar. Como el frotar. Que a algunos se les sube a la cabeza. De chorlito.
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Tecnología punta
La asociación GSMA, que engloba a operadores de móviles y empresas relacionadas, ha publicado una clasificación donde se muestran las diferentes velocidades de internet en los teléfonos móviles con China rozando el último puesto andando colocada en el penúltimo lugar. Japón y Corea del Sur encabezan la tabla con 1.400 kilobits por segundo de información recibida; China se queda en los 500.
Las razones para este profundo desnivel habría que buscarlas en el arduo trabajo con el que el gobierno chino viene empujando con la idea de ralentizar al máximo la conexión a internet; con ese ‘gran cortafuegos’ que es el embudo menos sofisticado pero más policial que crearon para generar molestias. Por esa red de persecución no se cuela toda la información –Tiananmén, disidentes, democracia, Revolución del Jazmín, Youtube, Facebook, Twitter y cualquier palabra, blog o enlace que contenga temas molestos para el Partido Comunista chino- por lo que la que finalmente llega a los usuarios lo hace muy lentamente.
La otra razón para el ridículo chino ha sido la tardanza de su gobierno en apuntarse al avance del 3G por la profunda desconfianza del gigante asiático en todas estas modernidades que suelen venir atadas de libertad. Por ello crearon un sistema propio (el TD-SCDMA) que basándose en sus competidores –no pagar royalties siempre ha sido la gran ilusión ‘han’- intenta dar cobertura con los resultados que ya ven ustedes. China Mobile, primera operadora del país con más de 500 millones de usuarios, es la que oferta semejante chapuza.
Para un caso parecido Baidu lo tuvo más fácil. Ya que el operador copiado al dedillo de Google –que además permitió bajarse música gratis en contra de importantes multinacionales norteamericanas- campó a sus anchas con la ayuda del gobierno –luego la justicia denegó la denuncia de Sony, Warner, Emi y Universal- que le permitió hacer lo que le dio la real gana sin un solo esfuerzo más que el copiar y joder. Hoy Robin Li, creador de esa basura, es considerado un héroe nacional. Razón de más para entender cómo el empresario y gobernante chino no es capaz de generar algo de provecho si no es falsificándolo, robando ideas o chantajeando a gobiernos y empleados. Y esos atentados, además, son admitidos por una sociedad que sólo desea ver a compatriotas exitosos y millonarios sin preguntarse siquiera de dónde habrán sacado el dinero.
Seguramente llegará un día en que las empresas chinas tendrán una tecnología del primer mundo. Pero para que ocurra eso no tendrán más remedio que continuar con el plan con el que el Estado le cubre las espaldas: financiación sin freno, robo de ideas foráneas, espionaje informático, contratación de cabezas pensantes occidentales a golpe de talón y persecución sin límite al contrincante. Los casos de Youtube para que Youku ganará clientes –no permiten a los chinos conocer a Youtube pero sí a Youku copiar desde el logo al formato de la web americana-, así como ese Weibo que nació de calcar a Twitter –estos últimos también están capados en China- da una idea muy clara del racismo chino contra las empresas extranjeras que pagan sueldos importantes, invierten en creatividad y se rigen por las leyes correspondientes.
Hace poco Ángel Villarino, periodista afincado en China, comentaba en su cuenta de Twitter algo así como que “acaba de irrumpir internet en Birmania y ya es tres veces más rápido que en China”. Lo que no sé es cómo los ciudadanos chinos que ya empiezan a viajar por el mundo no se hacen preguntas básicas sobre libertades, limpieza, respeto y velocidades en internet.
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Jeremy Lin: el último fichaje para la causa
Tras la retirada de Yao Ming China había quedado huérfana de ídolos peleando en batallas internacionales. Que sin que la torre shanghainesa haya sido nunca una estrella sí había que entender que en su propio país los medios emitieran una y otra vez sus canastas –siempre las más espectaculares- y su modus vivendi. Hoy, ‘tobillos de porcelana’ Yao, ha sido abducido para la causa del PCCh –algunos dicen que por imperativo legal- trabajando para una institución estatal deportiva a la vez de comentando para la televisión correspondiente los partidos de la selección nacional. Atrás quedaron sus días en Houston.
Pero como la lluvia en época de sequías China ha aprovechado la irrupción de un jovenzuelo llamado Jeremy Lin, base de los históricos New York Knicks, para nacionalizarlo chino –sólo aparentemente- y promocionarlo como parte del gran milagro mandarín. Hoy Jeremy es un chino más para la lamentable prensa nacional que lo presenta como “el chino americano”. Pero como no podía ser de otro modo los datos están maliciosamente tergiversados.
Primero, porque Jeremy Lin es un ciudadano norteamericano nacido –no nacionalizado- en la localidad de Palo Alto, California, donde vio la luz hace ya 23 años. Y que yo sepa, las personas nacidas en los Estados Unidos no pasan a ser chinos porque sus ojos sean rasgados. Que lo que debería entender el gigante asiático de una vez por todas, es que allí, sobre el suelo de uno de los eternos enemigos, tanto los ciudadanos orientales, como los de color, como los africanos, como los latinos pueden ser ciudadanos norteamericanos, sin importarle al país que expide las partidas de nacimientos su color o cartera a la hora de asignarlas.
Que en China, sin embargo, debe saberse que cualquier nacido bajo sus grises cielos pierde automáticamente su condición de chino cuando solicita otra nacionalidad diferente a su original. Así los chinos que marchan a, por ejemplo, Singapur, Alemania o Australia, y deciden aceptar un cambio de pasaporte y condiciones de vida, si desearan volver a sus lugares de origen deberían, como cualquier extranjero, someterse a la molesta espera de las solicitudes de visado de turista ya que sin ese trámite no podrían regresar a sus orígenes.
Claro, que si el bueno de Jeremy Lin, hoy en las portadas de todos los diarios del mundo, decidiera hacerse chino, los miembros del Partido Comunista le abrirían las puertas de par en par porque la máquina propagandística debe seguir echando humo. Que aún quedan nubes por ocultar y cerebros por inutilizar.
Pero el dato definitivo, el que en China es de obligado cumplimiento esconder, es que Jeremy Lin (nacido Jeremy Shu-How Lin) vino al mundo gracias a los actos sexuales que sus padres, inmigrantes taiwaneses, que un día decidieron moverse a los Estados Unidos de América. Y que por tanto, si acaso, Jeremy Lin, que en sí no es ni más ni menos que un ciudadano norteamericano, podría ser, por sacar algo más de punta al asunto, un estadounidense de ascendencia taiwanesa, pero nunca un “chino-americano”, como escupe cada medio mandarín que intenta dar nuevamente manipulado a un supuesto héroe nacional que ni es chino ni en su vida ha estado en China.
Americano-han, estadounidense de padres taiwaneses… a fin de cuentas Jeremy Lin, un gran jugador de baloncesto al que los tentáculos del Partido intentan abducir. Porque en la carrera por las apariencias y el constante ultranacionalismo el base californiano es otro sueño por el que poder sacar pecho.
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