La tienda para bebés
Ni soy padre ni lo presiento, pero cada día acudo, sin alarma alguna, a una tienda para bebés que hay debajo de una casa en la que nunca imaginé que podría vivir; y no por grande, sino porque no me pertenece.
Lo de visitar semejante after para madres atoradas por los tranquilizantes se debe a que venden el agua mineral importada al mejor precio de la ciudad. Y uno no debe andarse con rodeos a estas alturas de la vida en donde tras seis años en Asia sé que lo que bebo, alcoholizado o supuestamente mineral, no deja de ser una broma de mal gusto.
Lo curioso es que a este tipo de tiendas –y más en este tipo de países- acuden madres lastradas en su libertad, que cosidas a las tarjetas de créditos de sus maridos –sí, los que les esperan aparcados en la puerta a lomos de coches que no cuestan menos de treinta mil euros- enferman pensando que sus vástagos podrían llegar a padecer insomnio crónico por meterse entre pecho y espalda sustancias sospechosas. O baratas. O simplemente nacionales.
Causa risa ver a camboyanas que hasta hace poco vivían bajo árboles frutales gastarse treinta euros en la papilla del chaval, que ni por esas no se dará cuenta, ya de mayor, que su madre dobló las rodillas lo justo; exactamente el día de autos. Porque importar la leche en polvo y hervirla en agua nipona no deja de ser una muestra más de la debacle del ser humano, que paga lo que sea por creerse lo que le cuentan e ignora que la persona con la que vive no es la pareja de su vida. Si acaso de sus pesadillas.
Los niños camboyanos nacidos en el estropicio de los matrimonios de conveniencia – a mí me interesa lo tuyo y a ti lo de aquí- están siendo alienados y alineados como los occidentales, cuando el mango que se cae de la rama de su árbol posee más vitaminas que diecisiete yogures bifidus por mucho que el coste de los segundo sea inmensamente mayor; por ese placer de pagar mucho y sentirse seguro.
Luego aboné mi agua y descubrí que aquella reciente madre intentaba ocultar los restos de nueve meses de carga bajo un manto de telas de diseño y diecisiete toneladas de barbitúricos faciales. Aunque lo mejor fue que comprendí que no estaba ligando conmigo, siquiera con su marido, sino con su hijo, que a lomos de su pecho estirado, reclamaba su ración de foie enlatado, de Burdeos del bueno, de caviar de dibujos animados; porque no hay nada peor que maleducar cociendo la seudo leche en Evian mientras la asistenta del hogar se raspa las ingles tras orinar lo que no se atrevió a gritar por explotación laboral y humillación humana.
El pasillo de los pañales ardía, siendo unos coreanos que debían costar lo suyo los que ofrecían más seguridad a unas madres que tras años haciendo el acto sin condón conocían con la pureza del agua de la nube que nada en esta vida aparece por milagro divino. La de las telas, aborreciendo gratuitamente a la cajera, cogió el cambio y los pañales y salió corriendo a su asiento de copiloto mientras su marido no retiraba su mirada de mis ojos.
Luego llegué a esta casa ajena y descubrí, por ese gracejo que te ofrece la memoria, que el niño de la nueva rica camboyana nunca sonrió y que cada descalzo infante de este país, donde las chancletas son, más de una vez, un lujo, te sonríen al pasar mientras mordisquean churruscos de pan duro si no suelas de zapatos ajenos.
E imaginé aquella mansión, donde la madre llorará sus penurias y el padre, entregado a su hijo, ignorará al abogado que en menos de un lustro cederá parte de sus bienes inmuebles a una señora que no es más peligrosa porque nunca la llevaron de parranda a este tipo de antros donde muchas se creen que sus hijos serán diferentes. Como ellas creen serlo.
Prostitución ilegal
Se calculan que entre cuatro y seis millones de mujeres ejercen la prostitución en China, país donde curiosamente está prohibida aunque nadie haga nada por disimularlo. En cada calle, discoteca, karaoke, lobby de hotel, internet y periódicos, las trabajadoras del sexo intentan llamar la atención de la muchedumbre que las necesita.
Human Rights Watch (HRW) ha publicado un informe en donde concluye que la policía “agrede, extorsiona y detiene arbitrariamente” a un gremio que no sabe a qué puerta llamar; por ejemplo, cuando las autoridades les obligan a pasar pruebas para saber si tiene sida y que a las que se lo detectan las envían como castigo a campos de reeducación. Otras son forzadas a firmar declaraciones en donde reconocen ser meretrices con la promesa de que no les pasara nada para automáticamente ser encarceladas.
Debe saberse que los casos de sida siguen en ascenso en China por dos problemas evidentes: el primero, que nadie se pasa por los hospitales a saber si están infectados o no; y el segundo y mucho más complejo de solucionar, porque bastantes clientes adoran la práctica del sexo sin condón. Entre estos estarían incluidos los mismos policías que luego las agreden y detienen.
En el informe de HRW llama la atención la cantidad de prostitutas que son violadas. El problema, según dicen ellas, es que nadie se atreve a pasarse por una comisaría de policía a denunciar los hechos, ya que la prostitución es ilegal y las autoridades antes que investigar el asunto prefieren detener a las vilipendiadas u obligarlas a mantener sexo con ellos.
Aparte del alza del sida, llama la atención la imparable subida de la sífilis, una problema que parecía erradicado y que con la llegada del aperturismo económico se ha expandido como la pólvora. Desde que se descubrió la penicilina, no ha existido otro país como es el caso de la China actual, donde se cuenten tantos casos de infectados: veinte de cada cien mil chinos cargan con el citado problema que en muchos casos se contagia de madres embarazadas a sus hijos. La tardanza en visitar al médico, hábito del chino por ignorancia y por lo caros que son los hospitales, les llegan a provocar, si detectan el problema demasiado tarde, parálisis, ceguera e incluso la muerte. En el caso de los recién nacidos habría que sumar las deformaciones, que en un país sin servicios sociales y donde un cojo es un apestado, no es para tomárselo a broma.
Evidentemente China no es el único país del mundo donde la policía extorsiona a tan recurrido gremio; pero es inaudito que en “la segunda economía del mundo”, que en teoría debería ir ligado a conocimiento y libertad, los derechos de las personas siguen estando a la altura de las aceras.
Una celda para Andreu
Wang Feng y Kai Xu, matrimonio chino dedicado a la estafa y extorsión y parte importante del entramado mafioso que levantó Gao Ping en España, han desaparecido. El juez Fernando Andreu, que por un error judicial los dejó en la calle, les acabó obligando a presentarse cada sábado en el juzgado; que medidas como ésa habría que tomarlas justo al contrario, algo así como que el juez te da siete días para que te escabullas, como cuando jugábamos al escondite y contaban hasta cien. Y bien que lo han hecho, digo lo de marcharse. Razón clara que demuestra que esa pareja donde debería haber estado desde el principio es en el talego. Como Andreu.
España vive en una podredumbre judicial que cada día nos acerca más a Argentina. Porque no es de recibo que Andreu no sólo no esté en prisión sino que además siga ejerciendo como si nada tras haber puesto en libertad a toda la morralla que cabía en la ya famosa ‘Operación Emperador’. Pero así es España, un trozo de África que se parece demasiado a Latinoamérica aunque pertenezca a Europa. Y por eso los chinos, justamente, invierten (explotan, chantajean, vacían) en muchos países africanos, sudamericanos y España, donde la justicia se compra, los jefes de Estado se fotografían con los malhechores y si algún día salta la liebre tendrás siete días para reorganizarte y marcharte bien lejos.
Tras los numerosos casos de espionaje contra políticos, artistas y futbolistas, ordenados por los propios políticos patrios, uno se pregunta por qué nadie mandó espiar a Wang Feng y Kai Xu, que a estas horas deben estar en China, como ‘Django desencadenado’, la última obra de Quentin Tarantino que ha tenido que ser castrada por la censura por el miedo del Partido Comunista al exceso de información y libertad.
En otro tipo de países los mafiosos y los jueces colaboracionistas estarían en prisión. Y en ese mismo tipo de naciones nadie censura películas, si acaso el mismo espectador dejando de ir a verlas. Por lo que visto lo visto, me temo que España está más cerca de censurar que de enchironar a los que hacen de nuestro país una inmensa pandereta.
Okinawa
Dos sometidos que se hacen llamar académicos han prendido otra nueva mecha contra Japón gracias a un artículo de opinión publicado el pasado miércoles en el panfleto ‘Diario del Pueblo’ en donde dicen que Okinawa, la isla japonesa, realmente pertenece a China.
Huelga decir que Okinawa no pertenece a China así como aunque Tíbet y Xinjiang estén hoy día dentro del entramado mandarín tampoco lo son. Las reclamaciones del PCCh sobre las islas Senkaku, así como más de un decena de problemas fronterizos y de islotes con ocho países vecinos, avisan de las intenciones de un país que amenaza la estabilidad de este inestable mundo.
Hace tiempo que escribí que los problemas de soberanía sobre tierras deberían arreglarse de una manera gloriosa: cediendo el espacio a la nación más culta, defensora de la naturaleza, demócrata, donde la cultura sí tenga importancia, y donde el ser humano sea tratado como tal. Y claro, uno ve competir a China contra Japón por las Senkaku y no puede más que reírse en la comparación de la noche con el día. Miren como está China, destruida, contaminada, podrida, desconchada, sin cielos, con esclavos, sin valores, sin atisbo de cultura, y piensen sólo por un instante qué podrían llegar a hacer con Okinawa. Para empezar, pasarse a cuchillo a su millón y medio de habitantes.
Martin Jacques, uno de los caciques que defienden a China desde la inmensa distancia del primer mundo, llegó a comentar que la pasta italiana proviene de China –le faltó añadir que mientras en Italia hay más de cincuenta tipos de éstas en China siguen anclados en los fideos- como así indicó que el golf es también patrimonio del país de nunca jamás. Tras estas aseveraciones sospecho que algún día China pedirá a la triste Europa que le rinda cuentas. Y bien que aceptarán el chantaje.
Si uno desea ver con sus propios ojos la destrucción que genera China sólo tiene que darse un tour por el sudeste asiático; que uno visita Birmania, Tailandia, Laos, Camboya, Vietnam y la isla de Hainan, de propiedad china, y asume quiénes son los unos quiénes los otros. Hainan es hoy un insulto a la decencia, un griterío constante, unas playas colapsadas de mierda, y un nivel de turistas que incluso llegan a superar en indecencia a los que pasean por Phnom Penh, la clínica viciosa donde se arranca por faralaes el primermundista en chancletas.
Me imagino que tras Okinawa reclamarán Tokio, que sería la única opción de poder vacilar de que poseen, al fin, una gran capital asiática. Aunque claro, si lo que tocan los destruyen tendríamos que ceder ese premio imaginario a Bangkok. O a Seúl. Y por supuesto a Taipéi, ciudad levantada por chinos que no pertenecen a la secta inmunda del PCCh. Aún.
Llamar a las cosas por su nombre
La progresía que está asolando este mundo trata de modificar el significado de las cosas creando confusión. Por ejemplo, si uno vota al PP es un fascista –aunque lo realmente curioso es que siga habiendo gente que vota tanto al PP como al PSOE- mientras que si alguien se atreve a llamar gordo a un obeso la justicia caerá con todo su peso contra el causante de semejante verdad obligándole a indemnizar económicamente al cachalote que gastará lo ingresado en grasas de todo tipo para seguir aumentando su pesaje. Los chistes de maricones caen mal y comentar que China espía a diestro y siniestro parece que también, hasta que los Estados Unidos han decidido alejarse de esa secta de la mentira poblada de tuercebotas, señoras con bigote y demás objetos en desuso.
Se puede llamar nazi a un comentarista televisivo –el que le tilda de tal realmente nunca estuvo en Auschwitz salvo hace un par de veranos llevándose un cenicero de recuerdo mientras lloraba arrodillado para la foto del Facebook- mientras que se está planteando modificar el nombre de la fiesta de Moros y Cristianos por algo mucho más acorde a los tiempos. No sé, me imagino la fiesta de los Árabes (razonables) y los Católicos (apestosos). O algo aún peor, mucho más cercano a los tiempos que descabalgan.
Que el gobierno norteamericano acuse directamente a su homónimo chino de espionaje, tras haber estado mareando la perdiz –no serán menos de diez mil empresas americanas las que fabricaran en suelo chino a cien euros la mensualidad- no deja de ser un paso adelante que ayudará a llamar a las cosas por su nombre: China copia, roba, falsifica, fabrica defectuosamente, contamina, ensucia, explota y asesina por pensar diferente; además de que compra voluntades a sabiendas de que todos tenemos un precio. Después tienen una cocina mucho más interesante que la que sirven los inmigrantes mandarines por el mundo, que por querer salir adelante han desvirtuado unos platos que en China saben mejor aunque contengan carne de rata.
Porque aquí lo importante no es si China copia, espía o roba propiedad intelectual; aquí lo que realmente llama la atención es que no haya otras naciones culpadas por actos semejantes, razón evidente que llevo narrando desde hace años: China aporta al mundo lo que un inglés de Liverpool a Benidorm: basura.
Mientras el mundo mascaba chicle creyéndose John Wayne embutidos en unos Levi’s 501, bebiendo coca-colas y hasta un poco de Bourbon, siguiendo de madrugada eso de la NBA y soñando con llegar a ser Jack Kerouac o con tocar como los Girls Against Boys, nadie sería capaz de explicar una sola vez qué aporta China al mundo para que la muchedumbre desee copiarlo. ¿Novedades? ¿Tendencias? ¿Arte? ¿Literatura?
La progresía pensaba acabar con el mundo hasta que China se entrometió. Que Dios nos coja confesados. Y a los agnósticos: que San Pedro nos la bendiga.
Normalicemos a las ratas
Admitámoslo: desde tiempos inmemoriales la rata ha sido parte de nuestra dieta. Guerras y hambrunas, sequías y crisis económicas, han ayudado a que semejante roedor haya sido participe de nuestro crecimiento y alimentación, por mucho que ahora los parias de la Tierra se rasguen las vestiduras si el pescado es congelado o la fruta ha pernoctado más de dos semanas en cámaras frigoríficas.
Lo que nunca habíamos detectado es que en la “segunda economía del mundo”, país que crece a dos dígitos cada semestre, la rata es pieza indispensable en alacenas, restaurantes y cualquier expendedor de comidas varias. Lastima que la hayan hecho pasar por cordero, porque si nadie se quejaba es que los paladares se perdieron hace mucho más tiempo que las conciencias.
Detenidos tropecientos tipos tras miles de kilos de carne de rata vendida; millones de yuanes en ganancias y estómagos agradecidos que ahora sufren retortijones recordando cómo mojaron pan en aquel cordero al que le chuparon hasta la última vertebra. Los informativos escupen las imágenes preludio de las vomitonas que habrán atorado váteres en Shanghái y alrededores, donde han pillado a estos estafadores roedores.
Uno debería saber primero si la rata es comestible. Quiero decir, si lo de no zamparla es más por pudor que por investigación previa. Porque si la rata fue lapidada es sólo porque Ferrán Adrià se negó a deconstruirla. Que si semejante astro de los fogones la hubiera plantado en pleno menú degustación –ya lo hizo con el semen de caballa y sus comensales tocaron las palmas al unísono mientras intentaban quedarse preñados de placer- hoy día la rata sería plato obligado en cada hogar. Por los siglos de los siglos. Amén.
Lo que no está tan bien es que existan malhechores que sustituyan el cordero por rata. Y sí, aunque les duela a algunos, solamente este atentado podría ocurrir en China, donde la falta de valores cristianos –y que conste que soy agnóstico recalcitrante- llevan a la muchedumbre a una suerte de correrías en donde nadie reconoce ni al prójimo ni la piedad. Y entonces sí, uno envenena yogures, adultera leche para niños, tinta la carne de perro para que parezca ternera, hace pasar el agua podrida por heces humanas como mineral, y te mete kilo y medio de rata de alcantarilla como cordero lechal.
Luego uno lee las noticias que culpan del “crecimiento imparable” de China como causa de este timo alimenticio cuando debería ser justo lo contrario: a mayor independencia económica mayor conocimiento, libertad y sabiduría. Que aunque haya pobres listos no debería haber ricos comiendo rata.
Talentos
Curiosa campaña la que ha lanzado el gobierno chino para atraer a “talentos extranjeros”, ofreciéndoles visados de cinco años de duración en vez de los clásicos que se mueven entre los que se renuevan mensual y anualmente. Según las autoridades, el país demanda urgentemente a personal extranjero muy cualificado y tras los graves problemas que generan las diligencias para la adquisición de permisos de trabajo y residencia parece que intentarán ponerlo un poquito más fácil.
A la vez que China intenta captar a inmigrantes pudientes mentales, se han reconocido datos mortales de necesidad que posiblemente ahuyentaran a esos “talentos extranjeros” que Pekín busca a la desesperada. Cada día en Shanghái, que no es la ciudad más contaminada de China aunque sí la que más extranjeros admite, fallecen 98 personas a causa del cáncer, que generan un total de 36.000 muertos al año. Los casos de personas que anualmente caen enfermas ascienden hasta casi los 50.000. En 1970, de cada cien mil shangahineses, doce cargaban con tan triste enfermedad. Hoy esa cifra se multiplica hasta los sesenta. Las autoridades echan la culpa “al crecimiento demográfico y a los malos hábitos a la hora de alimentarse”; los ciudadanos, como es el caso de Chen Peijun, ingeniero de cuarenta años, hablan de manera bien distinta: “El sentimiento que padezco por vivir en Shanghái es de repugnancia, siempre respirando polución y comiendo y bebiendo alimentos envenenados. Es alarmante la cantidad de amigos o compañeros de trabajo a los que en los últimos años les han diagnosticado cáncer. Estoy muy asustado”. Estas declaraciones y los datos han sido sacados de una reciente noticia publicada en el diario de Hong Kong ‘South China Morning Post’.
Cazar talentos, una práctica nada novedosa, es la nueva meta de una China que sabe que en su contenido no puede dar con ellos. Aunque claro, podríamos calificar como contraproducente querer fichar a los más avispados del planeta creyéndose que no se van a dar cuenta de que si aceptaran propuestas laborales en ese drástico país verían como las posibilidades de fallecer o enfermar gravemente ascenderían hasta límites insospechados. Entonces, ¿es suficiente un visado de cinco años para captar a sus señorías?
De un tiempo a esta parte son muchos los extranjeros que tras años en China han decidido poner pies en polvorosa. Según los defensores de China, sus políticas y sus gentes, esas huidas se deben a que China ya no necesita a tanto expatriado a diez mil euros la mensualidad; a mí, asociando datos, me temo que la desbandada general ha sido generada por las condiciones de vida que genera un país donde, entre otras muchas cosas, no existe el cielo.
Los que deben estar dando saltos de alegría deben ser los funcionarios de inmigración que hasta el día de hoy se han dedicado a sellar con visados de todo tipo a extranjeros que pagaban lo que ellos les indicaban. Bajo la mesa. Porque en China todo, absolutamente todo, se puede comprar, y esos visados de cinco años serán el último grito a la hora de pillar sobres y permitir a cualquier tipo hacerse pasar por un talento. Que a esos sí que les importa poco lo del agua con metales pesados y los alimentos envenenados. Porque mientras haya chinas abiertas de mente el cielo siempre parecerá más limpio.
Rodeados
Gao Yu, un veterano periodista chino, lo dice con claridad: “Ninguno de los oficiales con intereses en las empresas que embotellan aguas serían capaces de beberse su propio producto ya que ellos saben a la perfección que aquello no es sólo agua. Y como son los mismos que realizan los análisis químicos nadie es capaz de capaz de denunciarse a sí mismo”. Un bloguero chino escribió hace días –por supuesto que el mensaje ya ha sido borrado por un ejército de censores a los que más le convendría luchar por dignificar el agua que beben que por borrar comentarios de las redes sociales- que “no podemos confiar en el agua embotellada. Tampoco en la del grifo. Sinceramente no sé qué beber: todo está podrido”. Otra mandarín, esta vez en Twitter –las nuevas generaciones ya saben cómo saltarse parte de la censura- dictaminaba lo siguiente: “El agua del grifo en Shanghái proviene del infectado de cerdos muertos río Huangpu. El agua embotellada, del putrefacto lago Quiandao. ¿Quizás sólo podamos conseguir agua pura de la estrella polar?”.
Un reciente estudio asegura que más del 90% del agua de Pekín está contaminada. A su vez el gobierno chino ha confirmado con la boca pequeña –o sea, las televisiones y diarios de la propaganda evitan pronunciarse sobre ello- que siete de cada diez ciudades de 114 analizadas poseen agua supuestamente potable –la que sale por el grifo y vale tanto para ducharte como para cocinar- que realmente carga con niveles inasumibles de contaminación. En otras palabras: más de mil millones de chinos viven bajo un putrefacto manto de contaminación, con los mayores índices de polución de la historia de la Tierra, y además beben agua con unas cantidades de metales pesados imposibles de asimilar por ningún cuerpo humano. Para cerrar la ecuación un hecho memorable, la clave de todo esto: el gobierno chino sigue ocultando los casos de cáncer entre la población, que según los expertos, han subido en un 500% en los últimos diez años. Debe saberse que en China no existe la Seguridad Social y el que la tiene la paga, por lo que son muchísimos los casos –millones cada año- de ciudadanos chinos arruinados por el simple hecho de haberse tenido que extirpar un tumor. Aunque lo peor es que existe una mayoría que directamente rizan el rizo: se hipotecan para intentan curarse y acaban falleciendo endosándole la deuda a la familia. China, un país sin piedad.
Creo que será, al menos, la quinta vez que hable del agua ‘Nongfu Spring’ –la única vez que coloqué la foto de su botella de litro y medio en este blog la censura la borró- que es, sin lugar a dudas –análisis así lo demostraron- un producto peligroso que la manada de intelectuales expatriados la beben por toda China creyéndose que es legal aparte de mineral. Heces humanas, cadmio y plomo, entre otros asuntos, poseen esas aguas que simulan ser aptas para el consumo humano. Pero ahí no queda la cosa: cualquier agua china embotellada no pasaría el corte en un control sanitario europeo, por mucho que el primer mundo peque de tiquismiquis.
China no sólo sufre escasez de agua. Hace poco El Confidencial informaba de la desaparición de más de 28.000 ríos de los registros oficiales. Y esto sólo en los últimos diez años. Aunque lo que de verdad diluye lo dramático sea saber que todo lo que necesita un ser humano para vivir –agua, aire, alimentos- está envenenado en un país que no ha sido capaz de entender lo que significa la palabra progreso. No le doy a China más de cinco años antes de que todo explote. Lo laboral, lo judicial, lo libertario, lo alimenticio y lo humano. A no ser que se embarquen en una guerra, la única esperanza para un Partido Comunista que ha perdido el control de lo más básico.

























